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Manuel García Cienfuegos
Sábado, 03 de Noviembre de 2007

Alfonso García

El primer fogonazo de la nebulosa de la memoria rasga y humedece el velo de la nostalgia. La imagen almacenada revela aquella prodigiosa instantánea: unas manos anchas, grandes, ejercitadas, fuertes, protegidas por unas manijas, perforan el cuero con una lezna, para tirar después de los cabos hacia ambos lados, cosiendo así la suela de un zapato.

No utilizó nunca mesa; en un cajón de madera, junto a una silla baja, hecha a su medida, sobre cuyas patas situaba el boje, andaban los botes de las puntas, el cerote, el cáñamo, las cuchillas, la pata cabra, el sacabocado, los frascos de tinta, la crema, el cepillo, el pegamento… ¡Cuidado con el niño que está echado en el suelo!

De pequeño lo atropelló una bestia. Dos cirujanos de Badajoz le intervinieron, aunque fueron incapaces de quitarle la rigidez a su pierna. Tenía una caligrafía perfecta, preciosa, de su época. En la escuela de la señora Teodora aprendió a leer, escribir y las cuatro reglas. ¡Suficiente! A los doce años su padre le puso con el maestro Isidoro, para que aprendiera el oficio de zapatero. En su taller de la calle de San Gregorio, el maestro enseñaba a su discípulo, en buena sintonía, cómo sacar de las hormas de madera zapatos, sandalias, botas y botos. Siempre le oí hablar de la buena persona que fue su maestro, el señor Isidoro, por quien sentía un gran  aprecio.

De aquel taller de la calle de San Gregorio pasó al del maestro Juan López, en la Rambla, en la Avenida Emperatriz. En él aprendió la técnica del corte de la piel. Al día siguiente de haber cumplido dieciséis años oyó decir que Yagüe, de madrugada, había puesto los cañones en Lobón. No fue ajeno a los episodios de la República, porque vivió en la calle de Mérida, donde estuvo la Casa del Pueblo. Se le saltaban las lágrimas recordando la virulencia que trajo la guerra, porque ésta se llevó la vida de un ser muy querido “mataron a una bellísima persona; bueno, trabajador y muy honrado…Maldita guerra que destrozó y dividió España”.

Alfonso García, al casarse, se independizó, se echó por su cuenta. En su primer taller, en la Plaza Alfonso XIII, vivió los primeros afanes, los quehaceres y los días, que le trajeron en los comienzos de los años cincuenta el título de maestro zapatero adquirido y otorgado por la mejor universidad, “la de la vida”, tras veinte largos años de aprendizaje y oficialía. El maestro artesano, protegido por un mandil de color azul, sostenía sobre su pierna, por medio del tirapié, el calzado. Serio, humilde, callado, educado, habilidoso, formal, cumplidor… fue haciendo clientela.

Disfrutaba haciendo unas botas altas. Casi antes de salir el sol y hasta bien entrada la noche se agarraba al trabajo. Fueron tiempos de doblar esfuerzos. Con lo que daba de sí el jornal, le compró una casa a Coema, trasladando también el taller, que siempre lo tuvo en casa. Saludable lugar de tertulia. ¡Cuántos ratos pasó en animada conversación con Primitivo Delgado!

Compraba los materiales a Cristóbal Pérez y Martín Garay. Las pieles se las traían de Don Benito y Valverde del Camino. Las hermanas Garay, en la calle de Arcos, le aparaban los cortes. Sufrió en sus carnes las penurias de la reconversión industrial ¡Nadie se hacía ni botas, ni sandalias, ni zapatos! Pero ante la crisis supo salir adelante superando la necesidad y estrechez. Allí siguió machando las suelas sobre la piedra, echando cercos, tapas, punteras… utilizando las tenazas, la lezna, el cáñamo, el cerote, la crema y el peculiar martillo de los zapateros. Un día tuvo que jubilarse. Hoy ha vuelto la artesanía al calzado; Paco Rodríguez, Juan Antonio López, Javier Benavente, Roberto Garrudo… y, ¿por qué no?... Alfonso García, mi padre.

 

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