Viernes, 03 de Julio de 2026

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Elisa Martín
Viernes, 03 de Julio de 2026 Actualizada Viernes, 03 de Julio de 2026 a las 18:55:31 horas

Quitar (y quitarnos) presión

 

Tenemos presión por todas partes. En las agendas llenas, en los plazos imposible, los correos que parecen urgentes, aunque no lo sean y en las malas formas que se han vuelto demasiado habituales. Todo parece exigir una respuesta inmediata. Y, como si la presión que recibimos desde fuera no fuera suficiente, terminamos convirtiéndonos en nuestros principales verdugos. Nos exigimos hacerlo todo bien, estar siempre disponibles, aprovechar cada minuto, ser mejores profesionales, padres y madres, mejores hijos o mejores parejas. Nos comparamos con quienes parecen llevar una vida perfecta y medimos nuestro éxito con una vara que nunca deja de subir. Hasta que el cuerpo protesta, la cabeza se satura y empezamos a pasarlo mal.
Basta observar un día cualquiera. El compañero de trabajo que responde con brusquedad porque lleva semanas al límite. El jefe que traslada su estrés a todo el equipo. El cliente que exige una solución inmediata para algo que puede esperar. La madre que termina gritando porque intenta llegar a todo. El padre que siente que nunca dedica suficiente tiempo a sus hijos. La persona que abre las redes sociales y piensa que todos avanzan más deprisa que ella. Los mensajes de que no llegamos a la belleza, a los viajes, a los planes atractivos. Y vamos trasladando nuestra presión a quienes nos rodean, y ellos hacen lo mismo con nosotros. Es una cadena que acaba contaminando conversaciones, relaciones y decisiones. Muchas de esas exigencias ni siquiera son reales, son expectativas que hemos construido nosotros mismos: cómo debería ser nuestra vida, cuándo tendríamos que haber conseguido ciertas cosas o qué nivel de perfección deberíamos alcanzar. Pero la vida no es un único recorrido, son circunstancias y ritmos diferentes. Cada persona avanza por un camino distinto. Comparar trayectorias solo sirve para robarnos la paz.
Por eso mi propuesta esta vez es empezar a quitar presión, no solo a nuestra vida, sino también a la de quienes nos rodean. Hablar con más calma, exigir menos perfección, permitirnos descansar. Celebrar lo que ya hemos conseguido antes de salir corriendo hacia el siguiente objetivo. Recordarnos que no todo tiene que resolverse hoy y que no siempre hace falta demostrar nada. El bienestar también es un éxito y la salud merece tanta atención como cualquier meta profesional. Si nos damos cuenta, la felicidad rara vez llega cuando alcanzamos la siguiente cima, sino cuando somos capaces de respirar tranquilamente mientras recorremos el camino. No podemos controlar el ritmo del mundo, pero sí decidir con cuánta presión queremos vivir. Al final, una vida más tranquila no es una vida más pequeña. Es, simplemente, una vida mejor.

 

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