Sábado, 31 de Enero de 2026

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César Fernández | 534
Viernes, 30 de Enero de 2026 Actualizada Viernes, 30 de Enero de 2026 a las 18:05:29 horas

Buen papel de Inesperada, del Club de Galgos San Agustín, en el campeonato provincial de galgos

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Cada invierno, cuando los campos se abren y la liebre vuelve a marcar el ritmo de la carrera, comienza uno de los rituales deportivos más antiguos y arraigados del mundo rural español: el Campeonato Nacional de Galgos. No es solo una competición.

Es el desenlace de meses, a veces años de espera, de selección y de preparación silenciosa en pueblos y clubes repartidos por todo el país. En él confluyen tradición, esfuerzo colectivo y una forma muy particular de entender el deporte, en la que el tiempo se mide en zancadas y la victoria no siempre se decide en la meta, sino mucho antes.

El campeonato nacional reúne a los mejores galgos de cada provincia, ejemplares que han superado fases locales y regionales en pruebas disputadas en cercados deportivos y campos abiertos, siempre bajo reglamentos estrictos y una atención minuciosa al estado físico de los animales. Cada galgo que llega a la fase final representa mucho más que a sí mismo: es la culminación del trabajo de un club entero, de una comunidad que ha apostado por él y lo ha acompañado desde sus primeras carreras.

Para alcanzar esa cita nacional no basta con tener un buen perro. Detrás de cada participante hay un  calendario  largo  y  exigente,  que  combina  entrenamientos progresivos, cuidados veterinarios, selección deportiva y una logística compleja. A ello se suma un  factor  imprescindible  y  a  menudo  invisible:  la  economía.  Viajes, inscripciones, mantenimiento de  los  galgos  y  organización  de  campeonatos  locales suponen un coste que los clubes asumen de manera colectiva, apoyándose en rifas, eventos y actividades que mantienen viva la implicación de socios y vecinos.

Es en ese entramado, donde lo deportivo y lo social se dan la mano, donde se forja el verdadero camino hacia el Campeonato Nacional de Galgos. Un camino que empieza lejos de los focos, en clubes modestos y comprometidos, como el de San Agustín de Lobón, que año tras año se prepara para que uno de los suyos pueda estar a la altura de una cita que resume tradición, sacrificio y orgullo compartido.

Aterrizando ya en lo concreto, el calendario del Club de Galgos San Agustín de Lobón marcaba en rojo una fecha clave: la celebración de su campeonato local. Este año, la prueba reunió a doce galgos, seleccionados y preparados a lo largo de meses para medirse en distintos cercados deportivos. Doce perros, doce historias y un mismo objetivo: ganarse el derecho a representar al club en la siguiente fase, la del campeonato provincial, antesala obligatoria del Nacional.

Las carreras fueron dejando imágenes de igualdad y emoción hasta que dos nombres comenzaron a destacar por encima del resto. Hoja, perra negra, y su hermana Inesperada, perra verdina, ambas de la misma camada, fueron superando eliminatorias con una solvencia que no pasó desapercibida para nadie. Al final, el campeonato se resolvió con un desenlace tan singular como significativo: campeona y subcampeona pertenecían al mismo propietario. Hoja se alzó con el título local bajo la titularidad de Francisco Manuel Fernández, conocido en el mundillo como Chiqui el Bobillo, mientras que Inesperada ocupó el segundo puesto, inscrita por Martín Martínez, aunque también propiedad de Chiqui. Un doblete que hablaba tanto de la calidad de las galgas como del trabajo paciente realizado desde su crianza.

Concluida la competición y decidido el nombre de la representante del club, llegó uno de los momentos más esperados y simbólicos del año: el día de la caldereta.

Lejos de los cercados y las carreras, los socios del San Agustín se reunieron alrededor de una mesa  común  para  celebrar.  Allí, entre conversaciones,  recuerdos  de  lances pasados y miradas puestas en lo que vendrá, se brindó por la buena suerte de Hoja y de su dueño en el próximo reto provincial.

La caldereta no es solo un cierre festivo, sino una  reafirmación de lo que sostiene esta afición: la deportividad, el compañerismo y el orgullo de pertenecer a un club que entiende el galguismo como algo colectivo. Porque, aunque solo una perra corre con el nombre de San Agustín en el campeonato provincial, detrás de ella camina todo un club.

El camino hacia el provincial, sin embargo, no estuvo exento de contratiempos. Pocos días antes de la cita, Hoja, la campeona local, sufrió una lesión que le impidió competir. Un golpe duro para su propietario y para el club, que veía cómo la ilusión construida durante meses se detenía de forma inesperada. Pero el galguismo también enseña a adaptarse, y el relevo estaba más que garantizado: Inesperada, subcampeona local y hermana de camada de Hoja, asumió la responsabilidad de representar al Club San Agustín de Lobón en el campeonato provincial.

La prueba se disputó en el cercado de Aldea del Cano, un escenario amplio y exigente, reconocido por la calidad de sus liebres y por ofrecer carreras largas y limpias, de las que ponen a prueba tanto la resistencia como la cabeza de los galgos. Allí, Inesperada salió al campo con determinación desde el primer cruce. En la primera fase dejó claro su nivel, corriendo más que su oponente y firmando una carrera vibrante, de esas que quedan en la memoria de quienes las presencian. Fue una demostración de entrega y poderío que le permitió pasar ronda con justicia.

En la siguiente fase llegó la eliminación, pero no la decepción. Inesperada volvió a protagonizar un papel más que digno, compitiendo de tú a tú en una carrera larga y exigente que se alargó durante tres minutos. Fue ella, incluso, la que puso punto final al lance al atrapar a la liebre, cerrando su participación de la forma más honorable posible.

No hubo derrota en ese momento, sino orgullo por lo demostrado en el campo. Más allá del resultado, la experiencia quedó grabada como algo inolvidable. Vivir el provincial acompañado de  la  familia  y  de  los  compañeros  del  Club  San Agustín, compartir nervios, ilusión y apoyo  mutuo, dio sentido a todo el esfuerzo previo.  Son días que  explican  por  qué  esta  afición  se  transmite  de  generación  en generación: porque al final, lo verdaderamente valioso no es solo competir, sino hacerlo juntos.

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