Un camino donde se santiguan los siglos
La región extremeña, por sus especiales condiciones climáticas y ecológicas, ha sido un destino muy apetecido por los ganaderos trashumantes, escenificado en la estructura de las vías pecuarias de las grandes cañadas reales y de la innumerable red de cordeles que las intercomunican. La Cañada Real Soriana Occidental, proveniente de las sierras sorianas, próximas a la riojana Tierra de Cameros, enlaza con varias cañadas reales. Tras atravesar la sierra de Béjar y el Valle del Ambroz, se dirige hacia Galisteo y Cañaveral. Bordea el embalse de Alcántara por Garrovillas y llega a la ciudad de Cáceres, discurriendo hasta Valdesalor, donde cambia de sentido hacia la dirección sudoeste para atravesar la Sierra de San Pedro, accediendo a la provincia de Badajoz por Puebla de Obando. En esta última población da principio un cordel de ganados que, desde la Cruz de Casillas, pasa por las fincas de La Muela, Valdeherrero, Limoneras, Barberas, Coneja, Dehesa Nueva, Alcazaba, Cuestas y los Arenales, entre los cerros San Gregorio y La Centinela, llegando a Montijo, y finalizando en el Camino viejo de Barbaño, hacia los pastos verdes y abrevaderos del río Guadiana. Durante su trayecto había veredas, coladas, descansaderos y majadas.
A finales de agosto, las huertas del Camino viejo de Barbaño dan frescor a la mañana que llega. La memoria trae olor a barro cocido que proviene de los hornos. Viejos y artesanos alfares del sitio llamado “Encinal”, en los que se producían adobes, ladrillos y tejas. Ensenada, en 1753, referencia sobre la Cofradía de las Ánimas Benditas de Montijo que poseía “un horno de texa y ladrillo consistente en el exido de esta villa ynmediato al enzinal distante doszientos pasos que por respuestas se halla regulado su utilidad en mil y quinientos reales de vellón al año”. Horno que producía “tres hornadas de a diez mil piezas cada una, la mitad tejas y la mitad ladrillo, éste a precio de quarenta reales el millar, y el de aquella a sesenta de forma que produce al año mil y quinientos reales”.
Este horno de tejas y ladrillos servía para el sostenimiento económico, especialmente para honras, misas rezadas y misas cantadas por los difuntos de la cofradía, de los que se documentaban tres hornos a mediados del s. XVIII en el camino viejo de Barbaño, que tuvieron fama y prestigio fuera de nuestro término. Así lo confirma el pago librado por el cabildo de la catedral de Badajoz al maestro de pintor Alonso de Mures, que en 1740 recibía del mayordomo de la fábrica de la catedral “doszientos reales de vellón que importaron los colores que puso a la veleta de la capilla maior”, sus encendidos tonos rimaban con los tejados de las respectivas capillas, relucientes de tejas vidriadas, traídas de los alfares del Montijo.
El Camino Viejo de Barbaño ofrece al caminante La Puentecilla, pequeño puente de factura medieval, que salva un arroyo. La Laguna de las Encantás que, dice la conseja, tres hermanas aparecían sobre ella bailando en la noche de San Juan; y la Cruz de la Muchacha antes de llegar a la ermita de la Patrona de Montijo. Que según la leyenda señalaba el lugar de la desaparición de una muchacha por la crecida del río Guadiana. Otras leyendas señalan que fue devorada por lobos. Las cruces eran realmente un hito que indicaban el deslinde o amojonamiento (límites) de la vía pecuaria; no otras cosas extrañas. El Camino Viejo de Barbaño sabe a saludo y a olor universal de albahaca de la familia Almirante, que ofrecen en su centenaria tradición a la imagen de Ntra. Señora de Barbaño, que a finales de agosto viene por ese camino con las primeras luces de la mañana de azul y plata, bajo el sentimiento popular de cuantos acompañan a Ella y al Niño que nunca baja los brazos. Un camino donde se santiguan los siglos que proclaman: “bajo el nombre feliz de Barbaño, este pueblo que año tras año, tus favores tus hijos pregonan”.
