El inglés Beckford en Lobón
El 3 de diciembre de 1787, el británico William Beckford (1760-1844), escritor, crítico, apasionado por el arte y conocido por sus ensayos de viajes por Europa, mostraba, en la aduana de Caia, entre Elvas y Badajoz, su pasaporte. No fue detenido y su equipaje no fue registrado. Tras pasar un día en la ciudad, paseó en silencio de arriba abajo las naves de la catedral de San Juan Bautista, mientras los canónigos cantaban las vísperas.
El escritor manifestó que pasó una velada incomoda y una noche peor, pues los mosquitos no le dejaron pegar ojo. Montó en el carruaje a las cinco de la mañana. Desde ese momento y hasta las ocho y media cayó en un sueño agitado y febril que no le hizo ningún bien.
Al abrir los ojos, William Beckford cuenta que se encontraba atravesando una llanura tan lisa como el océano. Afirmando que en el verano este yermo (inhabitado, no cultivado) debe transmitir únicamente ideas de esterilidad y desolación; en este momento, decía, una hierba nueva, en la que pastaban varios rebaños, le confería un aspecto tolerable. Hierba nueva, propia de finales de otoño, Beckford narra que el tiempo era singularmente caluroso, y que a comienzos de diciembre fuese su temperatura tan suave, era bastante extraordinario. Las ovejas que observa son grandes y lustrosas, tienen vellones (lana que se esquila) tan largos y tan sedosos como el pelo de un caniche peinado cada día por la mano de su ama.
El escritor inglés comenta que vio numerosos corderos de una blancura sin igual, con orejas de morros negros, animalillos tan pulcros como los que recuerdo haber visto en la época de la porcelana de Dresden (capital de Sajonia en Alemania), a los pies de sonrientes pastoras. El ganado lanar, por la descripción que hace, debió pertenecer a propietarios del Honrado Concejo de la Mesta, procedentes de la Tierra de Cameros (La Rioja), pues la documentación que conserva el Archivo Municipal, hace alusión al remate de las hierbas de varias dehesas de Lobón. Ganado que pastaba en estas tierras, desde el otoño hasta comienzos de la primavera.
Wiliiam Beckford en su obra “Letters from Italy with Sketches of Spain and Portugal”, Cartas desde Italia con bocetos de España y Portugal, afirma en su crónica que cenó en una aldea de casitas de barro llamada Lobón, era el 4 de diciembre, situada en una elevación de terreno, a unas dieciocho millas (veintinueve kilómetros) de Badajoz. No menciona el escritor británico el estado tortuoso en el que se encontraba el Camino Real, que tres años antes que él había descrito don Antonio Ponz, ilustrado viajero español. El inglés sentencia: “y cuyos habitantes parecen haber alcanzado el último estadio de pobreza e infortunio”. Añadiendo: “Dos o tres marchitas arpías (seductoras), que incluso en la resurrección de los huesos secos del profeta Habacuc (apreciación errónea ya que esa desesperanza es del profeta Ezequiel), habrían atraído la atención, me agarraron desde el momento en que me bajé del carruaje. Pensó Beckford que la fría mano de las extrañas hermanas le iba a dar un retortijón; y se echó a temblar no fuera que escuchase, lo quisiera o no, una fatídica profecía. Para escaparse de ella huyó hacia la iglesia, un viejo edificio gótico, (que había sufrido graves secuelas por el terremoto de Lisboa), situado al borde de un precipicio que desciende casi perpendicularmente hasta la orilla del Guadiana (hoy Paseo de El Pico y Balcón de Extremadura), y me refugié en su porche. Allí permanecí, escuchando el murmullo del lejano río fluyendo alrededor de arenosas islas, hasta que me llamaron para cenar. En Lobón le dieron a conocer los nombres de las mulas de su calesa, Capitana, Valerosa, Peregrina y Comisaria, mula en la que se aunaban las perfecciones de este animal: dócil, segura, de pie firme, haciéndola la mejor mula del universo. Beckford dejó Lobón a primera hora de la tarde, marchando a la ciudad de Mérida.
