La diferencia entre explicar y justificarse
Hay veces en que hablamos mucho y decimos poco. Por ejemplo cuando nos vemos en la necesidad de dar explicaciones sin fin, si en una situación aparece el miedo a que nos juzguen, a equivocarnos o a que la otra persona se enfade, llevándonos a un relato infinito con el que buscamos aprobación. Sentimos la necesidad de dar explicaciones, pero lo que realmente hacemos es protegernos de algo que ha aparecido en nuestra mente. Hay una diferencia sutil entre explicar y justificarse, dos verbos que usamos casi como sinónimos, pero que no nacen del mismo lugar ni producen el mismo efecto en quien nos escucha.
Explicar suele ser un acto tranquilo. Surge cuando queremos aportar al otro claridad o comprensión sobre algo que ha pasado. Justificarse, en cambio, aparece cuando sentimos que estamos bajo sospecha, aunque nadie nos haya acusado de nada. Y en ese caso hablamos con cierto nerviosismo, con una expresión incluso ansiosa. Es una reacción automática, nos adelantamos al posible juicio, al reproche, a la decepción ajena. Y sin darnos cuenta, empezamos a hablar desde la defensa. Llegamos tarde a una cita y, antes incluso de saludar, comenzamos a relatar una cadena de acontecimientos: el tráfico, la llamada inesperada, el imprevisto de última hora. Hablamos deprisa, como si el otro estuviera esperando una excusa sólida para absolvernos. Sin embargo, cuando alguien dice simplemente “llego tarde, lo siento”, el mensaje suena distinto. Lo mismo ocurre cuando ponemos límites. Decir que no podemos quedar o no podemos asumir un compromiso suele venir acompañado de largas explicaciones para evitar incomodar. Tememos que el otro piense que no nos importa lo suficiente, y casi pedimos permiso para que se entienda nuestra decisión. En cambio, cuando damos importancia a nuestros motivos, lo expresamos con naturalidad, no necesita adornos. La explicación informa; la justificación o sobreexplicación intenta convencer. Aparece en el trabajo, en la familia, en la pareja, con los amigos…A veces nos justificamos tanto que el mensaje pierde fuerza. Y otras, trasladamos la sensación de que dudamos de nosotros mismos, y generamos más desconfianza.
Con el tiempo he aprendido que la diferencia no está tanto en las palabras como en la actitud interna. Cuando hablamos desde el miedo, la urgencia o la necesidad de agradar, la justificación aparece sola. Cuando lo hacemos desde la seguridad y la aceptación de que no siempre vamos a gustar, la explicación es más sencilla. Aprender a explicar sin justificarnos implica tolerar un pequeño malestar: el de no controlar la reacción del otro, sino la nuestra. Explicar, y no justificar, es un buen paso para ganar autoestima.
Hay veces en que hablamos mucho y decimos poco. Por ejemplo cuando nos vemos en la necesidad de dar explicaciones sin fin, si en una situación aparece el miedo a que nos juzguen, a equivocarnos o a que la otra persona se enfade, llevándonos a un relato infinito con el que buscamos aprobación. Sentimos la necesidad de dar explicaciones, pero lo que realmente hacemos es protegernos de algo que ha aparecido en nuestra mente. Hay una diferencia sutil entre explicar y justificarse, dos verbos que usamos casi como sinónimos, pero que no nacen del mismo lugar ni producen el mismo efecto en quien nos escucha.
Explicar suele ser un acto tranquilo. Surge cuando queremos aportar al otro claridad o comprensión sobre algo que ha pasado. Justificarse, en cambio, aparece cuando sentimos que estamos bajo sospecha, aunque nadie nos haya acusado de nada. Y en ese caso hablamos con cierto nerviosismo, con una expresión incluso ansiosa. Es una reacción automática, nos adelantamos al posible juicio, al reproche, a la decepción ajena. Y sin darnos cuenta, empezamos a hablar desde la defensa. Llegamos tarde a una cita y, antes incluso de saludar, comenzamos a relatar una cadena de acontecimientos: el tráfico, la llamada inesperada, el imprevisto de última hora. Hablamos deprisa, como si el otro estuviera esperando una excusa sólida para absolvernos. Sin embargo, cuando alguien dice simplemente “llego tarde, lo siento”, el mensaje suena distinto. Lo mismo ocurre cuando ponemos límites. Decir que no podemos quedar o no podemos asumir un compromiso suele venir acompañado de largas explicaciones para evitar incomodar. Tememos que el otro piense que no nos importa lo suficiente, y casi pedimos permiso para que se entienda nuestra decisión. En cambio, cuando damos importancia a nuestros motivos, lo expresamos con naturalidad, no necesita adornos. La explicación informa; la justificación o sobreexplicación intenta convencer. Aparece en el trabajo, en la familia, en la pareja, con los amigos…A veces nos justificamos tanto que el mensaje pierde fuerza. Y otras, trasladamos la sensación de que dudamos de nosotros mismos, y generamos más desconfianza.
Con el tiempo he aprendido que la diferencia no está tanto en las palabras como en la actitud interna. Cuando hablamos desde el miedo, la urgencia o la necesidad de agradar, la justificación aparece sola. Cuando lo hacemos desde la seguridad y la aceptación de que no siempre vamos a gustar, la explicación es más sencilla. Aprender a explicar sin justificarnos implica tolerar un pequeño malestar: el de no controlar la reacción del otro, sino la nuestra. Explicar, y no justificar, es un buen paso para ganar autoestima.



















