Un gorigori
Ya están puestos los crisantemos nuevos y han sido
encalados los nichos. El ciprés que preside el camposanto está ahora más tieso
y más engalanado. Han venido días de limpieza y blanqueo. Días de suspiros, de
recuerdos y más recuerdos. Noviembre es mes de los difuntos. El tiempo
irremediablemente nos marca, escapándose de nuestras manos en la larga
nostalgia de estos días que evocan la memoria de las ausencias, de cuantos se
fueron. Nostalgias que llegan bajo un sonido de bronce colgado desde las
alturas tocando a difuntos. Las campanas de hoy tienen poca voz y voto, nadie
sube a tocarlas, y apenas marcan ya la vida del pueblo.
En estos días ya no hay misa de tres capas negras, ni
catafalco, ni sala de los muertos, ni el canto penetrante de los latines del introito
de difuntos “Réquiem aeternam dona eis
Domine, et lux perpetua luceat eis”. Ni monaguillos con sotana y roquete
recién planchados pidiendo, de puerta en puerta, una ayuda para doblar las
campanas por los sufragios de los difuntos en la noche de Los Santos a los
Difuntos. En otros tiempos, cuando caía la tarde, comenzaban a llorar las
campanas al toque de ánimas. Entre los dobles, los muchachos entretenían sus
quehaceres asando castañas allá arriba, en la torre. Tampoco ahora arde la cera
de color tiniebla en los retablos de las Ánimas Benditas del Purgatorio; será
porque ya no hay que contrarrestar a los luteranos, y hay pocos que compren
indulgencias para liberar a las almas.
Aún recuerdo aquellas preguntas de examen: ¿A dónde van
los buenos? Para responder: ¡Al cielo! ¿Y los malos? ¡Al infierno! ¿Y los que
no son ni malos ni buenos? Y entre un mar de vacilaciones por saber dónde
estarían aquellas almas en pena, decíamos titubeando con cierta tardanza: ¡Al
Purgatorio! Y te martilleaban muchas dudas. Sabemos que el cielo está arriba y
en el infierno dicen que hay mucho fuego pero, ¿dónde está el Purgatorio?
La mañana es fría como la lápida de mármol. Los árboles
han comenzado a despojarse de sus vestiduras anunciándonos que ha sido
certificado y confirmado el otoño. En el cementerio descansan niños, jóvenes,
maduros, ancianos… Allí reposan los quehaceres y los días. Todos están allí.
Allí iremos todos.
Estos días perdidos entre la bruma del pasado, que
entonces eran de luto y desconsuelo, traen ahora un nuevo mensaje que proclama,
desde la fila de los nichos, que no hay nada más democrático que la muerte.
Remedio eficaz contra la envidia, la soberbia y la avaricia, pues a todos nos
llega por igual. Nadie, absolutamente nadie, se escapa. Con una diferencia, que
para algunos llega demasiado pronto, y para otros demasiado tarde.
En el cementerio ya no se ven curas con capa pluvial negra,
ni monaguillos con la cruz de manguilla, ni acetres con hisopos para asperger
agua bendita. Ya no hay responsos, ni tiempos de espera. Ya no se oye “Uno
cantado y tres rezados”, “Tres pesetas los rezados y cinco los cantados”.
Tampoco hay entierros de tres capas. Tampoco los hay de primera, de segunda, de
tercera y hasta de quinta, que también se oficiaban. Con su desaparición se
despidió una de las prácticas más discriminatorias e injustas de la Iglesia.
Ahora no se cierran los bares, ni se amortiguan los
ruidos, ni hay misas de alba. Ya no se guarda luto riguroso durante cinco años,
ni hay medio luto, ni brazaletes negros en las mangas de las chaquetas, ni velo
negro sobre las cabezas. Sí hay cientos de inscripciones, miles de
inscripciones. “Descanse en paz”, “No te olvidamos”, “Gloria al niño”…
Pido e invoco, en esta hora cierta de recuerdos, bajo el
rito de latines viejos, un gorigori adelantado “Libera me, Domine, de morte aeterna”. Mientras observo a un hombre
vestido de azul subido a un andamio, quien tras sellar el nicho, escribe y
rubrica con un lápiz rojo sobre una plancha de hormigón las iniciales “Fcio”.
¡Hay que ver cómo se nos va la vida!
