La ciudad de Santa Teresa
La sobria llanura castellana se ensancha desde Piedrahita hasta la ciudad de Santa Teresa de Jesús. Mujer, religiosa, carmelita, entregada, reformadora, fundadora, escritora, apasionada y tan rotunda: “Todo el daño nos viene de no tener puestos los ojos en Vos, que, si no mirásemos otra cosa que el camino, pronto llegaríamos”. En una de mis visitas a la ciudad amurallada de Ávila estuve en el Real Monasterio de Santo Tomás de los Dominicos (comenzó a edificarse en 1482). Cuenta con tres magníficos claustros, lo que lo hace único, y un retablo, realizado por Pedro Berruguete. El tercer claustro, Palacio de Verano de los Reyes Católicos, alberga un Museo de Arte Oriental de gran riqueza. Los Reyes Católicos intervinieron para la edificación de la iglesia sobre todo en la capilla mayor, lugar destinado para el sepulcro del Príncipe don Juan.
El visitante que llega a la ciudad de Ávila descubre mucho más que una fortificación imponente: 2.516 metros de perímetro amurallado, jalonado por 87 torreones semicirculares y nueve puertas monumentales que siglos atrás regulaban el acceso a la ciudad amurallada. Encontrándose con un conjunto urbano donde iglesias románicas, palacios nobles y una gastronomía de raíz castellana completan la experiencia de la visita. Santa Teresa de Ávila fue un torbellino de perseverancia. Supo relacionarse con las figuras intelectuales más importantes de su época y gozó del favor de las órdenes religiosas de más peso. Los Dominicos fueron fundamentales en sus comienzos reformadores.
Desde el Monasterio de la Encarnación hasta Santo Tomás hay un paseo agradable que Teresa de Ávila recorría casi a diario para confesarse. En el capítulo 38 de la vida de Santa Teresa se dice que “Vi estar a Nuestra Señora poniéndole al Padre Ibáñez, su confesor, una capa blanca”. De hecho, fue allí, en la capilla del Cristo de la Agonía, donde tuvo la visión que la decidió fundar el convento de San José, punta de lanza de su reforma de la orden de las Carmelitas y auténtico terremoto local, para el que contó con la ayuda de su familia, de su amiga doña Guiomar de Ulloa y de su confesor de aquellos tiempos, el Padre Ibáñez, dominico, que medió con el obispo de Ávila y el Provincial de los Carmelitas, contrarios, como casi toda la ciudad, a ese nuevo convento de clausura.
No puedo pasar por alto el afecto que profesaron Santa Teresa de Jesús y San Pedro de Alcántara, franciscano descalzo extremeño. El 14/IV/1562 el santo extremeño escribió a doña Teresa de Ahumada una carta que causó efecto para la fundación del convento abulense de San José y para la reforma teresiana. Así imprimía el fraile alcantarino sus dotes de pobreza para la santa de Ávila: “si vemos falta en monasterios de mujeres pobres, es porque son pobres contra su voluntad y por no poder más y no por seguir el consejo de Cristo; que yo no alabo simplemente la pobreza, sino la sufrida con paciencia por amor de Cristo nuestro Señor, y mucho más la deseada, procurada y abrazada por su amor”.
Deseo compartir este hermoso texto del escritor y poeta Luis Cernuda, (Sevilla, 1902- Ciudad de México, 1963) que pertenece a su obra Ocnos, en la que refiere a Santa Teresa de Jesús: “Una vida que no necesita ni pide escenario alguno, mucho menos el de la corrupción mortal, sino que la dejen contagiar a los suyos su desear imperecedero, sutil y tenaz, oculta como la flor en la soledad del libro, desde donde su presencia suscita la orilla remota, la raíz junto a la faz del agua creadora, manando en arroyos y torrentes para nutrir un pensamiento vegetal y celestial. Y como en otro tiempo, cuando ella viva, con la pluma suspensa, consideraba su mente, escuchar aquel gran ruido acuático, aquel rumor de ríos caudalosos, aguas que se despeñan, muchos pájaros y silbos, y no en los oídos sino en la altura de la cabeza, donde dicen que está lo superior del alma”.
