Intercambios: una ventana al mundo
En mis tiempos de estudiante (ya ha llovido), los viajes de los centros educativos servían para conocer ciudades, monumentos y seleccionar bien las fotos, conservando los dos carretes que disponíamos para el viaje, rezando para que pasados los negativos estuvieran las fotografías. Había un viaje que cambiaba cosas por dentro. En mi caso, un viaje que nuestro instituto (Santa Eulalia) organizaba con un intercambio con Saumur, en los Países del Loira, en Francia. Con él, descubríamos que el mundo va más allá de nuestro pueblo, más allá que nuestras certezas.
Hasta hace poco, la educación se labraba dentro del aula. Pizarra, libros, profesor y apuntes, ahí giraba todo. Sin embargo, hay aprendizajes que sobrepasan esas cuatro paredes. Convivir con alguien que habla otra lengua, con costumbres diferentes nos exige algo más que memorizar contenidos: obliga a escuchar, observar, adaptarse y comprender.
Los intercambios educativos son una de las experiencias educativas más poderosas. Un estudiante que viaja a otro país descubre que las diferencias culturales son una oportunidad de abrirse a otras culturas, de conocer otros mundos.
Programas como Erasmus+ han convertido Europa en un espacio de aprendizaje en el que estudiantes y profesores viajan, estudian, se forman y conviven con personas de otros países. Y la importancia de esta experiencia va más allá del aprendizaje de un idioma porque un idioma se aprende cuando pedimos ayuda en una estación de tren o cuando descubrimos que el verdadero intercambio es el de una sonrisa con quien nos ha ayudado.
Existen programas de movilidad impulsados por las administraciones públicas (iniciativas educativas y culturales, programas de juventud, voluntariado, cooperación y participación internacional…) que permiten a nuestros jóvenes participar en proyectos internacionales. Puertas abiertas a otras realidades para jóvenes que viven en territorios alejados de los centros urbanos. Ahí el mundo, deja de ser imágenes en pantalla y adquiere rostros, voces, calles y nombres.
En Extremadura se habla de la necesidad de abrir oportunidades para nuestros jóvenes y los intercambios, tienen valor añadido. Conocer otros lugares nos descubre otras maneras de conservar el patrimonio, cuidar la naturaleza o enriquecer el entorno. Con las redes sociales vemos cómo viven los demás, los intercambios permiten sentarse a su lado, conversar, descubrir que detrás de otra cultura hay una persona con los mismos nervios, ilusiones, inseguridades y ganas de ser escuchada. La función de los viajes educativos es abrir ventanas hacia otras lenguas y culturas, otras formas de vivir y pensar. Es así, cuando una ventana se abre, el aire del interior se renueva...
En mis tiempos de estudiante (ya ha llovido), los viajes de los centros educativos servían para conocer ciudades, monumentos y seleccionar bien las fotos, conservando los dos carretes que disponíamos para el viaje, rezando para que pasados los negativos estuvieran las fotografías. Había un viaje que cambiaba cosas por dentro. En mi caso, un viaje que nuestro instituto (Santa Eulalia) organizaba con un intercambio con Saumur, en los Países del Loira, en Francia. Con él, descubríamos que el mundo va más allá de nuestro pueblo, más allá que nuestras certezas.
Hasta hace poco, la educación se labraba dentro del aula. Pizarra, libros, profesor y apuntes, ahí giraba todo. Sin embargo, hay aprendizajes que sobrepasan esas cuatro paredes. Convivir con alguien que habla otra lengua, con costumbres diferentes nos exige algo más que memorizar contenidos: obliga a escuchar, observar, adaptarse y comprender.
Los intercambios educativos son una de las experiencias educativas más poderosas. Un estudiante que viaja a otro país descubre que las diferencias culturales son una oportunidad de abrirse a otras culturas, de conocer otros mundos.
Programas como Erasmus+ han convertido Europa en un espacio de aprendizaje en el que estudiantes y profesores viajan, estudian, se forman y conviven con personas de otros países. Y la importancia de esta experiencia va más allá del aprendizaje de un idioma porque un idioma se aprende cuando pedimos ayuda en una estación de tren o cuando descubrimos que el verdadero intercambio es el de una sonrisa con quien nos ha ayudado.
Existen programas de movilidad impulsados por las administraciones públicas (iniciativas educativas y culturales, programas de juventud, voluntariado, cooperación y participación internacional…) que permiten a nuestros jóvenes participar en proyectos internacionales. Puertas abiertas a otras realidades para jóvenes que viven en territorios alejados de los centros urbanos. Ahí el mundo, deja de ser imágenes en pantalla y adquiere rostros, voces, calles y nombres.
En Extremadura se habla de la necesidad de abrir oportunidades para nuestros jóvenes y los intercambios, tienen valor añadido. Conocer otros lugares nos descubre otras maneras de conservar el patrimonio, cuidar la naturaleza o enriquecer el entorno. Con las redes sociales vemos cómo viven los demás, los intercambios permiten sentarse a su lado, conversar, descubrir que detrás de otra cultura hay una persona con los mismos nervios, ilusiones, inseguridades y ganas de ser escuchada. La función de los viajes educativos es abrir ventanas hacia otras lenguas y culturas, otras formas de vivir y pensar. Es así, cuando una ventana se abre, el aire del interior se renueva...























