Entre polvo y polvo
Tras el peso de las ausencias
marcadas por los recuerdos que nos han atropellado sin miramientos durante un
tiempo dejándonos herida la memoria, ya está aquí el vodevil de la vida, lo
frívolo y lo picante. Ya está aquí la subversión del orden establecido. Febrero
el loco. Fábrica donde se produce y exporta el cachondeo mejor servido. Taller
donde se labran por los cuatro costados imaginación y sentimientos. Porque a
fin de cuentas todo es un chiste y la vida misma es quien reproduce y parodia
al Carnaval, que es más sensato y se disfraza con menos máscaras y caretas que
las que muestran a lo largo del año figurines, tunantes, vividores, granujas,
personajes, personajillos y liliputienses.
Porque en estos días donde se
alcanza la plenitud del mundo mundial, sólo basta acudir con lo puesto para
zambullirse en la borrachera del desmadre perpetuo que habita en la loca
república del esperpento colectivo. Porque llegan, están aquí, las locuras de
las carnestolendas con todos sus ingredientes y condimentos.
Y en este tiempo limpio para la
carcajada deseo compartir gramática con todos, tengan o no denominación de
origen de estos lugares, desde la partitura del destino de un pueblo que en
lugar de levantarse en armas, eso nunca, se levanta en fiestas para pellizcar
la imaginación, la crítica, la desinhibición verbal y la embriaguez. Aunque
solicito e imploro que ésta última no embote el sano juicio ni perturbe los
sentidos para que la esperanza pueda secar las lágrimas derramadas en el
camino.
Porque en esta tierra, que a veces
se muestra cobardona y llena de dobleces, se dedican en el Carnaval ordinario
de la vida, un día sí y al siguiente también, a cortar trajes y difamar con
lenguas de doble filo, que esas son las maneras de alguna gente que la habita.
Son quienes intencionadamente confunden el tocino con el precio de la sardina
cautiva y desarmada en la banasta. Gente sin sentido del humor que ven, bajo
confusiones y desasosiegos mentales, ofensas y fantasmas donde no los hay. Por
eso el mejor antídoto es callar y reír. Sano oficio que nos prolonga, cada vez
que lo ejercitamos, un par de días de vida.
Sepan ahora, caballeros, señoras
mías, solteros, separados, divorciadas, remolones, quienes duermen en solitario
pasando frío durante las noches, abuelos, prejubilados, pecadores, viudos y
viudas, arrepentidos, catetos, pobres, ricos, adolescentes y jóvenes, que se
nos viene encima una fiesta que vulnera, quebranta, desobedece y perturba las
reglas, los decretos y las normas. Es el Carnaval, tiempo en el que la realidad
se disfraza y puede que resulte difícil discernir lo conveniente de lo
verdadero.
Porque durante estos días y los
del resto del año es bueno preguntarse ¿Merece la pena tanto dar por el arco te
vi pasar cuando la vida en esencia se resumen en: “Polvo eres y polvo serás”?
Porque, se quiera o no, todo pasa “In ictu oculi”, en un abrir y cerrar de
ojos, en un parpadeo. Por eso el cuplé del Carnaval de la vida no puede ser más
lucido y de serena inteligencia: “Entre polvo y polvo, dedícate a disfrutar”.
Porque el polvo es el protagonista de los quehaceres de esta vida mortal:
“Estoy hecho polvo”. “Yo estoy limpio de polvo y paja”. “El polvo del camino”.
“Los polvos de talco”. “Era medio polvo”. “Fue polvo y medio”. Y es que sobre
las bondades del polvo ya lo dijo Maleni, la ministra con más arte que hemos tenido:
“¿Qué hay polvo en una obra? Pues claro que hay polvo en una obra. Si no
hubiera polvo no habría obra. O no hay obra sin polvo”. Aunque es bueno
recordar que el polvo también es asunto pasajero: “Polvo que se va, polvo que
no vuelve”, “Polvo que se echa, polvo que no se recupera”. Por eso
¡Tataratachín, tataratachero! “Del polvo venimos, al polvo vamos, pero entre
polvo y polvo, coño qué bien nos lo pasamos”. Viva por siempre la libertad de
la república gozosa y pagana del Carnaval.