La sobria llanura castellana se ensancha desde Piedrahita hasta la ciudad de Santa Teresa de Jesús. Mujer, religiosa, carmelita, entregada, reformadora, fundadora, escritora, apasionada y tan rotunda: “Todo el daño nos viene de no tener puestos los ojos en Vos, que, si no mirásemos otra cosa que el camino, pronto llegaríamos”. En una de mis visitas a la ciudad amurallada de Ávila estuve en el Real Monasterio de Santo Tomás de los Dominicos (comenzó a edificarse en 1482). Cuenta con tres magníficos claustros, lo que lo hace único, y un retablo, realizado por Pedro Berruguete. El tercer claustro, Palacio de Verano de los Reyes Católicos, alberga un Museo de Arte Oriental de gran riqueza. Los Reyes Católicos intervinieron para la edificación de la iglesia sobre todo en la capilla mayor, lugar destinado para el sepulcro del Príncipe don Juan.
El visitante que llega a la ciudad de Ávila descubre mucho más que una fortificación imponente: 2.516 metros de perímetro amurallado, jalonado por 87 torreones semicirculares y nueve puertas monumentales que siglos atrás regulaban el acceso a la ciudad amurallada. Encontrándose con un conjunto urbano donde iglesias románicas, palacios nobles y una gastronomía de raíz castellana completan la experiencia de la visita. Santa Teresa de Ávila fue un torbellino de perseverancia. Supo relacionarse con las figuras intelectuales más importantes de su época y gozó del favor de las órdenes religiosas de más peso. Los Dominicos fueron fundamentales en sus comienzos reformadores.
Desde el Monasterio de la Encarnación hasta Santo Tomás hay un paseo agradable que Teresa de Ávila recorría casi a diario para confesarse. En el capítulo 38 de la vida de Santa Teresa se dice que “Vi estar a Nuestra Señora poniéndole al Padre Ibáñez, su confesor, una capa blanca”. De hecho, fue allí, en la capilla del Cristo de la Agonía, donde tuvo la visión que la decidió fundar el convento de San José, punta de lanza de su reforma de la orden de las Carmelitas y auténtico terremoto local, para el que contó con la ayuda de su familia, de su amiga doña Guiomar de Ulloa y de su confesor de aquellos tiempos, el Padre Ibáñez, dominico, que medió con el obispo de Ávila y el Provincial de los Carmelitas, contrarios, como casi toda la ciudad, a ese nuevo convento de clausura.
No puedo pasar por alto el afecto que profesaron Santa Teresa de Jesús y San Pedro de Alcántara, franciscano descalzo extremeño. El 14/IV/1562 el santo extremeño escribió a doña Teresa de Ahumada una carta que causó efecto para la fundación del convento abulense de San José y para la reforma teresiana. Así imprimía el fraile alcantarino sus dotes de pobreza para la santa de Ávila: “si vemos falta en monasterios de mujeres pobres, es porque son pobres contra su voluntad y por no poder más y no por seguir el consejo de Cristo; que yo no alabo simplemente la pobreza, sino la sufrida con paciencia por amor de Cristo nuestro Señor, y mucho más la deseada, procurada y abrazada por su amor”.
Deseo compartir este hermoso texto del escritor y poeta Luis Cernuda, (Sevilla, 1902- Ciudad de México, 1963) que pertenece a su obra Ocnos, en la que refiere a Santa Teresa de Jesús: “Una vida que no necesita ni pide escenario alguno, mucho menos el de la corrupción mortal, sino que la dejen contagiar a los suyos su desear imperecedero, sutil y tenaz, oculta como la flor en la soledad del libro, desde donde su presencia suscita la orilla remota, la raíz junto a la faz del agua creadora, manando en arroyos y torrentes para nutrir un pensamiento vegetal y celestial. Y como en otro tiempo, cuando ella viva, con la pluma suspensa, consideraba su mente, escuchar aquel gran ruido acuático, aquel rumor de ríos caudalosos, aguas que se despeñan, muchos pájaros y silbos, y no en los oídos sino en la altura de la cabeza, donde dicen que está lo superior del alma”.



















