Cuando el verano baja las defensas
Hay una idea que aparece cada año casi sin que nos demos cuenta: “es verano, no pasa nada”. Los horarios cambian, las rutinas desaparecen y las normas que durante meses parecían importantes empiezan a flexibilizarse. Dormimos menos, comemos distinto, gastamos más dinero, dejamos el gimnasio “hasta septiembre” y nos repetimos que son solo unas semanas. Y, en muchos casos, es cierto. No ocurre nada. Sin embargo, para algunas personas el verano supone algo diferente: el momento en que reaparecen conductas que llevaban meses intentando dejar atrás.
No hablo únicamente del alcohol o de otras sustancias. También ocurre con el juego, con la comida, con el tabaco, con las compras compulsivas o incluso con hábitos que habían conseguido cambiar tras mucho esfuerzo. Porque las recaídas no suelen empezar con una gran decisión. Empiezan con una pequeña excepción (“Solo hoy”,”estoy de vacaciones”, “ya volveré a la rutina cuando termine agosto”...).
Lo llamativo es que estas frases rara vez se viven como una renuncia. Al contrario, suelen sentirse como un descanso merecido. Después de meses de esfuerzo, parece lógico concederse un margen. El problema aparece cuando olvidamos que aquello que hemos conseguido cambiar no desaparece porque llevemos un tiempo haciéndolo bien. Las viejas asociaciones siguen ahí, esperando un contexto favorable para reaparecer y el verano reúne muchos de esos ingredientes. Hay más tiempo libre, menos estructura, más encuentros sociales, menos supervisión y una sensación compartida de que las reglas pueden relajarse. Lo que durante el resto del año requería una decisión consciente, ahora simplemente forma parte del ambiente. De pronto, resulta mucho más difícil distinguir entre elegir una conducta y dejarse llevar por el contexto.
Existe una idea muy extendida según la cual recaer significa perder todo el progreso anterior. Sin embargo, quizá lo más peligroso no sea la recaída en sí, sino la facilidad con la que una excepción empieza a convertirse otra vez en costumbre. Casi nunca ocurre de golpe. Suele empezar con algo tan pequeño que parece incapaz de cambiar nada.
Y, sin embargo, muchas veces es precisamente así como empiezan los cambios importantes: no con una decisión contundente, sino con una sucesión de pequeños permisos que dejan de parecer excepcionales. Quizá por eso el verano no pone a prueba únicamente nuestra capacidad para mantener determinados hábitos. También pone a prueba algo más profundo: la relación que tenemos con aquello que decidimos cambiar. Porque abandonar una conducta no consiste solo en dejar de hacerla durante un tiempo. Consiste en construir una forma distinta de relacionarnos con ella, incluso cuando el contexto invita a recuperarla.
El verano no crea los problemas. Pero a veces los disfraza de vacaciones.
Hay una idea que aparece cada año casi sin que nos demos cuenta: “es verano, no pasa nada”. Los horarios cambian, las rutinas desaparecen y las normas que durante meses parecían importantes empiezan a flexibilizarse. Dormimos menos, comemos distinto, gastamos más dinero, dejamos el gimnasio “hasta septiembre” y nos repetimos que son solo unas semanas. Y, en muchos casos, es cierto. No ocurre nada. Sin embargo, para algunas personas el verano supone algo diferente: el momento en que reaparecen conductas que llevaban meses intentando dejar atrás.
No hablo únicamente del alcohol o de otras sustancias. También ocurre con el juego, con la comida, con el tabaco, con las compras compulsivas o incluso con hábitos que habían conseguido cambiar tras mucho esfuerzo. Porque las recaídas no suelen empezar con una gran decisión. Empiezan con una pequeña excepción (“Solo hoy”,”estoy de vacaciones”, “ya volveré a la rutina cuando termine agosto”...).
Lo llamativo es que estas frases rara vez se viven como una renuncia. Al contrario, suelen sentirse como un descanso merecido. Después de meses de esfuerzo, parece lógico concederse un margen. El problema aparece cuando olvidamos que aquello que hemos conseguido cambiar no desaparece porque llevemos un tiempo haciéndolo bien. Las viejas asociaciones siguen ahí, esperando un contexto favorable para reaparecer y el verano reúne muchos de esos ingredientes. Hay más tiempo libre, menos estructura, más encuentros sociales, menos supervisión y una sensación compartida de que las reglas pueden relajarse. Lo que durante el resto del año requería una decisión consciente, ahora simplemente forma parte del ambiente. De pronto, resulta mucho más difícil distinguir entre elegir una conducta y dejarse llevar por el contexto.
Existe una idea muy extendida según la cual recaer significa perder todo el progreso anterior. Sin embargo, quizá lo más peligroso no sea la recaída en sí, sino la facilidad con la que una excepción empieza a convertirse otra vez en costumbre. Casi nunca ocurre de golpe. Suele empezar con algo tan pequeño que parece incapaz de cambiar nada.
Y, sin embargo, muchas veces es precisamente así como empiezan los cambios importantes: no con una decisión contundente, sino con una sucesión de pequeños permisos que dejan de parecer excepcionales. Quizá por eso el verano no pone a prueba únicamente nuestra capacidad para mantener determinados hábitos. También pone a prueba algo más profundo: la relación que tenemos con aquello que decidimos cambiar. Porque abandonar una conducta no consiste solo en dejar de hacerla durante un tiempo. Consiste en construir una forma distinta de relacionarnos con ella, incluso cuando el contexto invita a recuperarla.
El verano no crea los problemas. Pero a veces los disfraza de vacaciones.






















