Cultura de usar y tirar · María Luisa García-Borruel · Candidata de UPYD a la Presidencia de la Junta de Extremadura
A la chita y callando
el partido que nos lleva gobernando casi treinta años en Extremadura está desmontando
el entramado cultural de nuestra región que, independientemente de sus defectos
y carencias, constituye una de nuestras riquezas y un factor de desarrollo
económico, social y educativo. Recientemente, las compañías de teatro de
nuestra Comunidad Autónoma han denunciado la “supresión total de las ayudas por
parte de la Junta a este sector”. Antes de recortar el escandaloso abuso de
coches oficiales, los complementos vitalicios a los ex altos cargos, sus dietas
y gastos de representación, las fundaciones, consorcios y patronatos
parasitarios, las empresas públicas deficitarias, las duplicidades y
despilfarros, el gobierno extremeño ha metido tijera en cultura y ni siquiera
tiene la gallardía de dar la cara y anunciarlo públicamente.
Considerar a la cultura un factor desechable, revela la falta de criterio
estratégico de la Junta de Extremadura y pone en evidencia el utilitarismo
oportunista que se escondía bajo su política cultural. Eso, o que la situación
económica es más grave de lo que se reconoce y no hay valentía para anunciarlo
públicamente. Hace menos de dos años se anunció a bombo y platillo un Plan
Director de las Artes Escénicas de Extremadura que ha quedado en
papel mojado, así como un plan de modernización y dotación técnica de la Red
de Teatros de Extremadura que sólo se hizo realidad sobre el papel. Esto es
un botón de muestra de lo que nos espera tras la convocatoria electoral.
Recortes indiscriminados, empobrecimiento generalizado y una nueva patada a la
Constitución, esta vez a su artículo 44: “Los poderes públicos promoverán y
tutelarán el acceso a la cultura, a la que todos tienen derecho”.
Si hay que recortar porque no se pueden cubrir los servicios esenciales, que se
recorte, pero no antes de suprimir los privilegios de la casta que nos gobierna
y que hemos citado más arriba. La cultura en esta región se ha convertido en
una herramienta propagandística y en una plataforma clientelar que ha
pervertido su aprovechamiento como instrumento de desarrollo y mejora de la
calidad de vida de los ciudadanos bajo criterios de calidad y excelencia. Ha
sido un juguete en manos de los políticos obnubilados por las bondades de la
burbuja inmobiliaria que han subordinado la cultura a las exigencias del sector
de la construcción (macroedificios insostenibles y casas de cultura por doquier
carentes de personal especializado muchas de ellas). Brilla por su ausencia un
sistema de evaluación independiente de los programas desarrollados, prevalece
un dirigismo asfixiante y una falta de criterios objetivos en la adjudicación
de ayudas. Todo esto y mucho más hacen imprescindible una revisión de la
política cultural en su conjunto. Desde el Estado se hace imprescindible una
nueva ley de mecenazgo que contribuya a impulsar la actividad cultural a través
de la iniciativa privada y no sólo la que favorezca la colaboración entre las
instituciones y las grandes empresas, sino la que facilite que cualquier
ciudadano pueda hacer aportaciones desgravables a los proyectos culturales de
pequeño y mediano formato.
Una cultura dinámica ligada al turismo y la educación bajo criterios de
excelencia y sometida a una evaluación permanente, puede ser un excelente
agente de desarrollo y creación de empleo en tiempo de prioridades
estratégicas. Es imprescindible incorporar de forma más eficaz las
posibilidades que ofrecen la sociedad de la información y las nuevas
tecnologías a la hora de internacionalizar nuestra oferta cultural. Hay que
aprovechar las oportunidades que ofrece la Unión Europea en el marco de la
Estrategia Europa 2020 y el Programa Cultura 2007-2013. Por ejemplo, se ha
recortado el presupuesto del Festival de Mérida y ni siquiera se ha intentado
acceder a fondos europeos de cultura disponibles para festivales que podrían
haber paliado los efectos de dicho recorte.
Está claro que se ha acabado la etapa del “café para todos” a cambio de lealtad
política caracterizada por la docilidad y la complacencia. Se aproxima el fin
de la tutela permanente de la gestión cultural en la región comprando
voluntades a través de cargos y apoyos continuados a determinados eventos,
independientemente de los resultados conseguidos. Es hora de que se abra una
nueva etapa basada en la transparencia y en la participación de la sociedad
civil libre de coacciones. En lugar de tirar la cultura al vertedero de los
recortes indiscriminados, se hacen necesarios un cambio radical de unos hábitos
de funcionamiento fracasados y un plan de choque de apoyo a la actividad
cultural bajo criterios de independencia y calidad. Más vale tarde que nunca.
