La fiesta de las eras
El sol se ha aplomado en lo alto y
duele la vista. La luz se ha impuesto pintando de corinto la timidez de una
pequeña nube. Se echa el viento flotando en el perfil que trae la voz de la
tarde. La nostalgia saca cuerpo hundiéndonos en el atardecer dorado
transportándonos al dolor que produce el paso del tiempo. Un silencio encalado
de verano acuna el balanceo nocturno del jazmín que gatea despojándonos el alma
de ropajes huecos e innecesarios.
Ha vuelto “Miserias”. Hace unos
días que ha llegado. Ayer lo sentí muy excitado con el movimiento de un cuerpo
atractivo ceñido a un llamativo traje de color azul cuando cruzaba la calle.
¡Las cosas que trae el almanaque del tiempo! “Miserias” ladra porque ya no está
la “Huerta blanca” para cobijarse, ni la suavidad de la música del agua fresca
de su alberca, ni la sombra y la tranquilidad de su morera, donde los gorriones
escondidos piaban en las horas sordas y calmas de la siesta. Allí, en el campo,
en las eras, donde se celebraba la fiesta del cereal, en la que los bieldos de
poniente aventaban la parva y los granos caían amontonándose, ya no se
construyen sombrajos en verano.
En otros tiempos, tiempos viejos,
hermosos y antiguos, antes de llegar estas fechas, los carpinteros de obra
basta habían construido y afinado rastrillos, carros, utensilios y aperos para
la labranza. De las manos de albardoneros y talabarteros, con oficio y
maestría, habían salido aparejos, sillas, cinchas, bridas, arreos y colleras.
En las fraguas, el dios Vulcano había forjado y puesto a punto vertederas,
timones, azadones, rejas, arados y azuelas. Y en el arte de herrar, los
herradores habían preparado y calzado a las bestias.
Muy pronto se abrirá la esfera del
encarnado mundo dulce de las sandías. Y el redondo carnoso de los melocotones.
La higuera, pulpo gigante, sacará con dignidad el mejor fruto de un paraíso que
recuerda la libertad de mi niñez y adolescencia. La serenidad del nogal de la
huerta esquivará la raspa dura de la flama de la siesta. El cañaveral acogerá
una fauna que se pasea por la orilla zambulléndose en la charca. Y llegarán las
noches y madrugadas en las eras, al raso, en el sosiego, en la paz,
contemplando cómo parpadean y hacen guiños las estrellas.
Es el pregón, en su madurez
cierta, del sentimiento hondo del verano bajo la sinfonía por la obra de arte
que produce el rito de la cuchara moviendo la alberca redonda, fresca y rojiza
donde habita el gazpacho. Este julio quiere hablarnos también de ese otro pregón,
no tan viejo y antiguo, más cercano, más próximo, de cuando se cultivaba lino y
cáñamo para Kenafesa y Yutera, algodón para Cepansa, remolacha para Ebro,
pimientos y tomates para Corchero y girasol para Agresa.
Y sigue este recién estrenado
julio. Allí, en la sombra, las cantarillas del agua fraguaban la canción del
espacio productivo de las eras. Las mulas tiraban del trillo dando vueltas
sobre la parva. Después faenas con la rastra, el bieldo y la pala. En los
pozos, junto a la carretera de la estación, abrevaban las bestias tras un largo
día de trilla. Unas manos de oficio ahechaban el grano en la criba. Brazos bien
dispuestos que agarraban la cuartilla para medirlo, cargando, llenos de trigo
desnudo, los costales de lona en el carro, conducidos al granero bajo el
resoplido del tiro de mulas y el rebuzno de un burro tordo y entero.
Así transcurría aquel rito del
ciclo que en su esencia, en su raíz, traía la vida, la dureza de los quehaceres
y sus días. Arar, sembrar, cuidar, segar, trillar y almacenar. Es la historia
de muchos hombres, hombres anónimos, que se levantaban bajo una orden dada por
el sol, de esa luz clara que purifica vistiendo la mañana de femenino, por la
devoción y oficio que da el campo. Porque todos los días, él, la tierra,
necesita de la honestidad, la honradez y la generosidad de las manos del hombre
para que labre con sudor y sin ataduras, en libertad, la memoria, el tiempo y
la esperanza.
