La fragua de los Regalado
En la esquina de la calle de San Antonio con la de
Concepción Arenal, hace un tiempo estuvo una fragua. Durante años, en tiempos
antiguos, los hijos no imaginaban otro futuro que proseguir con el oficio de
los padres, y los padres no podían aspirar más que dejar a sus herederos el
camino de trabajo que deberían seguir.
Aquella fragua, santuario de la época, había ido de padres
a hijos, de generación en generación. Algunos documentos prueban, que pasada la
refriega con los franceses, los hermanos Pedro y Juan Regalado, se aprestaban
en realizar trabajos y composturas para la ermita de Barbaño y para Nuestra
Señora del Rosario. Así, de unos a otros, de generación en generación, se fue
dando continuidad al oficio. Fraguas antiguas, hermosas, llenas de polvo,
calientes, ardiendo, bajo el sudor del jornal trabajado por una extensa nómina
de artesanos herreros, Brugera, Macarro, Gragera, del Viejo, Fernández, Regalado…
La fragua ha sido un oficio duro. Para su ejercicio se
requerían brazos ejercitados en el pegar y golpear fuerte. En aquel oficio
exigente se demandaba además de fuerza y destreza, tener una probada visión
para discernir la variopinta gama de colores que presentaba el hierro en su
calentamiento. Sus diferentes tonalidades eran sabios indicadores que avisaban
al herrero cuando el material había cogido su punto.
En aquella fragua, faenaron los hermanos Regalado, con el
horno, el yunque o bigornia, que eran quienes sufrían los golpes hasta que se
forjaba el hierro. La pila de agua, para enfriar y templar, el fuelle para
avivar el fuego, el badil, el mazo, el marro, el macho, el caballete, las
sufrideras, el puntero, los cortafríos, el punzón, la lima, la escuadra y el
compás; el carbón, el torno, la piedra de afilar, el hierro, las tenazas, el
martillo y… unas manos.
Allí, en la fragua de los Regalado había un organigrama
perfecto de trabajo. En ella se templaba, se caldeaba, se calentaba, se bruñía,
se golpeaba, se forjaba, se soldaba… Pedro Regalado fue un excelente soldador,
una de las tareas más complejas de la fragua, de complicada ejecución. En sus
quehaceres, en sus trabajos, Pedro Regalado demostró su depurada técnica en la
soldadura. Francisco Regalado era habilidad y precisión. Recuerdo sus
exposiciones en las que nos mostraba sus piezas. La cocina, el taller, la
fragua… que a simple vista parecían pequeños juguetes. Perfecto el carro, las
puertas de la iglesia, el gallo, la carabela… salidos de las manos de un
artesano, que ahora golpea el yunque allí arriba, en los cielos. Fernando
Regalado, hacía los proyectos, los presupuestos… se ocupaba de la contabilidad,
de las facturas, de los acreedores y proveedores, de los cobros y los pagos, de los quehaceres de la fragua. Es
un hombre culto, observador, amante del arte, al que le animo con estos
recuerdos para que se enhebre a la esperanza. Los pasillos de la memoria, me
reproducen el fotograma de Manolo Regalado con su mandil, dándonos un concierto
musical, en el choque del martillo con el yunque “pon, pan, pon, pan”, “pin,
pin, pin”. Bajo tan acompasado ritmo cantaba con sabor a zarzuela unos versos
machadianos “Fatigas, pero no tantas, que a fuerza de muchos golpes hasta el
hierro se quebranta”.
Un día la fragua de los hermanos Regalado dejó de lanzar
chispas por la chimenea, el dios Vulcano había echado agua sobre el carbón y se
había llevado el fuelle para que nadie avivase ya el fuego. Los hermanos
Regalado, artesanos, trabajadores, laboriosos, honrados, humildes, sencillos…
Muy buena gente.
En la esquina de la calle de San Antonio con la de
Concepción Arenal, hace un tiempo estuvo una fragua. Durante años, en tiempos
antiguos, los hijos no imaginaban otro futuro que proseguir con el oficio de
los padres, y los padres no podían aspirar más que dejar a sus herederos el
camino de trabajo que deberían seguir.
Aquella fragua, santuario de la época, había ido de padres
a hijos, de generación en generación. Algunos documentos prueban, que pasada la
refriega con los franceses, los hermanos Pedro y Juan Regalado, se aprestaban
en realizar trabajos y composturas para la ermita de Barbaño y para Nuestra
Señora del Rosario. Así, de unos a otros, de generación en generación, se fue
dando continuidad al oficio. Fraguas antiguas, hermosas, llenas de polvo,
calientes, ardiendo, bajo el sudor del jornal trabajado por una extensa nómina
de artesanos herreros, Brugera, Macarro, Gragera, del Viejo, Fernández, Regalado…
La fragua ha sido un oficio duro. Para su ejercicio se
requerían brazos ejercitados en el pegar y golpear fuerte. En aquel oficio
exigente se demandaba además de fuerza y destreza, tener una probada visión
para discernir la variopinta gama de colores que presentaba el hierro en su
calentamiento. Sus diferentes tonalidades eran sabios indicadores que avisaban
al herrero cuando el material había cogido su punto.
En aquella fragua, faenaron los hermanos Regalado, con el
horno, el yunque o bigornia, que eran quienes sufrían los golpes hasta que se
forjaba el hierro. La pila de agua, para enfriar y templar, el fuelle para
avivar el fuego, el badil, el mazo, el marro, el macho, el caballete, las
sufrideras, el puntero, los cortafríos, el punzón, la lima, la escuadra y el
compás; el carbón, el torno, la piedra de afilar, el hierro, las tenazas, el
martillo y… unas manos.
Allí, en la fragua de los Regalado había un organigrama
perfecto de trabajo. En ella se templaba, se caldeaba, se calentaba, se bruñía,
se golpeaba, se forjaba, se soldaba… Pedro Regalado fue un excelente soldador,
una de las tareas más complejas de la fragua, de complicada ejecución. En sus
quehaceres, en sus trabajos, Pedro Regalado demostró su depurada técnica en la
soldadura. Francisco Regalado era habilidad y precisión. Recuerdo sus
exposiciones en las que nos mostraba sus piezas. La cocina, el taller, la
fragua… que a simple vista parecían pequeños juguetes. Perfecto el carro, las
puertas de la iglesia, el gallo, la carabela… salidos de las manos de un
artesano, que ahora golpea el yunque allí arriba, en los cielos. Fernando
Regalado, hacía los proyectos, los presupuestos… se ocupaba de la contabilidad,
de las facturas, de los acreedores y proveedores, de los cobros y los pagos, de los quehaceres de la fragua. Es
un hombre culto, observador, amante del arte, al que le animo con estos
recuerdos para que se enhebre a la esperanza. Los pasillos de la memoria, me
reproducen el fotograma de Manolo Regalado con su mandil, dándonos un concierto
musical, en el choque del martillo con el yunque “pon, pan, pon, pan”, “pin,
pin, pin”. Bajo tan acompasado ritmo cantaba con sabor a zarzuela unos versos
machadianos “Fatigas, pero no tantas, que a fuerza de muchos golpes hasta el
hierro se quebranta”.
Un día la fragua de los hermanos Regalado dejó de lanzar
chispas por la chimenea, el dios Vulcano había echado agua sobre el carbón y se
había llevado el fuelle para que nadie avivase ya el fuego. Los hermanos
Regalado, artesanos, trabajadores, laboriosos, honrados, humildes, sencillos…
Muy buena gente.


















