Miércoles, 20 de Mayo de 2026

Actualizada Martes, 19 de Mayo de 2026 a las 14:05:57 horas

Elisa Martín
Martes, 19 de Mayo de 2026 Actualizada Martes, 19 de Mayo de 2026 a las 10:26:51 horas

Silencio

 

En estos tiempos de ruido constante, podríamos hablar de muchas cosas sobre el silencio. Pero me voy a centrar en la importancia de no interrumpir cuando la otra persona nos está contando un mal momento de su vida o una preocupación. Nos cuesta aguantar la pausa, estar en silencio sin buscar algo para llenarlo. Pero creo que hay un tipo de silencio que no es vacío, sino todo lo contario.  Ése que permite a la persona que lo está pasando mal desplegarse sin sentir que, si no termina pronto, la vamos a atropellar sin remedio. Guardar silencio en esos momentos no es desinterés, sino una forma de respeto y de ayuda. Es una manera de decir: “Estoy aquí, contigo, sin prisa, solo para escucharte y que puedas explicar qué te pasa”. En algunas conversaciones, nuestro silencio es un regalo. 
Hace poco fui a ver a una amiga que atraviesa una enfermedad grave. Me contó cómo va su proceso: sus miedos, su esperanza, el dolor físico y la multitud de pensamientos que tiene. Mientras hablaba, yo sentía la tentación de intervenir: de consolar, de relativizar, de contar alguna experiencia similar que “ayudara”. Pero decidí callar. La miraba, asentía, dejando que salieran sus palabras sin cortarlas. Y poco a poco fue profundizando y relajando, como aliviada. No necesitaba soluciones ni comparaciones, necesitaba espacio. Mi silencio resultó ser el mejor acompañamiento, aplicando algo tan sencillo como difícil: no interrumpir. Cuando alguien nos abre una herida, lo último que necesita es que la tapemos con nuestras propias historias. Y pasa con los hijos, con los padres, con la pareja, con los amigos…Cuando interrumpimos constantemente, el otro se repliega, como si su historia no tuviera espacio suficiente para poder expresarla. Siente que debe resumirse, o incluso callarse antes de terminar. En ese momento dejamos de escuchar algo importante: cómo se siente de verdad.
Me pregunto a veces por qué nos cuesta tanto callar. Hay en nosotros una cierta ansiedad por hablar. Interrumpimos, completamos frases, desviamos el foco hacia nuestra experiencia, como si escuchar fuera perder protagonismo. Pero a veces se trata de hacer todo lo contrario. Escuchar de verdad, sin invadir ni competir. Aunque a ratos tengamos que mordernos la lengua. Y si queremos ayudar a la otra persona, aprender a distinguir cuando necesita un consejo o simplemente un rato de escucha es lo más generoso que podemos hacer. Curiosamente, también para la persona que calla supone un beneficio: nos relaja de la tensión de buscar qué decir y nos hace desarrollar la atención. A veces, cerrar la boca es la mejor opción. Tal vez por eso William Hazlitt afirmaba que “el silencio es el gran arte de la conversación”.

 

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