Jueves, 11 de Junio de 2026

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Lucas Navareño
Lunes, 25 de Mayo de 2026 Actualizada Lunes, 25 de Mayo de 2026 a las 10:09:09 horas

La lectura en la era del TiTok

La escena, aunque novedosa es de sobra conocida. Un adolescente (y cada vez más los de más edad) desliza el dedo sobre la pantalla con la velocidad de quien descarta cartas de un mazo de naipes. Los videos duran segundos y caen uno tras otro en una unión que asemeja la caravana de orugas que tanto asusta a los que tenemos perro. Desde fuera, se alza la voz: “Ya nadie lee”. Y es que hay algo de alarma en esa frase y también nostalgia. Con cada nueva generación, creemos asistir al final de las buenas costumbres culturales y, sin embargo, la historia nos confirma que, con el paso de los años, las maneras de hacer evolucionan.

TikTok se ha convertido en símbolo de preocupación. La aplicación china que para muchos representa la distracción elevada a la máxima potencia representa el triunfo del entretenimiento instantáneo sobre la reflexión que todos deberíamos realizar sobre los contenidos que nos llegan.

Pero no es cuestión ahora el demonizar Tiktok poniendo como resultado el haber ido pasando de ser lectores de libros a visionarios de contenidos de esta aplicación porque no es verdad. La sociedad española nunca ha sido ejemplo de sociedad lectora. Si evidentemente hubo décadas con menos pantallas, no sería cierto decir que estas pantallas han sustituido a lectores de libros ni que se han ido abandonando las bibliotecas por los ciudadanos absortos en la aplicación.

La lectura ha ido pasando por distintas fases. Cambió con el paso del pergamino al libro impreso, con los periódicos populares, con los libros de bolsillo y en la actualidad con las pantallas digitales (yo mismo leo ahora los libros a través de un lector de libros electrónicos que me asegura la lectura de muchos libros a la vez con una única aplicación).

Hoy los jóvenes leen de otro modo. Leen mensajes, subtítulos, memes, foros, comentarios y narrativas fragmentadas que exigen interpretar códigos y contextos con sorprendente rapidez. Eso no significa que toda lectura sea igual. No es lo mismo descifrar una conversación digital que internarse en un relato de trescientas páginas. El verdadero debate quizá no sea pantalla contra papel, sino atención contra dispersión, y ahí, TikTok ocupa un lugar central porque ha perfeccionado una economía basada en capturar segundos. Su lógica es clara: si algo tarda, se abandona. El contenido debe seducir de inmediato, recompensar rápido y evitar silencios.

La lectura profunda, en cambio, funciona casi al revés. Exige paciencia, incertidumbre y una especie de pacto silencioso con el tiempo. Un libro rara vez ofrece gratificación instantánea. Un docente que convierte el libro en castigo compite con TikTok desde la derrota. En cambio, quien presenta la lectura como descubrimiento ofrece una experiencia que ninguna pantalla puede copiar del todo. Quizá el desafío no sea salvar a los jóvenes de TikTok, sino salvar nuestra relación con el tiempo. [email protected]

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