El sol se ha aplomado en lo alto y duele la vista. La luz se ha impuesto pintando de corinto la timidez de una pequeña nube. Se echa el viento flotando en el perfil que trae la voz de la tarde. La nostalgia saca cuerpo hundiéndonos en el atardecer dorado transportándonos al dolor que produce el paso del tiempo. Un silencio encalado de verano acuna el balanceo nocturno del jazmín que gatea despojándonos el alma de ropajes huecos e innecesarios.
Ha vuelto “Miserias”. Hace unos días que ha llegado. Ayer lo sentí muy excitado con el movimiento de un cuerpo atractivo ceñido a un llamativo traje de color azul cuando cruzaba la calle. ¡Las cosas que trae el almanaque del tiempo! “Miserias” ladra porque ya no está la “Huerta blanca” para cobijarse, ni la suavidad de la música del agua fresca de su alberca, ni la sombra y la tranquilidad de su morera, donde los gorriones escondidos piaban en las horas sordas y calmas de la siesta. Allí, en el campo, en las eras, donde se celebraba la fiesta del cereal, en la que los bieldos de poniente aventaban la parva y los granos caían amontonándose, ya no se construyen sombrajos en verano.
En otros tiempos, tiempos viejos, hermosos y antiguos, antes de llegar estas fechas, los carpinteros de obra basta habían construido y afinado rastrillos, carros, utensilios y aperos para la labranza. De las manos de albardoneros y talabarteros, con oficio y maestría, habían salido aparejos, sillas, cinchas, bridas, arreos y colleras. En las fraguas, el dios Vulcano había forjado y puesto a punto vertederas, timones, azadones, rejas, arados y azuelas. Y en el arte de herrar, los herradores habían preparado y calzado a las bestias.
Muy pronto se abrirá la esfera del encarnado mundo dulce de las sandías. Y el redondo carnoso de los melocotones. La higuera, pulpo gigante, sacará con dignidad el mejor fruto de un paraíso que recuerda la libertad de mi niñez y adolescencia. La serenidad del nogal de la huerta esquivará la raspa dura de la flama de la siesta. El cañaveral acogerá una fauna que se pasea por la orilla zambulléndose en la charca. Y llegarán las noches y madrugadas en las eras, al raso, en el sosiego, en la paz, contemplando cómo parpadean y hacen guiños las estrellas.
Es el pregón, en su madurez cierta, del sentimiento hondo del verano bajo la sinfonía por la obra de arte que produce el rito de la cuchara moviendo la alberca redonda, fresca y rojiza donde habita el gazpacho. Este julio quiere hablarnos también de ese otro pregón, no tan viejo y antiguo, más cercano, más próximo, de cuando se cultivaba lino y cáñamo para Kenafesa y Yutera, algodón para Cepansa, remolacha para Ebro, pimientos y tomates para Corchero y girasol para Agresa.
Y sigue este recién estrenado julio. Allí, en la sombra, las cantarillas del agua fraguaban la canción del espacio productivo de las eras. Las mulas tiraban del trillo dando vueltas sobre la parva. Después faenas con la rastra, el bieldo y la pala. En los pozos, junto a la carretera de la estación, abrevaban las bestias tras un largo día de trilla. Unas manos de oficio ahechaban el grano en la criba. Brazos bien dispuestos que agarraban la cuartilla para medirlo, cargando, llenos de trigo desnudo, los costales de lona en el carro, conducidos al granero bajo el resoplido del tiro de mulas y el rebuzno de un burro tordo y entero.
Así transcurría aquel rito del ciclo que en su esencia, en su raíz, traía la vida, la dureza de los quehaceres y sus días. Arar, sembrar, cuidar, segar, trillar y almacenar. Es la historia de muchos hombres, hombres anónimos, que se levantaban bajo una orden dada por el sol, de esa luz clara que purifica vistiendo la mañana de femenino, por la devoción y oficio que da el campo. Porque todos los días, él, la tierra, necesita de la honestidad, la honradez y la generosidad de las manos del hombre para que labre con sudor y sin ataduras, en libertad, la memoria, el tiempo y la esperanza.





















