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Manuel García Cienfuegos
Sábado, 05 de Julio de 2008

La chata Berengüela

Dicen que el verano llega cuando el sol se sube a los trópicos. También cuentan que cuando llegaba el solsticio los hombres, desde hace siglos, conmemoraban la fiesta del sol. Y dicen también que el verano es época para celebrar y hacer fiestas. El verano es ritual para correr en busca del fresco natural, que nunca del frío. Es ritual de noches de insomnio, de tardes de siesta, de picadillo y gazpacho. De penumbra, sosiego, silencio y calma que procuraban aquellas persianas bajadas de tablillas ligeras, que impedían que entrara la flama, hasta que eran izadas cuando vencía la tarde, dejando paso al bendito aire que traían las primeras bocanadas del atardecer, cuando el sol se ponía, aliviándonos de la acritud y aspereza del solano.

Tardes que eran cruzadas por la voz del pregonero, quien proclamaba la mejor convocatoria posible ¡Al rico helado, mantecado! Se agradecía el mensaje y el heladero aprovechaba el espacio de una sombra para aparcar el carrito blanco y ofrecer su refrescante y aliviadora mercancía. Los había con sabor a limón, vainilla y chocolate. Lengua y labios se entregaban al oficio de degustar aquella fría bola, quedando para el final el placer que producía el chasquido del cucurucho del barquillo. Luego estaban los polos y las granizadas, y aquella firme y contundente orden ¡Bébetela despacio, que tanto frío no es bueno ni para el estómago, ni para la garganta!

Hoy miro aquel tiempo que se fue bajo el baile del repión, del polvo levantado por el golpeo de la comba, de la tiza marcando el recinto del piso, de los saltos de entera, de las carreras buscando las cuatro esquinas, del golpe del cinturón que castigaba sin piedad la espalda por decreto del rey verdugo, del escozor por los pelotazos, de la habilidad en el escondite, de la intensa pelá del bolindre de cristal, del golpe seco de la villarda, de policías y ladrones… y de tantos y tantos, que hacen que hoy reivindique la memoria de ellos, eliminados por la “pedagogía” de ordenadores, consolas y videojuegos que han enganchado a niños y padres.

Cae la tarde y nos llega el más dulce recuerdo: Al corro de la patata, comeremos ensalada… Chocolate, molinillo corre, corre, que te pillo…Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y ocho dieciséis… La chata Berengüela, güi, güi, güi, como es tan fina, trico, trico, tri, como es tan fina, lairón, lairón,  lairón, lairón, lairón, lairón… De Cataluña vengo de servir al rey, ¡ay!, ¡ay!... Agáchate y vuélvete a agachar, que las agachaditas no saben bailar… El cocherito leré me dijo anoche leré que si quería leré montar en coche leré… sentadito en su tejado, marramamiau, miau, miau…

Aquellas tardes de evocación y nostalgia ahora son envueltas por la memoria bajo la sombra de las moreras viejas, hermosas y antiguas que hay delante de las casas de los maestros de las escuelas de las eras. Sus hojas verdes constituyeron el alimento básico de nuestros gusanos de seda. Rito hermoso concentrado en una caja de cartón de zapatos que daba cobijo y alojo a huevos, larvas, capullos y mariposas… Bajo el régimen general de autónomos ejercitamos, sin apenas percatarnos, nuestro primer empleo, el gratificante y productivo oficio de la sericultura. Quehaceres, afanes, juegos saludables y competitivos, ya que se organizaba toda una pugna sana para ver quien cosechaba más capullos de seda.

Se ha puesto el sol, todo se ha vuelto azul, azul intenso de noche aspergido de estrellas. A lo lejos se oye “Mariquilla está mala ¿Con qué la curaremos? Con un palo que le demos ¿Dónde está el palo? La lumbre lo ha quemado…”. Es de noche y bajo el sabor fresco de un tomate con sal, reivindico que nunca nos arranquen aquellos juegos que nos hicieron más humanos, porque aquel tiempo y su memoria ahora se han detenido.

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