Viernes, 10 de Abril de 2026

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Andrés Acevedo
Viernes, 10 de Abril de 2026 Actualizada Viernes, 10 de Abril de 2026 a las 13:14:03 horas

El miedo a equivocarse como forma de no elegir


Hay decisiones que se alargan más de lo necesario. No porque falte información, ni porque no haya opciones, sino porque elegir implica asumir algo que no siempre estamos dispuestos a sostener: la posibilidad de equivocarnos.   
A primera vista, parece prudencia. “Quiero estar seguro”, “necesito pensarlo bien”, “no es el momento todavía”. Y, en parte, hay algo razonable en detenerse antes de decidir. Pero hay un punto en el que la reflexión deja de aportar claridad y empieza a funcionar como un refugio. Un espacio intermedio donde nada se pierde, pero tampoco nada avanza: “Retrasar el salto no va a hacer que el agua esté menos fría”.
Elegir implica renunciar. A otras opciones, a otras versiones posibles de uno mismo, a caminos que ya no se recorrerán. Y esa renuncia, aunque sea inevitable, pesa. Porque cada decisión cierra puertas, y no siempre sabemos si estamos dejando fuera algo importante. La duda, en cambio, mantiene todas las posibilidades abiertas. Es incómoda, sí, pero también protege: mientras no eliges, no te equivocas del todo.
Lo que a veces pasa desapercibido es que no elegir también es una forma de decisión. Una que suele sostenerse en el tiempo sin hacerse explícita. Se pospone una conversación, se retrasa un cambio, se mantiene una situación que ya no encaja. Y poco a poco, la inercia ocupa el lugar de la elección consciente. No decides, pero la vida lo hace por ti.
Hay algo tranquilizador en pensar que, si analizamos lo suficiente, encontraremos la opción correcta. Como si existiera una elección perfecta que nos garantizara no arrepentirnos. Pero la experiencia suele ser más ambigua. Muchas decisiones solo se vuelven comprensibles después de haberlas tomado. No antes. Y esperar a tener certeza absoluta puede convertirse en una forma de no moverse nunca.
El miedo a equivocarse a veces se disfraza de exigencia, de responsabilidad, de necesidad de control. Pero en el fondo hay una idea difícil de sostener: que equivocarse tendría consecuencias. 
Quizá la cuestión no sea cómo eliminar el miedo a equivocarse, sino qué lugar le damos. Si lo dejamos decidir por nosotros, probablemente nos mantendrá en ese punto intermedio donde nada termina de empezar. Si lo reconocemos sin obedecerlo del todo, puede que deje de ser un freno y pase a ser simplemente una parte más del proceso.
Al final, no elegir no evita el error: lo desplaza. Lo convierte en otra cosa más difícil de señalar, más silenciosa. Porque hay decisiones que duelen cuando se toman, pero también hay otras que pesan precisamente porque nunca llegaron a existir.

 

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