Un Nobel para un movimiento solidario
El 25 de junio del año pasado
leí en el ABC un artículo de J. Félix Machuca bajo el título “Las migajas de
Ferrer”. Me he tomado el atrevimiento de transcribirles ahora algunas líneas de
aquel artículo:
“La verdad que me apetece
horrores escribir de Vicente Ferrer. De escribir sobre el ejemplo de los
hombres buenos. De reflexionar sobre lo que son capaces de abordar, construir,
hacer, soñar y repartir los espíritus tocados por la generosidad y el bien. Son
tipos que están muy por encima de la media. O al menos que su media vital no
tiene nada que ver con la media a la que aspiramos los demás seres humanos. Con
presupuestos firmados por telarañas, Ferrer logró abrir, en una de las regiones
más olvidadas y pobres de la India, varios hospitales, consiguió trabajo para
más de dos millones de parias y convirtió en un vergel un centenar largo de
hectáreas donde antes sólo germinaban el escarabajo y la duna desértica. Ahora,
los que han visto su obra, certifican que en aquel suelo, sí es verdad que
eclosionan los brotes verdes…”.
“… Pero hay gente que no se pliega a la tiranía de
los caprichos del destino. Y lucha por llevar granos de suerte, briznas de
esperanzas allí donde los grifos manan tierra. Los santos que uno conoció de
pequeño en las estampas estaban agotados por flechas envenenadas y
decapitaciones horrendas por no renegar de su fe. De mayor me habré cruzado con
algunos de ellos y si transmiten algo fuera de lo común es su sencillez y
fortaleza de espíritu. Su entrega más risueña a luchar contra la adversidad
para eliminar la angustia de los que nada tienen. Hay hombres y mujeres así,
señalados por el dedo de Dios, ocupándose de los tiesos irreductibles mientras
la mayoría nos ocupamos de salvarnos teniendo más y más aunque no sirva para
mucho. A esos hombres buenos es a los que hoy reclamo para que le hablen al
mundo, para que sean oídos, para que su interés más desinteresado pueda ser
defendido por otras voces que nos acerquen la verdad de las cosas. Esos santos
y santas que sin hacer ruido levantan ciudades, hospitales, guarderías,
comedores y llevan el agua de la esperanza y la dignidad adonde antes sólo
había desolación, amargura y fatalismo son nuestra última esperanza para ver
que detrás de la crisis que nos agobia no puede venir más de lo mismo. Sino un
mundo nuevo. Diferente al que soportan los pobres más pobres para que Vicente
Ferrer y gente, mucha gente como él, encuentren su mejor destino en la vida…”.
Vicente Ferrer llegó a la
India como misionero jesuita en 1952. Desde entonces dedicó toda su vida a
erradicar el sufrimiento de los más pobres liderando una revolución silenciosa
que salvó miles de vidas y que acabaría elevándole a los altares del movimiento
solidario. En 1969 fundó junto a su mujer la Fundación Vicente Ferrer y muy
pronto pasó a ser considerado una de las principales figuras en el ámbito de la
cooperación. Murió a los 89 años en junio de 2009. Preguntado en una ocasión si
echaba de menos el hábito que abandonó en 1969 para casarse, respondió: “No
estoy contra el pasado. No critico a la Iglesia, que es nuestra Tradición. Los
jesuitas me han ayudado mucho. Me han dado una visión universal. Yo pertenezco
a la Iglesia que Jesús prometió a la samaritana… llegará el día en que todos
adorarán a Dios en espíritu”.
“Espera un milagro”. Esa fue
la frase que encontró grabada Vicente Ferrer en la pared de su casa cuando
llegó a Anantapur. Corría el año 1969 y comenzaba su milagro personal, pero
lejos de esperar a que apareciera, salió a buscarlo. Ahora los testigos de su
obra, como él, tampoco esperan y salen a buscar el Nobel de la Paz 2010.
El proyecto prepara una web, http://www.nobeldelapaz.org/
que con el lema de “Ahora, el Nobel”, quiere reunir apoyos y explicar el
proyecto. Esta página estará disponible el 10 de febrero. Pero antes, hoy lunes
1 de febrero, se presentará oficialmente, antes de enviarla al Parlamento
noruego, que es el que concede este Nobel (a diferencia del resto que son
otorgados por las academias suecas).
