La chata Berengüela
Dicen que el verano llega cuando el sol se sube a los
trópicos. También cuentan que cuando llegaba el solsticio los hombres,
desde hace siglos, conmemoraban la fiesta del sol. Y dicen también que el
verano es época para celebrar y hacer fiestas. El verano es ritual para correr
en busca del fresco natural, que nunca del frío. Es ritual de noches de
insomnio, de tardes de siesta, de picadillo y gazpacho. De penumbra, sosiego,
silencio y calma que procuraban aquellas persianas bajadas de tablillas
ligeras, que impedían que entrara la flama, hasta que eran izadas cuando vencía
la tarde, dejando paso al bendito aire que traían las primeras bocanadas del
atardecer, cuando el sol se ponía, aliviándonos de la acritud y aspereza del
solano.
Tardes que eran cruzadas por la voz del pregonero, quien
proclamaba la mejor convocatoria posible ¡Al rico helado, mantecado! Se
agradecía el mensaje y el heladero aprovechaba el espacio de una sombra para
aparcar el carrito blanco y ofrecer su refrescante y aliviadora mercancía. Los
había con sabor a limón, vainilla y chocolate. Lengua y labios se entregaban al
oficio de degustar aquella fría bola, quedando para el final el placer que
producía el chasquido del cucurucho del barquillo. Luego estaban los polos y
las granizadas, y aquella firme y contundente orden ¡Bébetela despacio, que tanto
frío no es bueno ni para el estómago, ni para la garganta!
Hoy miro aquel tiempo que se fue bajo el baile del repión,
del polvo levantado por el golpeo de la comba, de la tiza marcando el recinto
del piso, de los saltos de entera, de las carreras buscando las cuatro
esquinas, del golpe del cinturón que castigaba sin piedad la espalda por
decreto del rey verdugo, del escozor por los pelotazos, de la habilidad en el
escondite, de la intensa pelá del bolindre de cristal, del golpe seco de la
villarda, de policías y ladrones… y de tantos y tantos, que hacen que hoy
reivindique la memoria de ellos, eliminados por la “pedagogía” de ordenadores,
consolas y videojuegos que han enganchado a niños y padres.
Cae la tarde y nos llega el más dulce
recuerdo: Al corro de la patata, comeremos ensalada… Chocolate, molinillo
corre, corre, que te pillo…Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y
dos son ocho y ocho dieciséis… La chata Berengüela, güi, güi, güi, como es tan
fina, trico, trico, tri, como es tan fina, lairón, lairón, lairón,
lairón, lairón, lairón… De Cataluña vengo de servir al rey, ¡ay!, ¡ay!...
Agáchate y vuélvete a agachar, que las agachaditas no saben bailar… El
cocherito leré me dijo anoche leré que si quería leré montar en coche leré…
sentadito en su tejado, marramamiau, miau, miau…
Aquellas tardes de evocación y nostalgia ahora son
envueltas por la memoria bajo la sombra de las moreras viejas, hermosas y
antiguas que hay delante de las casas de los maestros de las escuelas de las
eras. Sus hojas verdes constituyeron el alimento básico de nuestros gusanos de
seda. Rito hermoso concentrado en una caja de cartón de zapatos que daba cobijo
y alojo a huevos, larvas, capullos y mariposas… Bajo el régimen general de
autónomos ejercitamos, sin apenas percatarnos, nuestro primer empleo, el gratificante y productivo oficio de la
sericultura. Quehaceres, afanes, juegos saludables y competitivos, ya que se
organizaba toda una pugna sana para ver quien cosechaba más capullos de seda.
Se ha puesto el sol, todo se ha
vuelto azul, azul intenso de noche aspergido de estrellas. A lo lejos se oye “Mariquilla está mala ¿Con qué la
curaremos? Con un palo que le demos ¿Dónde está el palo? La lumbre lo ha
quemado…”. Es de noche y bajo el sabor fresco de un tomate con sal, reivindico
que nunca nos arranquen aquellos juegos que nos hicieron más humanos, porque
aquel tiempo y su memoria ahora se han detenido.