El 3 de diciembre de 1787, el británico William Beckford (1760-1844), escritor, crítico, apasionado por el arte y conocido por sus ensayos de viajes por Europa, mostraba, en la aduana de Caia, entre Elvas y Badajoz, su pasaporte. No fue detenido y su equipaje no fue registrado. Tras pasar un día en la ciudad, paseó en silencio de arriba abajo las naves de la catedral de San Juan Bautista, mientras los canónigos cantaban las vísperas.
El escritor manifestó que pasó una velada incomoda y una noche peor, pues los mosquitos no le dejaron pegar ojo. Montó en el carruaje a las cinco de la mañana. Desde ese momento y hasta las ocho y media cayó en un sueño agitado y febril que no le hizo ningún bien.
Al abrir los ojos, William Beckford cuenta que se encontraba atravesando una llanura tan lisa como el océano. Afirmando que en el verano este yermo (inhabitado, no cultivado) debe transmitir únicamente ideas de esterilidad y desolación; en este momento, decía, una hierba nueva, en la que pastaban varios rebaños, le confería un aspecto tolerable. Hierba nueva, propia de finales de otoño, Beckford narra que el tiempo era singularmente caluroso, y que a comienzos de diciembre fuese su temperatura tan suave, era bastante extraordinario. Las ovejas que observa son grandes y lustrosas, tienen vellones (lana que se esquila) tan largos y tan sedosos como el pelo de un caniche peinado cada día por la mano de su ama.
El escritor inglés comenta que vio numerosos corderos de una blancura sin igual, con orejas de morros negros, animalillos tan pulcros como los que recuerdo haber visto en la época de la porcelana de Dresden (capital de Sajonia en Alemania), a los pies de sonrientes pastoras. El ganado lanar, por la descripción que hace, debió pertenecer a propietarios del Honrado Concejo de la Mesta, procedentes de la Tierra de Cameros (La Rioja), pues la documentación que conserva el Archivo Municipal, hace alusión al remate de las hierbas de varias dehesas de Lobón. Ganado que pastaba en estas tierras, desde el otoño hasta comienzos de la primavera.
Wiliiam Beckford en su obra “Letters from Italy with Sketches of Spain and Portugal”, Cartas desde Italia con bocetos de España y Portugal, afirma en su crónica que cenó en una aldea de casitas de barro llamada Lobón, era el 4 de diciembre, situada en una elevación de terreno, a unas dieciocho millas (veintinueve kilómetros) de Badajoz. No menciona el escritor británico el estado tortuoso en el que se encontraba el Camino Real, que tres años antes que él había descrito don Antonio Ponz, ilustrado viajero español. El inglés sentencia: “y cuyos habitantes parecen haber alcanzado el último estadio de pobreza e infortunio”. Añadiendo: “Dos o tres marchitas arpías (seductoras), que incluso en la resurrección de los huesos secos del profeta Habacuc (apreciación errónea ya que esa desesperanza es del profeta Ezequiel), habrían atraído la atención, me agarraron desde el momento en que me bajé del carruaje. Pensó Beckford que la fría mano de las extrañas hermanas le iba a dar un retortijón; y se echó a temblar no fuera que escuchase, lo quisiera o no, una fatídica profecía. Para escaparse de ella huyó hacia la iglesia, un viejo edificio gótico, (que había sufrido graves secuelas por el terremoto de Lisboa), situado al borde de un precipicio que desciende casi perpendicularmente hasta la orilla del Guadiana (hoy Paseo de El Pico y Balcón de Extremadura), y me refugié en su porche. Allí permanecí, escuchando el murmullo del lejano río fluyendo alrededor de arenosas islas, hasta que me llamaron para cenar. En Lobón le dieron a conocer los nombres de las mulas de su calesa, Capitana, Valerosa, Peregrina y Comisaria, mula en la que se aunaban las perfecciones de este animal: dócil, segura, de pie firme, haciéndola la mejor mula del universo. Beckford dejó Lobón a primera hora de la tarde, marchando a la ciudad de Mérida.



