Tras el peso de las ausencias
marcadas por los recuerdos que nos han atropellado sin miramientos durante un
tiempo dejándonos herida la memoria, ya está aquí el vodevil de la vida, lo
frívolo y lo picante. Ya está aquí la subversión del orden establecido. Febrero
el loco. Fábrica donde se produce y exporta el cachondeo mejor servido. Taller
donde se labran por los cuatro costados imaginación y sentimientos. Porque a
fin de cuentas todo es un chiste y la vida misma es quien reproduce y parodia
al Carnaval, que es más sensato y se disfraza con menos máscaras y caretas que
las que muestran a lo largo del año figurines, tunantes, vividores, granujas,
personajes, personajillos y liliputienses.
Porque en estos días donde se
alcanza la plenitud del mundo mundial, sólo basta acudir con lo puesto para
zambullirse en la borrachera del desmadre perpetuo que habita en la loca
república del esperpento colectivo. Porque llegan, están aquí, las locuras de
las carnestolendas con todos sus ingredientes y condimentos.
Y en este tiempo limpio para la
carcajada deseo compartir gramática con todos, tengan o no denominación de
origen de estos lugares, desde la partitura del destino de un pueblo que en
lugar de levantarse en armas, eso nunca, se levanta en fiestas para pellizcar
la imaginación, la crítica, la desinhibición verbal y la embriaguez. Aunque
solicito e imploro que ésta última no embote el sano juicio ni perturbe los
sentidos para que la esperanza pueda secar las lágrimas derramadas en el
camino.
Porque en esta tierra, que a veces
se muestra cobardona y llena de dobleces, se dedican en el Carnaval ordinario
de la vida, un día sí y al siguiente también, a cortar trajes y difamar con
lenguas de doble filo, que esas son las maneras de alguna gente que la habita.
Son quienes intencionadamente confunden el tocino con el precio de la sardina
cautiva y desarmada en la banasta. Gente sin sentido del humor que ven, bajo
confusiones y desasosiegos mentales, ofensas y fantasmas donde no los hay. Por
eso el mejor antídoto es callar y reír. Sano oficio que nos prolonga, cada vez
que lo ejercitamos, un par de días de vida.
Sepan ahora, caballeros, señoras
mías, solteros, separados, divorciadas, remolones, quienes duermen en solitario
pasando frío durante las noches, abuelos, prejubilados, pecadores, viudos y
viudas, arrepentidos, catetos, pobres, ricos, adolescentes y jóvenes, que se
nos viene encima una fiesta que vulnera, quebranta, desobedece y perturba las
reglas, los decretos y las normas. Es el Carnaval, tiempo en el que la realidad
se disfraza y puede que resulte difícil discernir lo conveniente de lo
verdadero.
Porque durante estos días y los
del resto del año es bueno preguntarse ¿Merece la pena tanto dar por el arco te
vi pasar cuando la vida en esencia se resumen en: “Polvo eres y polvo serás”?
Porque, se quiera o no, todo pasa “In ictu oculi”, en un abrir y cerrar de
ojos, en un parpadeo. Por eso el cuplé del Carnaval de la vida no puede ser más
lucido y de serena inteligencia: “Entre polvo y polvo, dedícate a disfrutar”.
Porque el polvo es el protagonista de los quehaceres de esta vida mortal:
“Estoy hecho polvo”. “Yo estoy limpio de polvo y paja”. “El polvo del camino”.
“Los polvos de talco”. “Era medio polvo”. “Fue polvo y medio”. Y es que sobre
las bondades del polvo ya lo dijo Maleni, la ministra con más arte que hemos tenido:
“¿Qué hay polvo en una obra? Pues claro que hay polvo en una obra. Si no
hubiera polvo no habría obra. O no hay obra sin polvo”. Aunque es bueno
recordar que el polvo también es asunto pasajero: “Polvo que se va, polvo que
no vuelve”, “Polvo que se echa, polvo que no se recupera”. Por eso
¡Tataratachín, tataratachero! “Del polvo venimos, al polvo vamos, pero entre
polvo y polvo, coño qué bien nos lo pasamos”. Viva por siempre la libertad de
la república gozosa y pagana del Carnaval.





















