Escuchando Radio Pirenaica
Estamos en tiempos donde nos cercena el calor, la calor,
los calores y las calores. También hay otra expresión muy propia ¡Hace una
calor antigua! Cada uno retorna a los recuerdos de su infancia. ¡Hace calor
como antiguamente! Pues hace un calor como siempre, más que ayer, pero menos
que mañana.
Cierto es que estamos metidos dentro de estos calores,
bajo la memoria de un sonido de verano antiguo, con carros tirados por mulas
que van y vienen de las eras. A viento solano de largas siestas. A tardes de
silencio, de mecedora y gratificante aire de abanico. En la memoria suena a
agua fresca de la alberca, bajo la sombra de la higuera y la morera. Agua y
frescor de verano. Alberca de toda la vida. La alberca antigua de regar
nuestras huertas. De un riego generoso cuando le quitaban el tapón, aquel tapón
hecho con ramas y cubierto con un saco de arpillera. El agua salía a borbotones
en busca de los bancales, maravilla de espectáculo, al encuentro con los
melones, sandías, tomates, pimientos, con los frutales… bajo canales artificiales,
algunos conducidos por la goma negra de las cubiertas de los camiones.
Memoria de la alberca, de niños zambulléndose en aquel
edén de las aguas, bajo un fondo resbaladizo de cieno, en calzoncillo blanco,
sorteando en sus chapuceos las carreras de insectos veloces, criados en el
verdor del limo. Agua fría como ella sola, a prueba de gritos de la
chiquillería y a tiritones aliviados por la generosidad de las toallas tendidas
al sol. Albercas, norias, acequias… el agua, la vida… desde siempre, muy
antiguas.
Olores y sabores de aquellas huertas. A brevas de las
higueras, a la humedad de la alfalfa, al cacareo de gallinas, al penetrante
olor de cochinos y vacas. A leche recién ordeñada. Al sonido del vuelo del
pínfano sangrador que atacaba de día y de noche. A sopa de tomates, a gazpacho…
A olor de café de puchero en la solemne y grata quietud de la hora de la
siesta. A trago de agua fresca de barril. A sudor y trabajo. A callo del
amocafre en las manos del hortelano.
Por las noches siempre refrescaba, la huerta regulaba la
temperatura nocturna veraniega. Aún así, cuando terminábamos la cena, casi a
oscuras, bajo la luz del carburo, desvelados por el calor, nos quedábamos
embobados mirando hacia arriba, observando las estrellas.
El éxtasis nos transportaba a una blanca pantalla de cine
de verano, en la que jugaban lagartijas y salamanquesas. El “Emperatriz de
verano” proyectaba en eastmancolor ¡Fantomas vuelve! con el genial cómico
francés Louis de Fùnes, y la rubia y atractiva actriz Mylene Demongeot. ¡Cómo
se nos fue muriendo cada día pequeños trozos de aquellos cines de verano:
Palmera, La Concha ,
Salón Moderno, Avenida!
Aquella noche de la primera quincena de agosto esperábamos
la madrugada. En el firmamento había un espectáculo asegurado, las “Lágrimas de
San Lorenzo”, lluvia de estrellas fugaces. Las horas pasan y el sueño empieza a
castigarnos. De pronto enchufan una vieja radio, un Askar. Al instante se oye
una voz ¡Aquí Radio España Independiente; estación pirenaica, la única emisora
española sin censura…! Estábamos en la dictadura, corrían tiempos de negación
de las libertades y del bienestar, era cuando pocos se podían comprar un coche.
Tiempos de dolor y emigración. La señora de la huerta, que era muy monárquica,
ordena darle más voz “Anoche dijeron que Franco está al caer y que está don
Juan de camino”. A lo que respondió su marido “Ilusiones de libertad, de
restauración monárquica. Baja la radio, que hasta en las huertas, en el campo,
escuchan los falangistas y los tricornios, que ahí nada más que hablan Carrillo
y La Pasionaria ”.