Ya están puestos los crisantemos nuevos y han sido
encalados los nichos. El ciprés que preside el camposanto está ahora más tieso
y más engalanado. Han venido días de limpieza y blanqueo. Días de suspiros, de
recuerdos y más recuerdos. Noviembre es mes de los difuntos. El tiempo
irremediablemente nos marca, escapándose de nuestras manos en la larga
nostalgia de estos días que evocan la memoria de las ausencias, de cuantos se
fueron. Nostalgias que llegan bajo un sonido de bronce colgado desde las
alturas tocando a difuntos. Las campanas de hoy tienen poca voz y voto, nadie
sube a tocarlas, y apenas marcan ya la vida del pueblo. En estos días ya no hay misa de tres capas negras, ni
catafalco, ni sala de los muertos, ni el canto penetrante de los latines del introito
de difuntos “Réquiem aeternam dona eis
Domine, et lux perpetua luceat eis”. Ni monaguillos con sotana y roquete
recién planchados pidiendo, de puerta en puerta, una ayuda para doblar las
campanas por los sufragios de los difuntos en la noche de Los Santos a los
Difuntos. En otros tiempos, cuando caía la tarde, comenzaban a llorar las
campanas al toque de ánimas. Entre los dobles, los muchachos entretenían sus
quehaceres asando castañas allá arriba, en la torre. Tampoco ahora arde la cera
de color tiniebla en los retablos de las Ánimas Benditas del Purgatorio; será
porque ya no hay que contrarrestar a los luteranos, y hay pocos que compren
indulgencias para liberar a las almas. Aún recuerdo aquellas preguntas de examen: ¿A dónde van
los buenos? Para responder: ¡Al cielo! ¿Y los malos? ¡Al infierno! ¿Y los que
no son ni malos ni buenos? Y entre un mar de vacilaciones por saber dónde
estarían aquellas almas en pena, decíamos titubeando con cierta tardanza: ¡Al
Purgatorio! Y te martilleaban muchas dudas. Sabemos que el cielo está arriba y
en el infierno dicen que hay mucho fuego pero, ¿dónde está el Purgatorio? La mañana es fría como la lápida de mármol. Los árboles
han comenzado a despojarse de sus vestiduras anunciándonos que ha sido
certificado y confirmado el otoño. En el cementerio descansan niños, jóvenes,
maduros, ancianos… Allí reposan los quehaceres y los días. Todos están allí.
Allí iremos todos. Estos días perdidos entre la bruma del pasado, que
entonces eran de luto y desconsuelo, traen ahora un nuevo mensaje que proclama,
desde la fila de los nichos, que no hay nada más democrático que la muerte.
Remedio eficaz contra la envidia, la soberbia y la avaricia, pues a todos nos
llega por igual. Nadie, absolutamente nadie, se escapa. Con una diferencia, que
para algunos llega demasiado pronto, y para otros demasiado tarde. En el cementerio ya no se ven curas con capa pluvial negra,
ni monaguillos con la cruz de manguilla, ni acetres con hisopos para asperger
agua bendita. Ya no hay responsos, ni tiempos de espera. Ya no se oye “Uno
cantado y tres rezados”, “Tres pesetas los rezados y cinco los cantados”.
Tampoco hay entierros de tres capas. Tampoco los hay de primera, de segunda, de
tercera y hasta de quinta, que también se oficiaban. Con su desaparición se
despidió una de las prácticas más discriminatorias e injustas de Ahora no se cierran los bares, ni se amortiguan los
ruidos, ni hay misas de alba. Ya no se guarda luto riguroso durante cinco años,
ni hay medio luto, ni brazaletes negros en las mangas de las chaquetas, ni velo
negro sobre las cabezas. Sí hay cientos de inscripciones, miles de
inscripciones. “Descanse en paz”, “No te olvidamos”, “Gloria al niño”… Pido e invoco, en esta hora cierta de recuerdos, bajo el
rito de latines viejos, un gorigori adelantado “Libera me, Domine, de morte aeterna”. Mientras observo a un hombre
vestido de azul subido a un andamio, quien tras sellar el nicho, escribe y
rubrica con un lápiz rojo sobre una plancha de hormigón las iniciales “Fcio”.
¡Hay que ver cómo se nos va la vida!


















