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Manuel García Cienfuegos
Sábado, 06 de Octubre de 2007

La fragua de los Regalado

En la esquina de la calle de San Antonio con la de Concepción Arenal, hace un tiempo estuvo una fragua. Durante años, en tiempos antiguos, los hijos no imaginaban otro futuro que proseguir con el oficio de los padres, y los padres no podían aspirar más que dejar a sus herederos el camino de trabajo que deberían seguir.

Aquella fragua, santuario de la época, había ido de padres a hijos, de generación en generación. Algunos documentos prueban, que pasada la refriega con los franceses, los hermanos Pedro y Juan Regalado, se aprestaban en realizar trabajos y composturas para la ermita de Barbaño y para Nuestra Señora del Rosario. Así, de unos a otros, de generación en generación, se fue dando continuidad al oficio. Fraguas antiguas, hermosas, llenas de polvo, calientes, ardiendo, bajo el sudor del jornal trabajado por una extensa nómina de artesanos herreros, Brugera, Macarro, Gragera, del Viejo, Fernández,  Regalado…

La fragua ha sido un oficio duro. Para su ejercicio se requerían brazos ejercitados en el pegar y golpear fuerte. En aquel oficio exigente se demandaba además de fuerza y destreza, tener una probada visión para discernir la variopinta gama de colores que presentaba el hierro en su calentamiento. Sus diferentes tonalidades eran sabios indicadores que avisaban al herrero cuando el material había cogido su punto.

En aquella fragua, faenaron los hermanos Regalado, con el horno, el yunque o bigornia, que eran quienes sufrían los golpes hasta que se forjaba el hierro. La pila de agua, para enfriar y templar, el fuelle para avivar el fuego, el badil, el mazo, el marro, el macho, el caballete, las sufrideras, el puntero, los cortafríos, el punzón, la lima, la escuadra y el compás; el carbón, el torno, la piedra de afilar, el hierro, las tenazas, el martillo y… unas manos.

Allí, en la fragua de los Regalado había un organigrama perfecto de trabajo. En ella se templaba, se caldeaba, se calentaba, se bruñía, se golpeaba, se forjaba, se soldaba… Pedro Regalado fue un excelente soldador, una de las tareas más complejas de la fragua, de complicada ejecución. En sus quehaceres, en sus trabajos, Pedro Regalado demostró su depurada técnica en la soldadura. Francisco Regalado era habilidad y precisión. Recuerdo sus exposiciones en las que nos mostraba sus piezas. La cocina, el taller, la fragua… que a simple vista parecían pequeños juguetes. Perfecto el carro, las puertas de la iglesia, el gallo, la carabela… salidos de las manos de un artesano, que ahora golpea el yunque allí arriba, en los cielos. Fernando Regalado, hacía los proyectos, los presupuestos… se ocupaba de la contabilidad, de las facturas, de los acreedores y proveedores, de los cobros y  los pagos, de los quehaceres de la fragua. Es un hombre culto, observador, amante del arte, al que le animo con estos recuerdos para que se enhebre a la esperanza. Los pasillos de la memoria, me reproducen el fotograma de Manolo Regalado con su mandil, dándonos un concierto musical, en el choque del martillo con el yunque “pon, pan, pon, pan”, “pin, pin, pin”. Bajo tan acompasado ritmo cantaba con sabor a zarzuela unos versos machadianos “Fatigas, pero no tantas, que a fuerza de muchos golpes hasta el hierro se quebranta”.

Un día la fragua de los hermanos Regalado dejó de lanzar chispas por la chimenea, el dios Vulcano había echado agua sobre el carbón y se había llevado el fuelle para que nadie avivase ya el fuego. Los hermanos Regalado, artesanos, trabajadores, laboriosos, honrados, humildes, sencillos… Muy buena gente. 

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