El arte de contar historias
En el acelerado mundo en el que vivimos en el que la información la consumimos a golpe de pantalla, la pausada voz de nuestros mayores sigue siendo uno de nuestros mejores refugios. Ellos guardan un tesoro a todas luces invisible: la memoria oral, ese patrimonio cultural que no lo vamos a encontrar en los museos y que lo tenemos en la palabra compartida, en las tertulias de sobremesa, en los bancos de la plaza o al calor de la lumbre. Esa memoria que nos ha llegado de generación en generación y de la que aprendíamos a tener el respeto hacia nuestros mayores. Una memoria que estaba suficientemente probada y contrastada por el paso de los años y que casi tenía el valor de lo científico.
Contar historias ha sido desde siempre, una forma de entender y relacionarnos con nuestros mayores. Antes de los libros y de las redes sociales, la experiencia se transmitía de boca en boca. Así nuestros abuelos y abuelas aprendieron el valor del trabajo, el respeto a la tierra, el folclore… cada relato que hemos escuchado a lo largo de nuestra vida viene a ser una pieza de identidad. Nuestros mayores nos han descrito cómo era la escuela, cómo se trabajaba el campo, las costumbres y juegos de su infancia, No solo nos hablan de sí mismos: nos han dibujado el retrato colectivo de una comunidad. En esas palabras se reconocen los pueblos, los oficios desaparecidos (ahora con la Inteligencia Artificial no va a quedar ni uno), y las formas de vida que nos han traído hasta nuestros días.
La memoria oral es un patrimonio frágil. No se conserva en vitrinas ni se protege con leyes. Cada historia que no se cuenta, cada voz que se apaga sin ser recogida, es una página arrancada del libro común de nuestra historia. En las escuelas, la memoria oral puede convertirse en herramienta educativa. Invitar a los mayores a contar sus vivencias conecta generaciones, despierta la curiosidad del alumnado y nos acerca el aprendizaje. La historia deja de ser lejana para tener rostro y voz. Estas historias enseñan a escuchar, una habilidad hoy escasa donde predomina preparar nuestra contestación sin escuchar lo que nos están contando. Proteger la memoria oral es proteger nuestra diversidad cultural. Grabar, escribir o simplemente recordar estas historias no significa encerrarlas en el pasado, es darles futuro.
Tal vez el verdadero arte de contar historias no esté solo en saber narrarlas, sino en saber escucharlas. Porque mientras haya alguien dispuesto a prestar atención, la memoria oral seguirá viva, sosteniendo el patrimonio cultural que no se ve, pero que nos une.
¿Hay algo mejor para conocer la historia que las vivencias relatadas de forma directa por nuestros mayores?.
[email protected]
En el acelerado mundo en el que vivimos en el que la información la consumimos a golpe de pantalla, la pausada voz de nuestros mayores sigue siendo uno de nuestros mejores refugios. Ellos guardan un tesoro a todas luces invisible: la memoria oral, ese patrimonio cultural que no lo vamos a encontrar en los museos y que lo tenemos en la palabra compartida, en las tertulias de sobremesa, en los bancos de la plaza o al calor de la lumbre. Esa memoria que nos ha llegado de generación en generación y de la que aprendíamos a tener el respeto hacia nuestros mayores. Una memoria que estaba suficientemente probada y contrastada por el paso de los años y que casi tenía el valor de lo científico.
Contar historias ha sido desde siempre, una forma de entender y relacionarnos con nuestros mayores. Antes de los libros y de las redes sociales, la experiencia se transmitía de boca en boca. Así nuestros abuelos y abuelas aprendieron el valor del trabajo, el respeto a la tierra, el folclore… cada relato que hemos escuchado a lo largo de nuestra vida viene a ser una pieza de identidad. Nuestros mayores nos han descrito cómo era la escuela, cómo se trabajaba el campo, las costumbres y juegos de su infancia, No solo nos hablan de sí mismos: nos han dibujado el retrato colectivo de una comunidad. En esas palabras se reconocen los pueblos, los oficios desaparecidos (ahora con la Inteligencia Artificial no va a quedar ni uno), y las formas de vida que nos han traído hasta nuestros días.
La memoria oral es un patrimonio frágil. No se conserva en vitrinas ni se protege con leyes. Cada historia que no se cuenta, cada voz que se apaga sin ser recogida, es una página arrancada del libro común de nuestra historia. En las escuelas, la memoria oral puede convertirse en herramienta educativa. Invitar a los mayores a contar sus vivencias conecta generaciones, despierta la curiosidad del alumnado y nos acerca el aprendizaje. La historia deja de ser lejana para tener rostro y voz. Estas historias enseñan a escuchar, una habilidad hoy escasa donde predomina preparar nuestra contestación sin escuchar lo que nos están contando. Proteger la memoria oral es proteger nuestra diversidad cultural. Grabar, escribir o simplemente recordar estas historias no significa encerrarlas en el pasado, es darles futuro.
Tal vez el verdadero arte de contar historias no esté solo en saber narrarlas, sino en saber escucharlas. Porque mientras haya alguien dispuesto a prestar atención, la memoria oral seguirá viva, sosteniendo el patrimonio cultural que no se ve, pero que nos une.
¿Hay algo mejor para conocer la historia que las vivencias relatadas de forma directa por nuestros mayores?.
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