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Andrés Acevedo
Lunes, 27 de Abril de 2026 Actualizada Lunes, 27 de Abril de 2026 a las 09:53:27 horas

El desgaste de explicar siempre quién eres

Hay una forma de cansancio que tiene que ver con la sensación de tener que traducirse constantemente. De explicar lo que piensas, lo que sientes, por qué haces lo que haces. Repetir matices, aclarar intenciones, corregir malentendidos. Y, aun así, quedarte con la impresión de que algo importante sigue sin ser visto.

No siempre es algo evidente. A veces aparece en pequeños detalles: una broma que no se entiende, un comentario que simplifica demasiado lo que te pasa, una etiqueta que otros usan contigo y que no termina de encajar. Y entonces surge ese impulso de matizar, de completar, de decir “no es exactamente eso”. Como si hubiera una versión de ti que se escapa una y otra vez.

Al principio, uno lo intenta. Explica más, se esfuerza por ser claro, busca las palabras adecuadas. Confía en que, con el tiempo, el otro terminará de comprender. Pero cuando esa sensación se repite en distintos contextos —familia, pareja, trabajo— algo empieza a chirriar. No sé si por la falta de entendimiento en sí o por el esfuerzo constante de tener que sostener una versión de uno mismo que parece no llegar nunca del todo.

Hay algo especialmente frustrante en no sentirse comprendido por quienes uno considera cercanos. Y cuando eso no ocurre, no suele haber un conflicto abierto, pero sí una especie de desconexión silenciosa. Como si una parte de la relación se quedara en la superficie.

Con el tiempo, pueden aparecer dos movimientos casi opuestos. Por un lado, insistir aún más: explicar mejor, justificar más, intentar afinar el mensaje hasta que encaje. Por otro, retirarse: dejar de explicar, simplificar lo que uno dice, resignarse a ser entendido “a medias”.

Sin embargo, ninguno de los dos termina de resolver la sensación del todo. Porque en el fondo, no se trata solo de que los demás entiendan lo que dices, sino de sentir que hay un lugar donde no hace falta explicarse tanto. Donde lo importante no tenga que ser traducido constantemente para poder existir en la relación.

Es posible que el desgaste no venga únicamente de no ser comprendido, sino de la expectativa de serlo completamente. De esa idea de que, si encontramos las palabras adecuadas, alguien podrá captar con precisión todo lo que somos.

Y tal vez ahí queda una tensión difícil de resolver: entre el deseo de ser visto en profundidad y la realidad de que siempre habrá algo que quede fuera. Algo que no se diga, que no se entienda del todo o que simplemente no encuentre un lugar en la mirada del otro. Al fin y al cabo, “la piel es una frontera” y cada uno tiene la suya.

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