Dicen que el verano llega cuando el sol se sube a los
trópicos. También cuentan que cuando llegaba el solsticio los hombres,
desde hace siglos, conmemoraban la fiesta del sol. Y dicen también que el
verano es época para celebrar y hacer fiestas. El verano es ritual para correr
en busca del fresco natural, que nunca del frío. Es ritual de noches de
insomnio, de tardes de siesta, de picadillo y gazpacho. De penumbra, sosiego,
silencio y calma que procuraban aquellas persianas bajadas de tablillas
ligeras, que impedían que entrara la flama, hasta que eran izadas cuando vencía
la tarde, dejando paso al bendito aire que traían las primeras bocanadas del
atardecer, cuando el sol se ponía, aliviándonos de la acritud y aspereza del
solano.
Tardes que eran cruzadas por la voz del pregonero, quien
proclamaba la mejor convocatoria posible ¡Al rico helado, mantecado! Se
agradecía el mensaje y el heladero aprovechaba el espacio de una sombra para
aparcar el carrito blanco y ofrecer su refrescante y aliviadora mercancía. Los
había con sabor a limón, vainilla y chocolate. Lengua y labios se entregaban al
oficio de degustar aquella fría bola, quedando para el final el placer que
producía el chasquido del cucurucho del barquillo. Luego estaban los polos y
las granizadas, y aquella firme y contundente orden ¡Bébetela despacio, que tanto
frío no es bueno ni para el estómago, ni para la garganta!
Hoy miro aquel tiempo que se fue bajo el baile del repión,
del polvo levantado por el golpeo de la comba, de la tiza marcando el recinto
del piso, de los saltos de entera, de las carreras buscando las cuatro
esquinas, del golpe del cinturón que castigaba sin piedad la espalda por
decreto del rey verdugo, del escozor por los pelotazos, de la habilidad en el
escondite, de la intensa pelá del bolindre de cristal, del golpe seco de la
villarda, de policías y ladrones… y de tantos y tantos, que hacen que hoy
reivindique la memoria de ellos, eliminados por la “pedagogía” de ordenadores,
consolas y videojuegos que han enganchado a niños y padres.
Cae la tarde y nos llega el más dulce
recuerdo: Al corro de la patata, comeremos ensalada… Chocolate, molinillo
corre, corre, que te pillo…Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y
dos son ocho y ocho dieciséis… La chata Berengüela, güi, güi, güi, como es tan
fina, trico, trico, tri, como es tan fina, lairón, lairón, lairón,
lairón, lairón, lairón… De Cataluña vengo de servir al rey, ¡ay!, ¡ay!...
Agáchate y vuélvete a agachar, que las agachaditas no saben bailar… El
cocherito leré me dijo anoche leré que si quería leré montar en coche leré…
sentadito en su tejado, marramamiau, miau, miau…
Aquellas tardes de evocación y nostalgia ahora son
envueltas por la memoria bajo la sombra de las moreras viejas, hermosas y
antiguas que hay delante de las casas de los maestros de las escuelas de las
eras. Sus hojas verdes constituyeron el alimento básico de nuestros gusanos de
seda. Rito hermoso concentrado en una caja de cartón de zapatos que daba cobijo
y alojo a huevos, larvas, capullos y mariposas… Bajo el régimen general de
autónomos ejercitamos, sin apenas percatarnos, nuestro primer empleo, el gratificante y productivo oficio de la
sericultura. Quehaceres, afanes, juegos saludables y competitivos, ya que se
organizaba toda una pugna sana para ver quien cosechaba más capullos de seda.
Se ha puesto el sol, todo se ha
vuelto azul, azul intenso de noche aspergido de estrellas. A lo lejos se oye “Mariquilla está mala ¿Con qué la
curaremos? Con un palo que le demos ¿Dónde está el palo? La lumbre lo ha
quemado…”. Es de noche y bajo el sabor fresco de un tomate con sal, reivindico
que nunca nos arranquen aquellos juegos que nos hicieron más humanos, porque
aquel tiempo y su memoria ahora se han detenido.


