El 25 de junio del año pasado
leí en el ABC un artículo de J. Félix Machuca bajo el título “Las migajas de
Ferrer”. Me he tomado el atrevimiento de transcribirles ahora algunas líneas de
aquel artículo:
“La verdad que me apetece
horrores escribir de Vicente Ferrer. De escribir sobre el ejemplo de los
hombres buenos. De reflexionar sobre lo que son capaces de abordar, construir,
hacer, soñar y repartir los espíritus tocados por la generosidad y el bien. Son
tipos que están muy por encima de la media. O al menos que su media vital no
tiene nada que ver con la media a la que aspiramos los demás seres humanos. Con
presupuestos firmados por telarañas, Ferrer logró abrir, en una de las regiones
más olvidadas y pobres de la India, varios hospitales, consiguió trabajo para
más de dos millones de parias y convirtió en un vergel un centenar largo de
hectáreas donde antes sólo germinaban el escarabajo y la duna desértica. Ahora,
los que han visto su obra, certifican que en aquel suelo, sí es verdad que
eclosionan los brotes verdes…”.
“… Pero hay gente que no se pliega a la tiranía de
los caprichos del destino. Y lucha por llevar granos de suerte, briznas de
esperanzas allí donde los grifos manan tierra. Los santos que uno conoció de
pequeño en las estampas estaban agotados por flechas envenenadas y
decapitaciones horrendas por no renegar de su fe. De mayor me habré cruzado con
algunos de ellos y si transmiten algo fuera de lo común es su sencillez y
fortaleza de espíritu. Su entrega más risueña a luchar contra la adversidad
para eliminar la angustia de los que nada tienen. Hay hombres y mujeres así,
señalados por el dedo de Dios, ocupándose de los tiesos irreductibles mientras
la mayoría nos ocupamos de salvarnos teniendo más y más aunque no sirva para
mucho. A esos hombres buenos es a los que hoy reclamo para que le hablen al
mundo, para que sean oídos, para que su interés más desinteresado pueda ser
defendido por otras voces que nos acerquen la verdad de las cosas. Esos santos
y santas que sin hacer ruido levantan ciudades, hospitales, guarderías,
comedores y llevan el agua de la esperanza y la dignidad adonde antes sólo
había desolación, amargura y fatalismo son nuestra última esperanza para ver
que detrás de la crisis que nos agobia no puede venir más de lo mismo. Sino un
mundo nuevo. Diferente al que soportan los pobres más pobres para que Vicente
Ferrer y gente, mucha gente como él, encuentren su mejor destino en la vida…”.
Vicente Ferrer llegó a la
India como misionero jesuita en 1952. Desde entonces dedicó toda su vida a
erradicar el sufrimiento de los más pobres liderando una revolución silenciosa
que salvó miles de vidas y que acabaría elevándole a los altares del movimiento
solidario. En 1969 fundó junto a su mujer la Fundación Vicente Ferrer y muy
pronto pasó a ser considerado una de las principales figuras en el ámbito de la
cooperación. Murió a los 89 años en junio de 2009. Preguntado en una ocasión si
echaba de menos el hábito que abandonó en 1969 para casarse, respondió: “No
estoy contra el pasado. No critico a la Iglesia, que es nuestra Tradición. Los
jesuitas me han ayudado mucho. Me han dado una visión universal. Yo pertenezco
a la Iglesia que Jesús prometió a la samaritana… llegará el día en que todos
adorarán a Dios en espíritu”.
“Espera un milagro”. Esa fue
la frase que encontró grabada Vicente Ferrer en la pared de su casa cuando
llegó a Anantapur. Corría el año 1969 y comenzaba su milagro personal, pero
lejos de esperar a que apareciera, salió a buscarlo. Ahora los testigos de su
obra, como él, tampoco esperan y salen a buscar el Nobel de la Paz 2010.





















