Aquellos malditos apretones
Me gustaría conocer cuantos de nuestros lectores han
pasado por aquellos remedios caseros a los que hace referencia este artículo.
Concretamente, la Panacea Rosada del Doctor Aguilar. Eran unos sobrecitos tipo
azucarillos que se desleían en la leche del desayuno y tenían la…¿virtud?...de
actuar como un potente purgante. Sus efectos eran tan inmediatos y horribles
que muchos de los chicos de mi generación mirábamos los desayunos con mucha
desconfianza. Porque aquello había que tomárselo con el estómago vacío.
En mi caso, nuestra madre entendía que un cuerpo limpio
por dentro, rendía más. Y nos aplicaba la dosis que ella entendía cuando menos
nos lo esperábamos. Y lo que es peor, sin avisar. Aquellos sobrecitos de
contenido color rosáceo, con un olor horrible y un sabor a rayos debían de ser
tomados disueltos en agua pero a mi hermano y a mi nos provocaban vómitos. Pero
eso lo arreglan las madres. Éramos niños, ignorantes, ilusos y las madres de
entonces, primero te llamaban a desayunar y luego te preparaban el desayuno en
la mesa, en nuestro caso, un buen tazón de leche con algo parecido al Colacao y
un montón de galletas migadas. Nos lo comíamos con deleite y, terminado el
desayuno, al colegio. Luego ya, si acaso, aquello actuaba solo y puedo asegurar
que nos limpiaba bien limpios.
La cosa comenzaba con un fuerte apretón de tripas que te
anunciaba que tu madre te había vuelto a engañar. Pero ya no había remedio.
Antes de que sucediera lo inevitable, había que conseguir que el maestro o
profesor de turno te dejara salir al servicio. Una vez allí, lo importante era
no acelerarse y dejar que la Panacea de aquel Doctor un tanto sicópata, actuara
sola. No se si nos limpiaba todo por dentro pero si que lo que no limpiaba era
las famosas tazas turcas. Si hombre, aquellas que tenían unos apoyos para cada
pie y con un agujero al vacío en el centro al que había que acercarse haciendo
una “sentadilla” y cuando soltabas el muelle, te rebotaba toda el agua al culo
y te ponía pingando.
Y es que, por dentro, somos todo caca. El producto final
se acercaba mucho más al sentido artístico que esas exposiciones con Cristos en
los pubis o grillos vivos, pinchados en un cartón. Pero no seré yo quien dude
del…¿arte?...de los creadores.
Nuestras madres eran así. Todo lo hacían por nuestro bien. Incluso el
arrearte un buen par de bofetadas si no eras capaz de sujetarte y llegabas a
casa todo pegajoso y oliendo a mierda. A mi me lo hicieron un Domingo en que,
también por nuestro bien, teníamos que acudir a misa de 12 y contar luego de
que color era la casulla y de que había ido el sermón. Y claro, a las 12, la
Iglesia estaba llena y no como ahora. Darte el apretón e intentar salir,
bajando desde el Coro, dando empujones mientras se te escapaba alguna que otra
ventosidad en el lugar sagrado, salir corriendo para intentar llegar a casa,
siempre con el culo apretado y andando como los pingüinos, cumpliéndose la Ley
de Murphy en aquello de que lo que puede
ir mal, siempre va a ir a peor, porque en aquel recorrido precipitado para
llegar a sentarte en la taza de tu baño, te ibas encontrando con todo tipo de
amigos y conocidos que te paraban para avisarte de la mala cara que llevabas, y
que cara ibas a llevar si te ibas cagando por la patilla, hasta que llegabas a
casa, llamabas al timbre pero tu madre estaba en ese momento fregando el
pasillo por lo que tardaba en abrir casi un siglo y tu, que ya te veías sentado
y no podías aguantar más, relajabas el esfínter y te lo hacías en la puerta que
cruzabas como alma que lleva el diablo no sin antes pegarle una patada al cubo
y verterlo en el pasillo. Eso si, cuando acababas y salías con los ojos
hundidos, la cara blanca y un visible sentimiento de vergüenza acrecentado por
el escozor anal te estaba esperando un par de tortas, un enorme charco de agua
en el pasillo, un reguero de mierda desde la entrada hasta el baño y la fregona
para que lo recogieras todo.
“¡¡¡Que asco…!!!”, decía mi madre. “¡Me tenéis como una esclava negra.
Todo el santo día quitando mierda…pues esta, la quitas tú!. Y encima, te has
perdido la Santa Misa…”. Porque hoy es la Misa, a secas. Entonces era la Santa
Misa y estabas en Pecado Mortal si no la “escuchabas” hasta el final. Benditos
apretones y nunca mejor dicho. Por cierto, nunca he sabido que tenía mi madre
contra las esclavas y, además, negras.
Estas cosas nos aportaron experiencia. No como los niños de
ahora…”mamá, tengo cacota”. Antes no. Los planes de estudios eran bastante más
duros y no se hablaba con sinónimos…se decía “mamá, dejarme libre la taza, que
me cago” y no pasaba ni tampoco ná.
Aquellos apretones nos acabaron convirtiendo en hombres de provecho.
Pero claro, como todo empieza por el Sistema Digestivo, hoy algunos necesitamos
tomar Ginseng para recordar donde coño hemos dejado la Viagra.
Aprendimos a correr como almas que lleva el Diablo.
Tú verás, nos sentíamos libres y ligeros como plumas. Coño, es que no nos
quedaba nada dentro. A aquellos apretones les seguía una notable sensación de
vacío. Ya teníamos el cuerpo listo para engullir carne de perro si fuera
necesario. Eso si, en mi vida me ha dado a mi tanto miedo como me daban
aquellos desayunos.
