Miércoles, 14 de Enero de 2026

Actualizada Miércoles, 14 de Enero de 2026 a las 13:24:45 horas

Andrés Acevedo
Miércoles, 14 de Enero de 2026 Actualizada Miércoles, 14 de Enero de 2026 a las 12:00:10 horas

La vida como proceso, no como proyecto

Hay una presión silenciosa por tener la vida resuelta cuanto antes. Saber quién eres, qué quieres, a dónde vas. Tener claro el trabajo, la pareja, el lugar, incluso la versión de ti mismo que se supone que deberías estar construyendo. Como si la vida fuera un proyecto que, con suficiente planificación, pudiera ejecutarse sin demasiados desvíos.

Desde muy pronto aprendemos a formular la pregunta equivocada: ¿qué vas a hacer con tu vida? No como una curiosidad abierta, sino como una exigencia. Esperan una respuesta coherente, estable, convincente. Y si dudas, si cambias de idea, si no lo tienes claro, aparece la sensación de estar fallando en algo básico. Como si no saber fuera un síntoma de inmadurez y no una condición inevitable de crecer.

Pensar la vida como un proyecto implica asumir que existe un plan previo que solo hay que descubrir y cumplir. Que hay decisiones correctas y otras equivocadas. Caminos bien trazados y desvíos que conviene evitar. Bajo esa lógica, cambiar de rumbo se vive como un error, y no como una consecuencia natural de haber vivido, aprendido o simplemente cambiado. Se confunde la coherencia con la rigidez y la claridad con la certeza absoluta.

Sin embargo, la experiencia suele ir por otro lado. Muchas de las cosas que terminan siendo importantes no estaban previstas. Aparecen relaciones que no encajaban en ningún esquema, intereses que no estaban en el guión, renuncias que no se contemplaban como opción. La vida real no avanza en línea recta, sino a través de ajustes y replanteamientos constantes.

Aun así, insistimos en pedirnos definiciones tempranas. Queremos que la identidad sea estable, que el deseo no cambie, que las decisiones de ayer sigan teniendo sentido hoy. Y cuando eso no ocurre, aparece el malestar. La sensación de ir tarde. De haberse equivocado. De no estar donde “debería”. Como si hubiera una hoja de ruta universal que algunos han sabido seguir mejor que otros.

Tal vez el problema no sea no tenerlo claro, sino exigirnos claridad permanente. Pretender que lo que somos hoy tenga que coincidir con lo que seremos dentro de diez años. Olvidar que entenderse también es algo que se va haciendo, no algo que se posee. Que muchas veces sólo sabemos lo que no queremos después de haberlo probado.

Pensar la vida como proceso no significa vivir sin compromiso ni dirección. Significa aceptar que el sentido no siempre se revela de antemano, que se construye a medida que se vive. Que hay etapas que sólo cobran significado a posteriori. Y que no todo tiene que estar decidido de antemano para ser correcto.

Quizá vivir no consista tanto en tener respuestas claras, sino en sostener preguntas honestas. No en ejecutar un plan perfecto, sino en permanecer atentos a lo que va ocurriendo. En muchas ocasiones, el verdadero extravío no está en cambiar de rumbo, sino en seguir avanzando por un camino que ya no se siente propio, sólo porque un día creímos que teníamos que tenerlo todo claro.

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