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Manuel García Cienfuegos
Sábado, 06 de Diciembre de 2008

La botas katiuskas

Muy pronto la flor de Pascua abrirá la hermosura de sus hojas rojas bajo el tibio sol que se bate en retirada, tras haber perdido su juventud y fuerza ante la llegada de las brumas y el frío de diciembre, que nos proclaman la llegada de un dulce villancico, anunciándonos que se acercan las Pascuas de Navidad y Reyes.

Pero antes de que se abra la flor de Pascua, la cuaresma del mes de noviembre habrá llegado a su fin, invitándonos el día ocho a recitar una jaculatoria vieja, antigua y hermosa, ante los gozos que nos trae el mes de diciembre: “Sea a mayor gloria de Dios y de la bienaventurada Virgen María, concebida sin pecado original desde el primer instante de su ser natural”. Ya no se hacen aquellas novenas con manifiesto de Su Divina Majestad, con panegírico de orador sagrado, bajo el sonido elegante y solemne del órgano. Ni hay reclinatorios, ni tampoco existe la asociación “Hijas de María”. Ahora son otros tiempos.

Las manecillas del reloj parece que andan al revés, como si quisieran dictarnos retroceder en lugar de avanzar, trayéndome el sonido de unas tijeras. Allí, sobre las ancas de los animales maniatados, Frasco el gitano, adornaba su oficio trazando líneas y dibujos, arcos, cenefas y pájaros; desgranando su maestría de esquilador sirviéndose únicamente de unas tijeras para pelar a las bestias.

Mulos, mulas y asnos permanecían quietos ante el grabado que les esculpía. Sobre un pequeño banco, Frasco coqueteaba con ellos, dignificando la labor de su oficio por su habilidad en el manejo de las tijeras. El maestro esquilador disfrutaba cuando le llevaban para que les arreglase colas y crines; con ellos demostraba su arte en el esquileo.

En los quehaceres de aquellos días oí decir que se esquilaba para que los animales estuvieran frescos y no sudaran mientras trabajaban. Cuando regresaban de las faenas del campo, para que no se les quedara el sudor frío, se les protegía con una manta. Hoy ya no se pelan a las bestias, ni se utiliza el acial para controlarlas. Apenas hay corralones, chalanes, tratantes, corredores y trajineros. Ya no queda ejido, ni esquiladores, ni bestias. Ahora son otros tiempos.

Ahora, en los quehaceres de estos días, durante la cuaresma de noviembre, pintaron sobre el cielo nubarrones oscuros, de negro tizón, que terminaron repletos de un color plomizo, casi panza burro, abriéndose al llanto, para traernos una lluvia nerviosa e insistente. En otros tiempos, cuando se abrían los cielos, cuando llovía, algunos estrenábamos, embelesados cruzando los charcos, unas botas katiuskas, sintiéndonos los reyes de aquellos océanos bajo la dicha feliz y afortunada. Por lo que dábamos gracias a Santa María de la Cueva al habernos traído tan beneficioso regalo, bajo el sonido amable, dulce y suave del canto de los pajaritos sacudiéndose la lluvia tras el chaparrón caído.

Así entreteníamos nuestros quehaceres, perturbando el sosiego de aquellas aguas, bajo la protección de las katiuskas. Un nombre muy apropiado para la época, cuando los rusos no eran de los nuestros. Al final terminábamos mojados, empapados y estornudando. Después la ropa se secaba encima de la alambrera que nos protegía del brasero de picón que era, de vez en cuando, azuzado por una badila, mientras cantábamos sobre la mesa camilla “Pin pin pin, samalacatin, vino la pollita con su sabanita, sal menuda para la cuba, cuba de barro tapa tu caballo, caballo morito tapa el obispo, obispo de Roma tapa tu corona”.

Evoco aquellos días, antes de que llegara la Nochebuena, en los que flotaba en el aire el aroma que llegaba del comercio de Juan Reyes, en el barrio de la pringue, a tripa y pimienta para los avíos de la matanza. 

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