A la chita y callando
el partido que nos lleva gobernando casi treinta años en Extremadura está desmontando
el entramado cultural de nuestra región que, independientemente de sus defectos
y carencias, constituye una de nuestras riquezas y un factor de desarrollo
económico, social y educativo. Recientemente, las compañías de teatro de
nuestra Comunidad Autónoma han denunciado la “supresión total de las ayudas por
parte de la Junta a este sector”. Antes de recortar el escandaloso abuso de
coches oficiales, los complementos vitalicios a los ex altos cargos, sus dietas
y gastos de representación, las fundaciones, consorcios y patronatos
parasitarios, las empresas públicas deficitarias, las duplicidades y
despilfarros, el gobierno extremeño ha metido tijera en cultura y ni siquiera
tiene la gallardía de dar la cara y anunciarlo públicamente.
Considerar a la cultura un factor desechable, revela la falta de criterio
estratégico de la Junta de Extremadura y pone en evidencia el utilitarismo
oportunista que se escondía bajo su política cultural. Eso, o que la situación
económica es más grave de lo que se reconoce y no hay valentía para anunciarlo
públicamente. Hace menos de dos años se anunció a bombo y platillo un Plan
Director de las Artes Escénicas de Extremadura que ha quedado en
papel mojado, así como un plan de modernización y dotación técnica de la Red
de Teatros de Extremadura que sólo se hizo realidad sobre el papel. Esto es
un botón de muestra de lo que nos espera tras la convocatoria electoral.
Recortes indiscriminados, empobrecimiento generalizado y una nueva patada a la
Constitución, esta vez a su artículo 44: “Los poderes públicos promoverán y
tutelarán el acceso a la cultura, a la que todos tienen derecho”.
Si hay que recortar porque no se pueden cubrir los servicios esenciales, que se
recorte, pero no antes de suprimir los privilegios de la casta que nos gobierna
y que hemos citado más arriba. La cultura en esta región se ha convertido en
una herramienta propagandística y en una plataforma clientelar que ha
pervertido su aprovechamiento como instrumento de desarrollo y mejora de la
calidad de vida de los ciudadanos bajo criterios de calidad y excelencia. Ha
sido un juguete en manos de los políticos obnubilados por las bondades de la
burbuja inmobiliaria que han subordinado la cultura a las exigencias del sector
de la construcción (macroedificios insostenibles y casas de cultura por doquier
carentes de personal especializado muchas de ellas). Brilla por su ausencia un
sistema de evaluación independiente de los programas desarrollados, prevalece
un dirigismo asfixiante y una falta de criterios objetivos en la adjudicación
de ayudas. Todo esto y mucho más hacen imprescindible una revisión de la
política cultural en su conjunto. Desde el Estado se hace imprescindible una
nueva ley de mecenazgo que contribuya a impulsar la actividad cultural a través
de la iniciativa privada y no sólo la que favorezca la colaboración entre las
instituciones y las grandes empresas, sino la que facilite que cualquier
ciudadano pueda hacer aportaciones desgravables a los proyectos culturales de
pequeño y mediano formato.
Una cultura dinámica ligada al turismo y la educación bajo criterios de
excelencia y sometida a una evaluación permanente, puede ser un excelente
agente de desarrollo y creación de empleo en tiempo de prioridades
estratégicas. Es imprescindible incorporar de forma más eficaz las
posibilidades que ofrecen la sociedad de la información y las nuevas
tecnologías a la hora de internacionalizar nuestra oferta cultural. Hay que
aprovechar las oportunidades que ofrece la Unión Europea en el marco de la
Estrategia Europa 2020 y el Programa Cultura 2007-2013. Por ejemplo, se ha
recortado el presupuesto del Festival de Mérida y ni siquiera se ha intentado
acceder a fondos europeos de cultura disponibles para festivales que podrían
haber paliado los efectos de dicho recorte.
Está claro que se ha acabado la etapa del “café para todos” a cambio de lealtad
política caracterizada por la docilidad y la complacencia. Se aproxima el fin
de la tutela permanente de la gestión cultural en la región comprando
voluntades a través de cargos y apoyos continuados a determinados eventos,
independientemente de los resultados conseguidos. Es hora de que se abra una
nueva etapa basada en la transparencia y en la participación de la sociedad
civil libre de coacciones. En lugar de tirar la cultura al vertedero de los
recortes indiscriminados, se hacen necesarios un cambio radical de unos hábitos
de funcionamiento fracasados y un plan de choque de apoyo a la actividad
cultural bajo criterios de independencia y calidad. Más vale tarde que nunca.




















