Vuela el odio como el viento
Sinceramente, la final de la Copa del Mundo de fútbol, me dejó un sabor bastante amargo y no fue, precisamente por el resultado. Me pareció inadmisible que un espectáculo de este calibre se viera empañado por la agresividad, los gestos hostiles y las actitudes provocadoras que faltaban al respeto, no solo a los jugadores españoles, sino también a los millones de personas que esperaban presenciar un duelo entre dos selecciones amigas, al menos eso creía yo. Será que no entiendo mucho de fútbol pero si de grandes valores como el respeto y el compañerismo, los cuales brillaron por su ausencia.
Siempre he pensado que cuando se juega un partido de fútbol, ganar o perder es parte del juego pero nunca debemos olvidar que la deportividad y la profesionalidad es una obligación. Sin embargo creo que esta es una actitud más de ese aumento de agresividad que sufre la sociedad. Una agresividad que se está introduciendo lentamente, formando parte de nuestras vidas, convirtiéndose en algo con lo que nos está tocando convivir.
La sonrisa en el rostro de las personas está desapareciendo para convertirse en un ceño casi desafiante. Los actos vandálicos se multiplican, los gritos forman parte de nuestra manera de manifestarnos, las miradas de indiferencia ante nuestros semejantes proliferan, los bulos están a la orden del día y hasta la cosa más atractiva y emotiva, como la final de la Copa del Mundo, puede convertirse en un acto bochornoso.
Hay que intentar erradicar la agresividad para poder vivir mejor en nuestra sociedad y así, a los que nos gusta escribir, no tengamos que estar, continuamente, denunciando los gestos del odio.
Vuela el odio como el viento,
arrastrando falsos testimonios,
echando peste por la boca
y escupiendo saliva de demonios.
Ahogando gritos de impotencia,
lanzan y lanzan golpes certeros,
nutriéndose de triste impotencia
que mama de un absurdo desespero.
De vuestras pupilas emanan
miles de lágrimas rojas
cayendo sobre una tierra impotente
que calladamente las aloja.
Mi rostro cansado sufre
ausente de cordura y de ternura
intentando lograr adivinar
cuando tendrá fin tanta locura.
Sinceramente, la final de la Copa del Mundo de fútbol, me dejó un sabor bastante amargo y no fue, precisamente por el resultado. Me pareció inadmisible que un espectáculo de este calibre se viera empañado por la agresividad, los gestos hostiles y las actitudes provocadoras que faltaban al respeto, no solo a los jugadores españoles, sino también a los millones de personas que esperaban presenciar un duelo entre dos selecciones amigas, al menos eso creía yo. Será que no entiendo mucho de fútbol pero si de grandes valores como el respeto y el compañerismo, los cuales brillaron por su ausencia.
Siempre he pensado que cuando se juega un partido de fútbol, ganar o perder es parte del juego pero nunca debemos olvidar que la deportividad y la profesionalidad es una obligación. Sin embargo creo que esta es una actitud más de ese aumento de agresividad que sufre la sociedad. Una agresividad que se está introduciendo lentamente, formando parte de nuestras vidas, convirtiéndose en algo con lo que nos está tocando convivir.
La sonrisa en el rostro de las personas está desapareciendo para convertirse en un ceño casi desafiante. Los actos vandálicos se multiplican, los gritos forman parte de nuestra manera de manifestarnos, las miradas de indiferencia ante nuestros semejantes proliferan, los bulos están a la orden del día y hasta la cosa más atractiva y emotiva, como la final de la Copa del Mundo, puede convertirse en un acto bochornoso.
Hay que intentar erradicar la agresividad para poder vivir mejor en nuestra sociedad y así, a los que nos gusta escribir, no tengamos que estar, continuamente, denunciando los gestos del odio.
Vuela el odio como el viento,
arrastrando falsos testimonios,
echando peste por la boca
y escupiendo saliva de demonios.
Ahogando gritos de impotencia,
lanzan y lanzan golpes certeros,
nutriéndose de triste impotencia
que mama de un absurdo desespero.
De vuestras pupilas emanan
miles de lágrimas rojas
cayendo sobre una tierra impotente
que calladamente las aloja.
Mi rostro cansado sufre
ausente de cordura y de ternura
intentando lograr adivinar
cuando tendrá fin tanta locura.























