Tinajas barriles...cuenca
Los quehaceres, las ocupaciones y las tareas caminan otra
vez por las arterias de los días, diciéndonos que hubo un tiempo que se esfumó,
del que aún queda el rito de la voz viva y precisa del saludable oficio que
anuncia y ofrece, que vende y despacha. Gozo y disfrute, de un sueño dormido,
de un tiempo antiguo, al que recordamos ahora con nostalgia.
¡Platería, no quiere alguna cosita señora! La figura de
Félix Luceño, de La
Garrovilla , con el maletín en la mano, casa por casa
vendiendo relojes, pulseras, medallas, anillos, pendientes… ¡Señora le favorece
mucho este collar en su cuello, está usted aún más guapa de lo que es! No se
preocupe por el pago. Luceño manejaba el mejor sistema financiero de la época
¡La dita! Pago a plazos buscando la comodidad del cliente, acuerdo en los
intereses, sin ahogos ni asfixias y trato resuelto. Excelente y depurada técnica
de ventas.
Antes de que llegara el invierno, con los primeros fríos,
aparecía la figura de aquel viejo vestido de negro ¡Parrillas y alambreras, el
calendario zaragozano! Calendario “El Firmamento”, fundado en 1840 por el
célebre astrónomo don Mariano Castillo y Ocsiero. Bautizado con posterioridad
con el nombre de “calendario zaragozano”, el de toda la vida, el de mayor
circulación. Don Mariano pronosticaba el tiempo, anunciaba las Ferias y
mercados de España, insertaba el santoral completo, y nos daba el Juicio
Universal meteorológico ¡No va más!
Por la mañana, con la fresca, se escuchaban dos mensajes
comerciales que incidían en el desayuno ¡Niña, el molletero! ¡Chuuuurros!
¡Churros calientes, para las viejas que no tienen dientes! Los chavales en los
portamaletas de sus bicicletas llevaban el género comestible; recién salido del
horno de la panadería y del anafe del churrero ¡Más ruedas que los niños vienen
de vacío! Aquí churros, en otros lugares, porras, jeringos o calentitos. Solos
o impregnados en azúcar, acompañados por un buen tazón de café o chocolate.
Mientras, el aceite, óleo primoroso que nos bendice, bautizaba la pista de
aterrizaje de un mollete bien tostado, concelebrando ambos el mejor obsequio
para una vida saludable.
Finalmente me quedo con aquella voz fuerte, grave,
potente, profunda, irrepetible, recia ¡Tinajas baaaaaariles. Macetas de patio.
Cueeeeeeeenca…! Piezas sacadas del obrador del alfarero. Arte rústico y
vidriado. Ajuar de casa, para las despensas, las matanzas, la chacina… para el
agua fresca, las aceitunas, el gazpacho… que nos transporta a la figura
entrañable de aquel hombre de buena planta, Agustín Carro Torres, “el
cacharrero”, de Salvatierra de los Barros, tirando de su bestia, portando el
género en amplías aguaderas, en las que se cobijaban y protegían, también los
baños, los cántaros y las orzas. Memoria cierta de sentimientos de toda una
vida dedicada al jornal que daba el oficio de la venta de aquellas vasijas de
barro.
En el tiempo del toque de Ángelus, añoras una sinfonía que
te lleve a costumbres de toda la vida. De pronto, con generosidad y entrega,
acude el sonido suave, agradable, dulce del tintineo producido por el encuentro
de un martillo con el mango de una sartén, bajo la ejemplar maestría en el
toque de Antonio López Moriche, el calderero ¡Hermoso pregón musical de ollas,
calderos, sartenes, peroles, cacerolas, pucheros…!
Más cuando en los adentros reclamas que acuda el rito
antiguo de la música del afilador, desde una esquina, aparece una furgoneta,
lenta, parsimoniosa, solemne, con un altavoz en el techo, del que sale el
sonido de su pregón motorizado ¡Ha llegado el afilador, se afilan los
cuchillos, las navajas, las tijeras…! Y tras ella, otro pregón motorizado,
primo hermano del que lanza el de las naranjas. ¡Ha llegado a esta ciudad el
camión del tapicero…! Marketing comercial que repite y repite una y mil veces
su grabación. Para que luego digan que no cambian los tiempos.
