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Manuel García Cienfuegos
Jueves, 01 de Septiembre de 2011

¡Premio al 22!

Ha llegado el pegajoso y dulzón mes de septiembre que nos trae, en el desafío de cielos azules, el vertido de melaza caliente que produce calenturas insanas al amontonarse las ausencias. Viene engañando ante ese ir y venir de las estaciones sofocándonos en sus anocheceres tempranos. Ahora verano, luego otoño, luego… En este tránsito se deslizarán luces de tonos dorados y de oro viejo, junto a malvas, púrpuras y rosas. Es la belleza que a veces se camufla para darse ante los ojos del que sabe admirarla.

Cae la tarde. Las lonas de la siesta que han cubierto el tiovivo son retiradas. Todos se desperezan. También los caballitos del sube y baja, preciosos alazanes, hermosos corceles traspasados por plateadas y artísticas columnas salomónicas. Y dos coches tirados por caballos blancos. Todo está profusamente decorado y pintado de colores muy vivos, con espejos y bombillas. Muchas bombillas. Ríen los niños sentados sobre las monturas por el nerviosismo primerizo que les produce el rito del sube y baja. Delante del campo donde está la Feria, en el otro campo, que es todo uno, la gente entra y sale del templo para dar gracias, porque la buena gente agradece más que pide.

Allí, en su hondura, hermosea su figura, su mirada, su sonrisa, asomándose cuando pespuntea la mañana, en la que todas las cosas tienen sabor a Dios. Principio, raíz, esencia, perfume y brillo. Todo, absolutamente todo. Sale, viene, se acerca, llega y se manifiesta. Ahí está, ha venido, como siempre, desde siglos, expuesta a las veladuras que cincelan los atajos del tiempo. Es el cuerpo de una virgen, el alma limpia de una mujer, la esperanza cierta que no envejece, que no pasa, la luz que nos toca. Allí, siempre allí, el repeluco antiguo, exquisito y viejo que nos emociona trayéndonos los recuerdos. Sí, Ella. Es Ella. Siempre.

Suena un largo silbido y se pone en marcha un latido humano. Comienza el chucuchú de la maquinaria que produce el giro de los cacharritos. Todos a la vez. Voladoras, coches de choque, la ola, las cunitas, la noria, la tómbola, las casetas de tiro, los pony y el tren de los escobazos. Animada atracción. Saludable y fervoroso delirio festivo, en la que abuelos,  padres e hijos comparten viaje para intentar quitar la escoba a quien da sobre ellos.

Los que fuimos niños volvemos a serlo, viendo otras sonrisas en el giro acompasado, como el latido del corazón de la memoria, bajo las agujas del tiovivo por el que el tiempo parece que no pasa. Sí, nos reflejamos en esa vieja fotografía de Feria, que toma el color de ahora, al oír sus risas montados en los cacharritos de estos tiempos.

Hermosa, antigua y vieja foto que año tras año, dibuja en sus rostros la vida y la historia de los feriantes. De la turronera en su puesto, el de la fábrica de algodón dulce, el que voltea al pollo que sufre en el tostadero, el de las patatas fritas y el que humedece el coco para que esté fresco. El de la almendra garrapiñada, el que hace los churros en el anafre… y el de la voz portentosa, grave y ceremoniosa que canta ¡Premio al 22!

Al declinar la tarde, bajo la luz de aquel gozo, nos llegan otras luces que visitarán en las primeras horas de la mañana, cuando la Feria se haya ido, los patios y las aulas de los colegios. Porque llegan días que traerán olores a colonia, a libros nuevos recién forrados, a gomas de borrar, a lápices de colores y a cuadernos por estrenar.

La luz de este meloso septiembre buscará los flequillos recién peinados de los niños. La luz y el sol. El sol que durante estos días se mostrará como un libro abierto. Volverán, vuelven, han vuelto los cuadernos, los estuches, los deberes, los horarios, la clase y los maestros. Todo bajo el dictado que anuncia que la Feria, en septiembre, abrocha la última película que nos proyecta el verano.

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