Las historias que no vemos
Aunque nos cueste admitirlo, hacemos juicios a los demás constantemente. Unos segundos después de conocer a alguien, de leer un comentario en redes sociales o de cruzarnos con una persona por la calle, nuestra mente ya ha calificado lo que ve e incluso ha construido una historia. Lo hacemos tan deprisa que ni siquiera somos conscientes. Pensamos que estamos describiendo la realidad cuando, en realidad, estamos interpretándola. Me resultó muy curioso saber que en esa rapidez no suele haber mala intención, sino un cerebro diseñado para ahorrar energía. Analizar cada situación desde cero sería agotador, así que recurre al piloto automático: compara lo que ve con experiencias anteriores, busca patrones conocidos y rellena los huecos con conclusiones precipitadas. El problema es que ese mecanismo es muy útil para sobrevivir frente a peligros reales, pero resulta muy poco fiable cuando se trata de comprender a las personas.
Ese piloto automático utiliza varios atajos mentales que conviene conocer, como aplicar viejos estereotipos a personas nuevas, creyendo que actuarán igual que otras que conocimos antes. O el llamado “error de atribución”: si alguien llega tarde pensamos que es irresponsable, pero si llegamos tarde nosotros, lo justificamos por el tráfico o un imprevisto. También tenemos el “efecto halo”: basta con que alguien nos resulte simpático, atractivo o elegante para atribuirle por nuestra cuenta otras cualidades positivas. Y al contrario. En otras ocasiones también juzgamos como una forma de protegernos, porque personas que piensan o viven de manera diferente tambalean nuestras propias certezas, y criticarlas reduce esa incomodidad. Por otra parte, señalar los defectos ajenos puede hacernos sentir un poco mejores e incluso superiores.
Creo que conocer estos mecanismos nos devuelve la libertad. No podemos impedir que aparezca el primer juicio, porque nace de una parte automática de nuestro cerebro. Pero, sabiéndolo, podemos detenernos unos segundos antes de dar por cierta nuestra primera impresión. Podemos preguntarnos qué historia desconocemos, qué preocupación arrastra esa persona o qué circunstancias explican un comportamiento que, desde fuera, parece incomprensible. Comprender no significa justificarlo todo, ni dejar de poner límites. Pero nos hace recordar que detrás de casi cualquier conducta hay toda una vida que no vemos. Si aprendemos a frenar un poco los juicios rápidos, podremos entender que la persona que tenemos enfrente tiene una historia más compleja y una realidad más parecida a nosotros mismos de lo que nuestra mente automática nos había hecho creer. Y habremos descubierto las trampas.
Aunque nos cueste admitirlo, hacemos juicios a los demás constantemente. Unos segundos después de conocer a alguien, de leer un comentario en redes sociales o de cruzarnos con una persona por la calle, nuestra mente ya ha calificado lo que ve e incluso ha construido una historia. Lo hacemos tan deprisa que ni siquiera somos conscientes. Pensamos que estamos describiendo la realidad cuando, en realidad, estamos interpretándola. Me resultó muy curioso saber que en esa rapidez no suele haber mala intención, sino un cerebro diseñado para ahorrar energía. Analizar cada situación desde cero sería agotador, así que recurre al piloto automático: compara lo que ve con experiencias anteriores, busca patrones conocidos y rellena los huecos con conclusiones precipitadas. El problema es que ese mecanismo es muy útil para sobrevivir frente a peligros reales, pero resulta muy poco fiable cuando se trata de comprender a las personas.
Ese piloto automático utiliza varios atajos mentales que conviene conocer, como aplicar viejos estereotipos a personas nuevas, creyendo que actuarán igual que otras que conocimos antes. O el llamado “error de atribución”: si alguien llega tarde pensamos que es irresponsable, pero si llegamos tarde nosotros, lo justificamos por el tráfico o un imprevisto. También tenemos el “efecto halo”: basta con que alguien nos resulte simpático, atractivo o elegante para atribuirle por nuestra cuenta otras cualidades positivas. Y al contrario. En otras ocasiones también juzgamos como una forma de protegernos, porque personas que piensan o viven de manera diferente tambalean nuestras propias certezas, y criticarlas reduce esa incomodidad. Por otra parte, señalar los defectos ajenos puede hacernos sentir un poco mejores e incluso superiores.
Creo que conocer estos mecanismos nos devuelve la libertad. No podemos impedir que aparezca el primer juicio, porque nace de una parte automática de nuestro cerebro. Pero, sabiéndolo, podemos detenernos unos segundos antes de dar por cierta nuestra primera impresión. Podemos preguntarnos qué historia desconocemos, qué preocupación arrastra esa persona o qué circunstancias explican un comportamiento que, desde fuera, parece incomprensible. Comprender no significa justificarlo todo, ni dejar de poner límites. Pero nos hace recordar que detrás de casi cualquier conducta hay toda una vida que no vemos. Si aprendemos a frenar un poco los juicios rápidos, podremos entender que la persona que tenemos enfrente tiene una historia más compleja y una realidad más parecida a nosotros mismos de lo que nuestra mente automática nos había hecho creer. Y habremos descubierto las trampas.






















