Nuestros rituales están desapareciendo
Vivimos en tiempos hiperconectados. Nunca habíamos tenido tantas formas de comunicarnos y, sin embargo, cada vez se habla más de soledad. Las pantallas nos mantienen en contacto permanente, pero los vínculos reales se están perdiendo. El filósofo Byung-Chul Han, premio princesa de Asturias, apunta un motivo para esta paradoja: la desaparición de los rituales, esas acciones que repetimos de forma parecida a lo largo del tiempo: una comida familiar los domingos, las celebraciones conjuntas, las campanadas de fin de año, las fiestas patronales, incluso tomar el café juntos por la mañana. No buscan ser útiles o productivas, sino crear momentos de unión y significado en medio de la rutina. En su libro del mismo nombre, el filósofo dice que hemos cambiado la estabilidad de los ritos por la excitación permanente de los datos. Ahora vivimos en una secuencia continua de estímulos, notificaciones y tareas.
Si miramos nuestras celebraciones, ahora los cumpleaños, las fiestas o las comidas familiares compiten con la necesidad de ser fotografiados y compartidos. Lo importante ya no es el encuentro, sino su visibilidad. Hacemos deporte y viajamos para generar contenido. Incluso las relaciones personales parecen haberse convertido en algo que hay que mostrar y competir, como si también estuvieran sometidas a la obligación de rendir y actualizarse sin descanso. Tenemos más interacción que nunca, pero menos momentos de sentirnos en comunidad, cada vez menos vínculos reales. En lugar de “estar” en el tiempo, lo consumimos. Al final del día, la sensación es rara: mucho movimiento y poca profundidad. Hemos confundido comunicación con comunidad, y nos llenamos de actividad sin significado. Nos estamos quedando solos frente a la obligación de producirnos a nosotros mismos a cada instante. Cada día es una hoja en blanco que hay que llenar de rendimiento. Y esa exigencia nos está agotando día a día.
Leyendo este libro me he dado cuenta de que siempre me ha gustado crear rituales. Cuando mis hijos eran pequeños, hicimos durante años la Fiesta de las estrellas. Era todo un acontecimiento. Tenemos un concierto de patio para empezar el verano, una cena pre-navideña de amigos a principios de diciembre, cumpleaños, celebraciones varias. Estos encuentros repetidos con familia y amigos son espacios para disfrutar y sentir la fuerza del grupo. No hay nada que mostrar al mundo. No son productivos, simplemente nos recuerdan que la vida necesita una tribu auténtica y no solo velocidad. Si los rituales nos unen y nos dan sentido, tal vez nos tenemos que plantear todo lo que nos perdemos si nos dejamos arrastrar por la inercia de lo nuevo perdiendo lo valioso por el camino.
Vivimos en tiempos hiperconectados. Nunca habíamos tenido tantas formas de comunicarnos y, sin embargo, cada vez se habla más de soledad. Las pantallas nos mantienen en contacto permanente, pero los vínculos reales se están perdiendo. El filósofo Byung-Chul Han, premio princesa de Asturias, apunta un motivo para esta paradoja: la desaparición de los rituales, esas acciones que repetimos de forma parecida a lo largo del tiempo: una comida familiar los domingos, las celebraciones conjuntas, las campanadas de fin de año, las fiestas patronales, incluso tomar el café juntos por la mañana. No buscan ser útiles o productivas, sino crear momentos de unión y significado en medio de la rutina. En su libro del mismo nombre, el filósofo dice que hemos cambiado la estabilidad de los ritos por la excitación permanente de los datos. Ahora vivimos en una secuencia continua de estímulos, notificaciones y tareas.
Si miramos nuestras celebraciones, ahora los cumpleaños, las fiestas o las comidas familiares compiten con la necesidad de ser fotografiados y compartidos. Lo importante ya no es el encuentro, sino su visibilidad. Hacemos deporte y viajamos para generar contenido. Incluso las relaciones personales parecen haberse convertido en algo que hay que mostrar y competir, como si también estuvieran sometidas a la obligación de rendir y actualizarse sin descanso. Tenemos más interacción que nunca, pero menos momentos de sentirnos en comunidad, cada vez menos vínculos reales. En lugar de “estar” en el tiempo, lo consumimos. Al final del día, la sensación es rara: mucho movimiento y poca profundidad. Hemos confundido comunicación con comunidad, y nos llenamos de actividad sin significado. Nos estamos quedando solos frente a la obligación de producirnos a nosotros mismos a cada instante. Cada día es una hoja en blanco que hay que llenar de rendimiento. Y esa exigencia nos está agotando día a día.
Leyendo este libro me he dado cuenta de que siempre me ha gustado crear rituales. Cuando mis hijos eran pequeños, hicimos durante años la Fiesta de las estrellas. Era todo un acontecimiento. Tenemos un concierto de patio para empezar el verano, una cena pre-navideña de amigos a principios de diciembre, cumpleaños, celebraciones varias. Estos encuentros repetidos con familia y amigos son espacios para disfrutar y sentir la fuerza del grupo. No hay nada que mostrar al mundo. No son productivos, simplemente nos recuerdan que la vida necesita una tribu auténtica y no solo velocidad. Si los rituales nos unen y nos dan sentido, tal vez nos tenemos que plantear todo lo que nos perdemos si nos dejamos arrastrar por la inercia de lo nuevo perdiendo lo valioso por el camino.



