Estamos en tiempos donde nos cercena el calor, la calor,
los calores y las calores. También hay otra expresión muy propia ¡Hace una
calor antigua! Cada uno retorna a los recuerdos de su infancia. ¡Hace calor
como antiguamente! Pues hace un calor como siempre, más que ayer, pero menos
que mañana.
Cierto es que estamos metidos dentro de estos calores,
bajo la memoria de un sonido de verano antiguo, con carros tirados por mulas
que van y vienen de las eras. A viento solano de largas siestas. A tardes de
silencio, de mecedora y gratificante aire de abanico. En la memoria suena a
agua fresca de la alberca, bajo la sombra de la higuera y la morera. Agua y
frescor de verano. Alberca de toda la vida. La alberca antigua de regar
nuestras huertas. De un riego generoso cuando le quitaban el tapón, aquel tapón
hecho con ramas y cubierto con un saco de arpillera. El agua salía a borbotones
en busca de los bancales, maravilla de espectáculo, al encuentro con los
melones, sandías, tomates, pimientos, con los frutales… bajo canales artificiales,
algunos conducidos por la goma negra de las cubiertas de los camiones.
Memoria de la alberca, de niños zambulléndose en aquel
edén de las aguas, bajo un fondo resbaladizo de cieno, en calzoncillo blanco,
sorteando en sus chapuceos las carreras de insectos veloces, criados en el
verdor del limo. Agua fría como ella sola, a prueba de gritos de la
chiquillería y a tiritones aliviados por la generosidad de las toallas tendidas
al sol. Albercas, norias, acequias… el agua, la vida… desde siempre, muy
antiguas.
Olores y sabores de aquellas huertas. A brevas de las
higueras, a la humedad de la alfalfa, al cacareo de gallinas, al penetrante
olor de cochinos y vacas. A leche recién ordeñada. Al sonido del vuelo del
pínfano sangrador que atacaba de día y de noche. A sopa de tomates, a gazpacho…
A olor de café de puchero en la solemne y grata quietud de la hora de la
siesta. A trago de agua fresca de barril. A sudor y trabajo. A callo del
amocafre en las manos del hortelano.
Por las noches siempre refrescaba, la huerta regulaba la
temperatura nocturna veraniega. Aún así, cuando terminábamos la cena, casi a
oscuras, bajo la luz del carburo, desvelados por el calor, nos quedábamos
embobados mirando hacia arriba, observando las estrellas.
El éxtasis nos transportaba a una blanca pantalla de cine
de verano, en la que jugaban lagartijas y salamanquesas. El “Emperatriz de
verano” proyectaba en eastmancolor ¡Fantomas vuelve! con el genial cómico
francés Louis de Fùnes, y la rubia y atractiva actriz Mylene Demongeot. ¡Cómo
se nos fue muriendo cada día pequeños trozos de aquellos cines de verano:
Palmera,
Aquella noche de la primera quincena de agosto esperábamos
la madrugada. En el firmamento había un espectáculo asegurado, las “Lágrimas de
San Lorenzo”, lluvia de estrellas fugaces. Las horas pasan y el sueño empieza a
castigarnos. De pronto enchufan una vieja radio, un Askar. Al instante se oye
una voz ¡Aquí Radio España Independiente; estación pirenaica, la única emisora
española sin censura…! Estábamos en la dictadura, corrían tiempos de negación
de las libertades y del bienestar, era cuando pocos se podían comprar un coche.
Tiempos de dolor y emigración. La señora de la huerta, que era muy monárquica,
ordena darle más voz “Anoche dijeron que Franco está al caer y que está don
Juan de camino”. A lo que respondió su marido “Ilusiones de libertad, de
restauración monárquica. Baja la radio, que hasta en las huertas, en el campo,
escuchan los falangistas y los tricornios, que ahí nada más que hablan Carrillo
y


















