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Manuel García Cienfuegos
Sábado, 02 de Junio de 2007

La tiza de la taberna

Dicen que el museo arqueológico de las ocupaciones de la vida conserva el papel de calca, aquellos lápices cuya mitad de su mina era roja y la otra de color azul. Pizarras y pizarrines. A mí me gustaban los de manteca. Pizarras con un marquito de madera, del que colgaba un higiénico trapo para su limpieza, que impregnado por la saliva, con lustre y energía todo lo borraba. El tintero de plomo escondido en el agujero de los pupitres de los colegios, las plumillas… la fervorosa y venerable tiza. ¡Cuánto ha temblado la mano que apretaba una tiza frente a un encerado de la escuela! Y como no ¡La tiza etnográfica de una taberna!

Blanca y gloriosa tiza del camarero, del que está detrás de la barra, del tabernero. Todo quedaba apuntado y escrito con tiza. ¡Qué se debe aquí! La tiza emprendía un rapidísimo vuelo desde la oreja del tabernero hasta el manchado mostrador para dibujar una raya y efectuar una suma de la comanda, mientras burlonamente reía por lo bajini diciendo ¡Echa vino montañés, que lo paga Luis de Vargas!

Hacemos memoria y encontramos el rito de la aritmética de la tiza en varios de estos establecimientos, antiguos templos del vino. Lugares para el culto, la tertulia y la conversación. Lugares donde se refugiaban los notables, buscando lo que ahora hemos dado en llamar con cierta pedantería “calidad de vida y cultura del ocio”.

Ahí van como muestra algunos, no todos, de sus nombres desafiando la memoria colectiva: “…La Celestina, Manolito Jiguero, Lorenzo el enterraó, El Basero, La tía Tornija, El Mimbrero, Alfonso Cruz, El Galgo, Josefa la de la estación, Periquín, Tomás Pedraja, Villares, Pichón, El Colorao, Las cinco casas, La Parra, Silva, El Capitán, El Hoyo, El Furraquín…”.

En el rito de la memoria, buscando en los recuerdos de la gloria de los taberneros, entre mesas y bancos de madera, bajando una escalera, entramos en Casa Paredes. Allí, Lorenzo Paredes -un excelente oficial de la tiza- en su taberna de la castiza Puerta del Sol de Montijo, no dejaba espacio por escribir, conos, tinajas, mesas y el mostrador, llevaban la impronta de su aritmética y escribanía… ¡Hoy no se fía, mañana sí! Tampoco olvido como corría la tiza de Antonio Sánchez Serrano en la Posá, apuntando los “trasplantes” y los “fandangos”. En la Posá se fundó hace treinta y dos años la Peña del Athletic de Bilbao, la visitó José Ángel Iríbar el “Chopo”, aquel gran portero internacional. En la Posá faenó con afición y pasión, Juan Cayetano Polo de Vargas con el Club de Ajedrez; y en el nudo de los recuerdos presiento ver ahora sobre un lateral del mostrador, junto a la chimenea, la figura de una gran persona, Emilio Macarro, Presidente de la U.D. Montijo, hombre de Sánchez de León, de Arex y de la U.C.D.

La tiza ha sido derrotada, al igual que aquellos establecimientos. Las cuentas se hacen por otro sistema. Un sistema muy avanzado, que bajo la caricia de un dedo sobre una pantalla, las presentan en un tique de impresora de ordenador ¡Cómo avanzan las tecnologías! Si que avanzan, pero nunca podrán igualar al sabor de un tomate con sal, al de los altramuces, al olor a ropa de jornal y destajo, al sabor del carajillo y copa de aguardiente, y al olor a serrín mojado bajo la mesa de una taberna antigua de tertulia, cante, nostalgias y recuerdos.

Cuando llegue y empiece la melancolía de la fiesta más hermosa de la vida, seguro que la tiza  resucitará, gloriosa y blanca, aunque no hecha carne, sino convertida en polvo para ser mezclada con el alcohol del mosto mejor guardado por un ilustre tabernero, para dar brillo a la plata de un farol que ilumina una cruz de guía de nuestra Semana Santa.

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