Los quehaceres, las ocupaciones y las tareas caminan otra
vez por las arterias de los días, diciéndonos que hubo un tiempo que se esfumó,
del que aún queda el rito de la voz viva y precisa del saludable oficio que
anuncia y ofrece, que vende y despacha. Gozo y disfrute, de un sueño dormido,
de un tiempo antiguo, al que recordamos ahora con nostalgia.
¡Platería, no quiere alguna cosita señora! La figura de
Félix Luceño, de
Antes de que llegara el invierno, con los primeros fríos,
aparecía la figura de aquel viejo vestido de negro ¡Parrillas y alambreras, el
calendario zaragozano! Calendario “El Firmamento”, fundado en 1840 por el
célebre astrónomo don Mariano Castillo y Ocsiero. Bautizado con posterioridad
con el nombre de “calendario zaragozano”, el de toda la vida, el de mayor
circulación. Don Mariano pronosticaba el tiempo, anunciaba las Ferias y
mercados de España, insertaba el santoral completo, y nos daba el Juicio
Universal meteorológico ¡No va más!
Por la mañana, con la fresca, se escuchaban dos mensajes
comerciales que incidían en el desayuno ¡Niña, el molletero! ¡Chuuuurros!
¡Churros calientes, para las viejas que no tienen dientes! Los chavales en los
portamaletas de sus bicicletas llevaban el género comestible; recién salido del
horno de la panadería y del anafe del churrero ¡Más ruedas que los niños vienen
de vacío! Aquí churros, en otros lugares, porras, jeringos o calentitos. Solos
o impregnados en azúcar, acompañados por un buen tazón de café o chocolate.
Mientras, el aceite, óleo primoroso que nos bendice, bautizaba la pista de
aterrizaje de un mollete bien tostado, concelebrando ambos el mejor obsequio
para una vida saludable.
Finalmente me quedo con aquella voz fuerte, grave,
potente, profunda, irrepetible, recia ¡Tinajas baaaaaariles. Macetas de patio.
Cueeeeeeeenca…! Piezas sacadas del obrador del alfarero. Arte rústico y
vidriado. Ajuar de casa, para las despensas, las matanzas, la chacina… para el
agua fresca, las aceitunas, el gazpacho… que nos transporta a la figura
entrañable de aquel hombre de buena planta, Agustín Carro Torres, “el
cacharrero”, de Salvatierra de los Barros, tirando de su bestia, portando el
género en amplías aguaderas, en las que se cobijaban y protegían, también los
baños, los cántaros y las orzas. Memoria cierta de sentimientos de toda una
vida dedicada al jornal que daba el oficio de la venta de aquellas vasijas de
barro.
En el tiempo del toque de Ángelus, añoras una sinfonía que
te lleve a costumbres de toda la vida. De pronto, con generosidad y entrega,
acude el sonido suave, agradable, dulce del tintineo producido por el encuentro
de un martillo con el mango de una sartén, bajo la ejemplar maestría en el
toque de Antonio López Moriche, el calderero ¡Hermoso pregón musical de ollas,
calderos, sartenes, peroles, cacerolas, pucheros…!
Más cuando en los adentros reclamas que acuda el rito
antiguo de la música del afilador, desde una esquina, aparece una furgoneta,
lenta, parsimoniosa, solemne, con un altavoz en el techo, del que sale el
sonido de su pregón motorizado ¡Ha llegado el afilador, se afilan los
cuchillos, las navajas, las tijeras…! Y tras ella, otro pregón motorizado,
primo hermano del que lanza el de las naranjas. ¡Ha llegado a esta ciudad el
camión del tapicero…! Marketing comercial que repite y repite una y mil veces
su grabación. Para que luego digan que no cambian los tiempos.


















