El arte de conversar
Parece ser que en estos tiempos modernos en que nos invaden sin remedio los Ipod, Iphone, iTuns, iPad y blakberrys, se ha detectado que hacen falta “escuchantes”. Es decir, que de forma paradójica, en la Era de la Comunicación hay muchas personas que sienten que nadie les escucha, porque lo que de verdad queremos todos es hablar. Hace unos años, en nuestro país de tradición cristiana ese papel lo ejercían los curas, a los que todo el personal hablaba sin reservas y quien tenía la obligación expresa de escuchar pacientemente hasta el final. También aquellos médicos de familia que visitaban a los enfermos de casa en casa tenían en este tema una destacada labor. Y sobre todo, con mucho menos tecnología, el personal tenía más tiempo real que perder con sus amigos y vecinos.
Yo creo que ahora también se escucha, pero el emisor ha cambiado. Quiero decir que miles de personas atienden cada palabra de lo que dice Belén Esteban y demás casposos en programas de TV que pagan cantidades millonarias por insultar y disparatar, otras miles analizan todos los mensajes de los comentaristas y entrenadores deportivos, y otro grupo escucha con devoción, por ejemplo, Intereconomía, donde se hacen unos análisis económicos y políticos que te quedan los ánimos por los suelos y el hígado encogido. Pero si el emisor es tu pareja, tu hijo, tu amigo, tu vecina o tu compañero de trabajo, el pensamiento del hombre y la mujer del siglo XXI planea por el espacio hasta que encuentra hueco para coger la palabra y ¡zas!, nos lanzamos en picado a opinar o a dar soluciones sin haber dejado al emisor acabar de contar su mensaje. O rápidamente conectamos con una historia personal parecida (viajes, enfermedades…) que queremos exponer con urgencia. Analizando el tema, es sorprendente como en una conversación centramos nuestra atención en lo que vamos a decir después de que termine de hablar la otra persona, sin intentar siquiera comprobar lo que creemos haber oído, que a veces es erróneo. Últimamente me han enseñado un ejercicio curioso: cuando alguien me está contando algo, procuro que mis primeras intervenciones sean preguntas relacionadas con su relato, como forma de mostrar verdadero interés. Es una técnica que ayuda a que la conversación y el pensamiento no vaya dando tumbos y siga un camino concreto. Es interesante practicarlo porque facilita la conversación y realmente consigue que emisor y receptor se relajen.
Lo que les planteo no es, ni mucho menos, una cuestión sencilla. Hemos aprendido a ir deprisa, pero no a esperar y últimamente el arte de saber conversar se cuenta entre las principales habilidades personales. Con su curiosa sabiduría, el propio Winston Churchill dijo que "se necesita coraje para pararse y hablar. Pero mucho más para sentarse y escuchar".
Parece ser que en estos tiempos modernos en que nos invaden sin remedio los Ipod, Iphone, iTuns, iPad y blakberrys, se ha detectado que hacen falta “escuchantes”. Es decir, que de forma paradójica, en la Era de la Comunicación hay muchas personas que sienten que nadie les escucha, porque lo que de verdad queremos todos es hablar. Hace unos años, en nuestro país de tradición cristiana ese papel lo ejercían los curas, a los que todo el personal hablaba sin reservas y quien tenía la obligación expresa de escuchar pacientemente hasta el final. También aquellos médicos de familia que visitaban a los enfermos de casa en casa tenían en este tema una destacada labor. Y sobre todo, con mucho menos tecnología, el personal tenía más tiempo real que perder con sus amigos y vecinos.
Yo creo que ahora también se escucha, pero el emisor ha cambiado. Quiero decir que miles de personas atienden cada palabra de lo que dice Belén Esteban y demás casposos en programas de TV que pagan cantidades millonarias por insultar y disparatar, otras miles analizan todos los mensajes de los comentaristas y entrenadores deportivos, y otro grupo escucha con devoción, por ejemplo, Intereconomía, donde se hacen unos análisis económicos y políticos que te quedan los ánimos por los suelos y el hígado encogido. Pero si el emisor es tu pareja, tu hijo, tu amigo, tu vecina o tu compañero de trabajo, el pensamiento del hombre y la mujer del siglo XXI planea por el espacio hasta que encuentra hueco para coger la palabra y ¡zas!, nos lanzamos en picado a opinar o a dar soluciones sin haber dejado al emisor acabar de contar su mensaje. O rápidamente conectamos con una historia personal parecida (viajes, enfermedades…) que queremos exponer con urgencia. Analizando el tema, es sorprendente como en una conversación centramos nuestra atención en lo que vamos a decir después de que termine de hablar la otra persona, sin intentar siquiera comprobar lo que creemos haber oído, que a veces es erróneo. Últimamente me han enseñado un ejercicio curioso: cuando alguien me está contando algo, procuro que mis primeras intervenciones sean preguntas relacionadas con su relato, como forma de mostrar verdadero interés. Es una técnica que ayuda a que la conversación y el pensamiento no vaya dando tumbos y siga un camino concreto. Es interesante practicarlo porque facilita la conversación y realmente consigue que emisor y receptor se relajen.
Lo que les planteo no es, ni mucho menos, una cuestión sencilla. Hemos aprendido a ir deprisa, pero no a esperar y últimamente el arte de saber conversar se cuenta entre las principales habilidades personales. Con su curiosa sabiduría, el propio Winston Churchill dijo que "se necesita coraje para pararse y hablar. Pero mucho más para sentarse y escuchar".




















