¿Se puede vivir sin estar siempre conectado?
Vivimos una época en la que el sonido de una notificación en nuestro teléfono marca el ritmo de nuestras vidas. La pregunta que da título a nuestra columna parece pertinente y, además, nos lleva a otra: ¿qué estamos perdiendo individual y socialmente al estarlo?.
Con su vasto patrimonio natural, cultural e histórico, Extremadura nos ofrece una respuesta que la podemos ver por la pantalla, pero solamente la podremos sentir en directo. Aquí el tiempo camina a otro compás, se conecta con lo esencial. Basta adentrarse en una dehesa, recorrer una de las numerosas calzadas ya sea romana o perderse por los senderos que la tejen para comprender que hay otro modo de habitar el mundo. En nuestras aulas, es evidente que la hiperconectividad no siempre implica aprendizaje. El acceso inmediato a la información no garantiza comprensión, y la distracción digital dificulta la concentración, la reflexión y el pensamiento crítico. Educar implica enseñar a desconectar: a escuchar el silencio, a observar, a experimentar sin la mediación de una pantalla.
El senderismo, tan arraigado en proyectos educativos y sociales en nuestra comunidad ocupa un destacado lugar como herramienta pedagógica de primer orden. Caminar no solo mejora nuestra salud física, sino que invita a una conexión más profunda con el medio ambiente. En ese caminar pausado, el paisaje se convierte en aula y el patrimonio en relato vivo. Las piedras cuentan historias, los caminos geografía, y el horizonte preguntas lo que ningún buscador nos responde.
La desconexión digital puede ser también una forma de reconexión ecológica. Menos tiempo frente a dispositivos, menos consumo energético y mayor conciencia del impacto de nuestras acciones. Extremadura, nos recuerda que cuidar el entorno comienza por prestarle atención.
No quiero demonizar la tecnología. Sería absurdo. Gracias a ella esta columna llega puntual sin moverme del sofá. Se trata de recuperar el equilibrio, de decidir cuándo estar conectados y cuándo no. De enseñar y aprender que hay vida más allá de la pantalla.
Quizá la verdadera pregunta no sea si se puede vivir sin estar siempre conectado, sino si estamos dispuestos a intentarlo. Extremadura, con su riqueza serena y su sabiduría ancestral, nos invita a hacerlo. Solo hay que dar el primer paso… y, tal vez, dejar el móvil en el bolsillo.
Por cierto, ahora que han finalizado las Millas Romanas, mis felicitaciones a la organización.
Creo que sobra pasear una moto entre los corredores y que se puede sustituir por un dron, pero es espectacular la respuesta a la convocatoria y el éxito de público que desplaza. Eso sí, hoy la mayor parte de los participantes “echamborilaos”. [email protected]
Vivimos una época en la que el sonido de una notificación en nuestro teléfono marca el ritmo de nuestras vidas. La pregunta que da título a nuestra columna parece pertinente y, además, nos lleva a otra: ¿qué estamos perdiendo individual y socialmente al estarlo?.
Con su vasto patrimonio natural, cultural e histórico, Extremadura nos ofrece una respuesta que la podemos ver por la pantalla, pero solamente la podremos sentir en directo. Aquí el tiempo camina a otro compás, se conecta con lo esencial. Basta adentrarse en una dehesa, recorrer una de las numerosas calzadas ya sea romana o perderse por los senderos que la tejen para comprender que hay otro modo de habitar el mundo. En nuestras aulas, es evidente que la hiperconectividad no siempre implica aprendizaje. El acceso inmediato a la información no garantiza comprensión, y la distracción digital dificulta la concentración, la reflexión y el pensamiento crítico. Educar implica enseñar a desconectar: a escuchar el silencio, a observar, a experimentar sin la mediación de una pantalla.
El senderismo, tan arraigado en proyectos educativos y sociales en nuestra comunidad ocupa un destacado lugar como herramienta pedagógica de primer orden. Caminar no solo mejora nuestra salud física, sino que invita a una conexión más profunda con el medio ambiente. En ese caminar pausado, el paisaje se convierte en aula y el patrimonio en relato vivo. Las piedras cuentan historias, los caminos geografía, y el horizonte preguntas lo que ningún buscador nos responde.
La desconexión digital puede ser también una forma de reconexión ecológica. Menos tiempo frente a dispositivos, menos consumo energético y mayor conciencia del impacto de nuestras acciones. Extremadura, nos recuerda que cuidar el entorno comienza por prestarle atención.
No quiero demonizar la tecnología. Sería absurdo. Gracias a ella esta columna llega puntual sin moverme del sofá. Se trata de recuperar el equilibrio, de decidir cuándo estar conectados y cuándo no. De enseñar y aprender que hay vida más allá de la pantalla.
Quizá la verdadera pregunta no sea si se puede vivir sin estar siempre conectado, sino si estamos dispuestos a intentarlo. Extremadura, con su riqueza serena y su sabiduría ancestral, nos invita a hacerlo. Solo hay que dar el primer paso… y, tal vez, dejar el móvil en el bolsillo.
Por cierto, ahora que han finalizado las Millas Romanas, mis felicitaciones a la organización.
Creo que sobra pasear una moto entre los corredores y que se puede sustituir por un dron, pero es espectacular la respuesta a la convocatoria y el éxito de público que desplaza. Eso sí, hoy la mayor parte de los participantes “echamborilaos”. [email protected]



















