Deberíamos callar
En el año 1996 escribí el poema: “Deberíamos callar”. Hablaba sobre el daño que puede causar las críticas difamatorias. Hoy, por tercera vez recurro a este poema porque el ser humano no pierde la mala costumbre de las difamaciones, de los bulos y desgraciadamente, al día de hoy, se sigue acentuando por culpa de las redes sociales. Hoy, con un solo clic, una calumnia o un bulo pueden cruzar el mundo y destruir o dañar a una persona en cuestión de minutos. Las difamaciones, como manchas de aceite, dejan huellas imborrables. ¡Y contra esto debemos luchar! No con las mismas armas, sino con la justicia que para eso está.
Alguien dijo en una ocasión: “La difamación no es libertad de expresión, es un ataque deliberado a la reputación”. Solamente hay que centrarse en las campañas electorales para darte cuenta como se utiliza la difamación para conseguir objetivos. Son comentarios tan absurdos e increíble como bochornosos. En la mayoría de los casos, hay situaciones totalmente impensables por sus contradicciones. La sociedad tiene que darle una solución a tanta sinrazón.
Yo, a pesar de todo, soy de los que creen en la justicia y por lo tanto, pienso, que si estas situaciones las vives en silencio, solo almacenando información, el día menos pensado, con una buena denuncia, te puedes quedar muy a gusto. Hay que buscar el momento adecuado e ir a por todas. Es de la única manera que aprenderemos a respetar para que a nosotros nos respeten.
Por cierto, ¿queréis saber que decía mi poema? Yo lo tengo catalogado como un grito de impotencia, de rabia… pero no de dolor, ni muchísimo menos. Como decía mi abuela: “¡Hay cosas que caen por su propio peso!”.
Mi poema dice así:
Deberíamos callar y eternamente
se congelen las manos y la lengua
tal vez, sintiendo el desprecio en nuestros huesos
se nos caiga la cara de vergüenza.
Entenderíamos mejor cada palabra,
cada gesto, cada entrega… ¡pero es mejor escupir,
como sapos venenosos que te acechan!.
¡DIOS!, ahora entiendo como sobre el mundo
está lloviendo demasiada violencia.
Poco importa la bondad, la amistad, abrir puertas…
es más fácil la envidia, tener floja la lengua;
¡ojalá! todos sintamos el desprecio en los huesos,
tal vez así, se nos caiga la cara de vergüenza.
En el año 1996 escribí el poema: “Deberíamos callar”. Hablaba sobre el daño que puede causar las críticas difamatorias. Hoy, por tercera vez recurro a este poema porque el ser humano no pierde la mala costumbre de las difamaciones, de los bulos y desgraciadamente, al día de hoy, se sigue acentuando por culpa de las redes sociales. Hoy, con un solo clic, una calumnia o un bulo pueden cruzar el mundo y destruir o dañar a una persona en cuestión de minutos. Las difamaciones, como manchas de aceite, dejan huellas imborrables. ¡Y contra esto debemos luchar! No con las mismas armas, sino con la justicia que para eso está.
Alguien dijo en una ocasión: “La difamación no es libertad de expresión, es un ataque deliberado a la reputación”. Solamente hay que centrarse en las campañas electorales para darte cuenta como se utiliza la difamación para conseguir objetivos. Son comentarios tan absurdos e increíble como bochornosos. En la mayoría de los casos, hay situaciones totalmente impensables por sus contradicciones. La sociedad tiene que darle una solución a tanta sinrazón.
Yo, a pesar de todo, soy de los que creen en la justicia y por lo tanto, pienso, que si estas situaciones las vives en silencio, solo almacenando información, el día menos pensado, con una buena denuncia, te puedes quedar muy a gusto. Hay que buscar el momento adecuado e ir a por todas. Es de la única manera que aprenderemos a respetar para que a nosotros nos respeten.
Por cierto, ¿queréis saber que decía mi poema? Yo lo tengo catalogado como un grito de impotencia, de rabia… pero no de dolor, ni muchísimo menos. Como decía mi abuela: “¡Hay cosas que caen por su propio peso!”.
Mi poema dice así:
Deberíamos callar y eternamente
se congelen las manos y la lengua
tal vez, sintiendo el desprecio en nuestros huesos
se nos caiga la cara de vergüenza.
Entenderíamos mejor cada palabra,
cada gesto, cada entrega… ¡pero es mejor escupir,
como sapos venenosos que te acechan!.
¡DIOS!, ahora entiendo como sobre el mundo
está lloviendo demasiada violencia.
Poco importa la bondad, la amistad, abrir puertas…
es más fácil la envidia, tener floja la lengua;
¡ojalá! todos sintamos el desprecio en los huesos,
tal vez así, se nos caiga la cara de vergüenza.




