La región extremeña, por sus especiales condiciones climáticas y ecológicas, ha sido un destino muy apetecido por los ganaderos trashumantes, escenificado en la estructura de las vías pecuarias de las grandes cañadas reales y de la innumerable red de cordeles que las intercomunican. La Cañada Real Soriana Occidental, proveniente de las sierras sorianas, próximas a la riojana Tierra de Cameros, enlaza con varias cañadas reales. Tras atravesar la sierra de Béjar y el Valle del Ambroz, se dirige hacia Galisteo y Cañaveral. Bordea el embalse de Alcántara por Garrovillas y llega a la ciudad de Cáceres, discurriendo hasta Valdesalor, donde cambia de sentido hacia la dirección sudoeste para atravesar la Sierra de San Pedro, accediendo a la provincia de Badajoz por Puebla de Obando. En esta última población da principio un cordel de ganados que, desde la Cruz de Casillas, pasa por las fincas de La Muela, Valdeherrero, Limoneras, Barberas, Coneja, Dehesa Nueva, Alcazaba, Cuestas y los Arenales, entre los cerros San Gregorio y La Centinela, llegando a Montijo, y finalizando en el Camino viejo de Barbaño, hacia los pastos verdes y abrevaderos del río Guadiana. Durante su trayecto había veredas, coladas, descansaderos y majadas.
A finales de agosto, las huertas del Camino viejo de Barbaño dan frescor a la mañana que llega. La memoria trae olor a barro cocido que proviene de los hornos. Viejos y artesanos alfares del sitio llamado “Encinal”, en los que se producían adobes, ladrillos y tejas. Ensenada, en 1753, referencia sobre la Cofradía de las Ánimas Benditas de Montijo que poseía “un horno de texa y ladrillo consistente en el exido de esta villa ynmediato al enzinal distante doszientos pasos que por respuestas se halla regulado su utilidad en mil y quinientos reales de vellón al año”. Horno que producía “tres hornadas de a diez mil piezas cada una, la mitad tejas y la mitad ladrillo, éste a precio de quarenta reales el millar, y el de aquella a sesenta de forma que produce al año mil y quinientos reales”.
Este horno de tejas y ladrillos servía para el sostenimiento económico, especialmente para honras, misas rezadas y misas cantadas por los difuntos de la cofradía, de los que se documentaban tres hornos a mediados del s. XVIII en el camino viejo de Barbaño, que tuvieron fama y prestigio fuera de nuestro término. Así lo confirma el pago librado por el cabildo de la catedral de Badajoz al maestro de pintor Alonso de Mures, que en 1740 recibía del mayordomo de la fábrica de la catedral “doszientos reales de vellón que importaron los colores que puso a la veleta de la capilla maior”, sus encendidos tonos rimaban con los tejados de las respectivas capillas, relucientes de tejas vidriadas, traídas de los alfares del Montijo.
El Camino Viejo de Barbaño ofrece al caminante La Puentecilla, pequeño puente de factura medieval, que salva un arroyo. La Laguna de las Encantás que, dice la conseja, tres hermanas aparecían sobre ella bailando en la noche de San Juan; y la Cruz de la Muchacha antes de llegar a la ermita de la Patrona de Montijo. Que según la leyenda señalaba el lugar de la desaparición de una muchacha por la crecida del río Guadiana. Otras leyendas señalan que fue devorada por lobos. Las cruces eran realmente un hito que indicaban el deslinde o amojonamiento (límites) de la vía pecuaria; no otras cosas extrañas. El Camino Viejo de Barbaño sabe a saludo y a olor universal de albahaca de la familia Almirante, que ofrecen en su centenaria tradición a la imagen de Ntra. Señora de Barbaño, que a finales de agosto viene por ese camino con las primeras luces de la mañana de azul y plata, bajo el sentimiento popular de cuantos acompañan a Ella y al Niño que nunca baja los brazos. Un camino donde se santiguan los siglos que proclaman: “bajo el nombre feliz de Barbaño, este pueblo que año tras año, tus favores tus hijos pregonan”.