Me gustaría conocer cuantos de nuestros lectores han pasado por aquellos remedios caseros a los que hace referencia este artículo. Concretamente, la Panacea Rosada del Doctor Aguilar. Eran unos sobrecitos tipo azucarillos que se desleían en la leche del desayuno y tenían la…¿virtud?...de actuar como un potente purgante. Sus efectos eran tan inmediatos y horribles que muchos de los chicos de mi generación mirábamos los desayunos con mucha desconfianza. Porque aquello había que tomárselo con el estómago vacío.
En mi caso, nuestra madre entendía que un cuerpo limpio por dentro, rendía más. Y nos aplicaba la dosis que ella entendía cuando menos nos lo esperábamos. Y lo que es peor, sin avisar. Aquellos sobrecitos de contenido color rosáceo, con un olor horrible y un sabor a rayos debían de ser tomados disueltos en agua pero a mi hermano y a mi nos provocaban vómitos. Pero eso lo arreglan las madres. Éramos niños, ignorantes, ilusos y las madres de entonces, primero te llamaban a desayunar y luego te preparaban el desayuno en la mesa, en nuestro caso, un buen tazón de leche con algo parecido al Colacao y un montón de galletas migadas. Nos lo comíamos con deleite y, terminado el desayuno, al colegio. Luego ya, si acaso, aquello actuaba solo y puedo asegurar que nos limpiaba bien limpios.
La cosa comenzaba con un fuerte apretón de tripas que te anunciaba que tu madre te había vuelto a engañar. Pero ya no había remedio. Antes de que sucediera lo inevitable, había que conseguir que el maestro o profesor de turno te dejara salir al servicio. Una vez allí, lo importante era no acelerarse y dejar que la Panacea de aquel Doctor un tanto sicópata, actuara sola. No se si nos limpiaba todo por dentro pero si que lo que no limpiaba era las famosas tazas turcas. Si hombre, aquellas que tenían unos apoyos para cada pie y con un agujero al vacío en el centro al que había que acercarse haciendo una “sentadilla” y cuando soltabas el muelle, te rebotaba toda el agua al culo y te ponía pingando.
Y es que, por dentro, somos todo caca. El producto final se acercaba mucho más al sentido artístico que esas exposiciones con Cristos en los pubis o grillos vivos, pinchados en un cartón. Pero no seré yo quien dude del…¿arte?...de los creadores.
Nuestras madres eran así. Todo lo hacían por nuestro bien. Incluso el arrearte un buen par de bofetadas si no eras capaz de sujetarte y llegabas a casa todo pegajoso y oliendo a mierda. A mi me lo hicieron un Domingo en que, también por nuestro bien, teníamos que acudir a misa de 12 y contar luego de que color era la casulla y de que había ido el sermón. Y claro, a las 12, la Iglesia estaba llena y no como ahora. Darte el apretón e intentar salir, bajando desde el Coro, dando empujones mientras se te escapaba alguna que otra ventosidad en el lugar sagrado, salir corriendo para intentar llegar a casa, siempre con el culo apretado y andando como los pingüinos, cumpliéndose la Ley de Murphy en aquello de que lo que puede ir mal, siempre va a ir a peor, porque en aquel recorrido precipitado para llegar a sentarte en la taza de tu baño, te ibas encontrando con todo tipo de amigos y conocidos que te paraban para avisarte de la mala cara que llevabas, y que cara ibas a llevar si te ibas cagando por la patilla, hasta que llegabas a casa, llamabas al timbre pero tu madre estaba en ese momento fregando el pasillo por lo que tardaba en abrir casi un siglo y tu, que ya te veías sentado y no podías aguantar más, relajabas el esfínter y te lo hacías en la puerta que cruzabas como alma que lleva el diablo no sin antes pegarle una patada al cubo y verterlo en el pasillo. Eso si, cuando acababas y salías con los ojos hundidos, la cara blanca y un visible sentimiento de vergüenza acrecentado por el escozor anal te estaba esperando un par de tortas, un enorme charco de agua en el pasillo, un reguero de mierda desde la entrada hasta el baño y la fregona para que lo recogieras todo.
“¡¡¡Que asco…!!!”, decía mi madre. “¡Me tenéis como una esclava negra. Todo el santo día quitando mierda…pues esta, la quitas tú!. Y encima, te has perdido la Santa Misa…”. Porque hoy es la Misa, a secas. Entonces era la Santa Misa y estabas en Pecado Mortal si no la “escuchabas” hasta el final. Benditos apretones y nunca mejor dicho. Por cierto, nunca he sabido que tenía mi madre contra las esclavas y, además, negras.
Estas cosas nos aportaron experiencia. No como los niños de ahora…”mamá, tengo cacota”. Antes no. Los planes de estudios eran bastante más duros y no se hablaba con sinónimos…se decía “mamá, dejarme libre la taza, que me cago” y no pasaba ni tampoco ná.
Aquellos apretones nos acabaron convirtiendo en hombres de provecho. Pero claro, como todo empieza por el Sistema Digestivo, hoy algunos necesitamos tomar Ginseng para recordar donde coño hemos dejado la Viagra.
Aprendimos a correr como almas que lleva el Diablo. Tú verás, nos sentíamos libres y ligeros como plumas. Coño, es que no nos quedaba nada dentro. A aquellos apretones les seguía una notable sensación de vacío. Ya teníamos el cuerpo listo para engullir carne de perro si fuera necesario. Eso si, en mi vida me ha dado a mi tanto miedo como me daban aquellos desayunos.




















