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Andrés Acevedo
Lunes, 25 de Mayo de 2026 Actualizada Lunes, 25 de Mayo de 2026 a las 10:15:24 horas

La frustración silenciosa de no estar donde imaginabas

De pequeño, adolescente o incluso hace apenas unos años, seguramente imaginabas una versión distinta de tu vida. Tal vez pensabas que a estas alturas tendrías más estabilidad, otra relación, otro trabajo. Quizá no tenías un plan exacto, pero sí una intuición vaga de cómo “deberían” haber salido las cosas. Y aunque racionalmente entiendas que la vida cambia, hay una parte emocional que sigue comparando lo que existe con lo que esperaba encontrar.

Lo difícil de este tipo de duelo es que no siempre tiene un objeto concreto. No se añora sólo lo que ocurrió, sino también lo que quedó sin ocurrir. Las oportunidades que no llegaron, las versiones de uno mismo que no se desarrollaron, los caminos que quedaron suspendidos en algún punto. Y como no hay una pérdida visible, muchas veces ni siquiera se reconoce como duelo. Se vive simplemente como una sensación difusa de insatisfacción o de desconexión.

Además, socialmente hay poca tolerancia hacia esta clase de malestar. Se espera que uno agradezca lo que tiene, que relativice, que “no se queje”. Y, en cierto sentido, puede que sea verdad: quizás objetivamente tu vida no esté mal. Pero eso no elimina la distancia entre la vida vivida y la vida imaginada.

A veces esta frustración aparece de golpe. Un encuentro casual con alguien del pasado, una foto antigua, una conversación sobre proyectos futuros. Otras veces es más sutil: una sensación persistente de estar viviendo en automático, como si uno hubiera terminado en un lugar que no recuerda haber elegido del todo.

 Hay algo especialmente desconcertante en darse cuenta de que la vida no suele desviarse de golpe, sino poco a poco. No suele haber un gran momento en el que uno “pierde el rumbo”, sino una suma de pequeñas decisiones, renuncias prácticas, miedos razonables y prioridades urgentes. Y cuando uno mira atrás, cuesta incluso señalar en qué momento exacto empezó a alejarse de aquello que imaginaba. Quizá por eso esta frustración resulta tan difícil de explicar: porque no siempre nace de una tragedia evidente, sino de una acumulación silenciosa de distancia entre la vida que vivimos y la que alguna vez sentimos posible.

Tal vez crecer también implique enfrentarse a esa diferencia entre la vida imaginada y la real. Aceptar que algunas posibilidades desaparecen, que otras aparecen tarde y que muchas nunca llegan a aclararse del todo. Y quizá parte de la madurez consista, precisamente, en aprender a convivir con esas versiones no vividas de nosotros mismos, que a veces siguen acompañándonos en silencio.

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