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Manuel García Cienfuegos
Sábado, 07 de Junio de 2008

A la velá

Se ha adelantado el reloj del calendario. En este mes de junio, Dios no baja de los altares, ni sale del templo para tomar las calles. El Dios del cielo azul, de la juncia y el romero está en todas partes, por eso ha querido este año salir al frescor de una tarde de mayo regalándonos la luz, bajo la elegancia del tiempo. Ahora es junio, la primavera se resiente en su despedida. El tiempo esculpe su destino. Cadencioso y lento nos llega el verano. San Luis, San Juan, San Pedro y, antes, San Antonio.

La mañana es clara y fresca. La plazuela está tranquila, revolotean los pájaros. La preside la “casa grande”, segura, ancha, portentosa, fuerte, bien hecha. Las familias Thomas y Carbonell, sus dueños, fraguaron su actividad en la industria del corcho. Los Thomas, en sus inicios, descarnaban los alcornoques de la Muela y San José de Morante, enviando el corcho a la industria taponera.

Allí, en aquellos cortijos se daban jornales a hombres, mujeres y niños. Allí se entregaban a la siega, se cuidaban las bestias, se daba de hierro en las besanas. Allí, en medio de las encinas faenaban las piaras de cochinos y los rebaños de ovejas. Allí, el humo canino de las carboneras salía por las troneras anunciando que estaba listo el carbón, la carbonilla y el cisco. Junto a los cortijos, los pavos, las gallinas y los perros. Aperadores, labradores, aparceros, mozos, manaderos, braceros, jornaleros, zagales y rapas, vivieron los quehaceres y los días en medio de los surcos, los barbechos y las rastrojeras; entre la siembra, la escarda y la siega.

En el silencio de sembrados, encinas y caminos, se proclamaba “Paz y Bien”. Sus dueños daban gracias con el saludo de sus caridades. La familia Thomas fue a finales del siglo XIX mayordoma de la capilla de San Antonio. Después, junto a ella, en el año 1943 entregaron a los franciscanos, casa para vivir y huerta para trabajar. Teresa, Josefa, Ruperto, Joaquín, Trinidad, Petra y Juan, abrieron bienes y hacienda a los hijos de San Francisco, para que éstos impartieran formación religiosa y cultural para el pueblo.

Es 12 de junio, en la plazuela hay un montón de leña; encima de ella están colocando dos enormes figuras hechas de cartón y tela, de pronunciadas cabezas, frentes despejadas, ojos saltones y vivos colores en los ropajes. Esta noche, con el fuego, arderán como la tea. Allí anda el padre Claudio dando instrucciones. En un rincón, los carpinteros colocan un pequeño tablado para la Banda de Música de don Andrés Mena. En la acera que va a la plaza, frente a la capilla, hay varios puestos para la venta de roscas, pestiños y empanadas. Dicen que Paco, el dulcero, ha hecho aún más grandes los bastones de caramelo. Junto a la esquina de la calle Carreras han plantado un firme puntal, un palo muy largo que será enjabonado cuando caiga la tarde para hacerlo resbaladizo; es la cucaña. En el interior de la capilla, Francisco Antolín y el padre Plácido ponen azucenas en las andas de San Antonio; este año lo van a sacar a la calle. El Ayuntamiento ha contratado una pirotecnia. Habrá cohetes. Todo sea por el santo y para mayor gloria del seráfico San Francisco.

Es la velá de San Antonio, último día de su novena. En el tintero de la memoria fluye el tiempo enredado entre las manos de nuestras abuelas, que nos contaban con paciencia las santas devociones de sus antepasados: “San Antonio bendito, búscame un novio, que venga derechito al matrimonio”. Al anochecer, ante la cámara de Visam, miran las mocitas risueñas, con labios rojos, pronunciados rizos, ojos brillantes, caras pensativas… muchachas que esperan… ¡Lástima que todo saliese en blanco y negro! A la velá, a la velá, a la velá… Hoy miro atrás con ojos de niño las imágenes que un tiempo modeló, sobre aquel prodigio que nos trajo la vida. A la velá, a la velá, a la velá… 

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