El pelota
Ha llegado el tiempo en el que los maizales han dicho,
pintando las vegas de verde, aquí estamos nosotros. El agua corre por los
surcos dando vida a los tomatales. Maduros y amarillos andan ya los
melocotones. Por estas fechas el campo tiene casi finalizado su bodegón. La
parra gatea por la tapia entrecruzando los colores verde y blanco. Pronto,
cuando llegue Santiago, la uva tomará color. Entre Morante y Los Suministros
los girasoles de Van Gogh han completado sus brochazos. A media mañana, junto a
la carretera, sonríe esbelta la pita y la chumbera. Habla la luz y el campo. El
verano ha dado ya el visto bueno. Maravilla de espectáculo ver el agua
corriendo por canales y acequias al encuentro con los bancales dando vida.
Regresan de nuevo las imágenes olvidadas. Aquellas del cielo reflejado en el
agua de la alberca. De persianas bajadas en la honda tarde por las que era
tamizada la luz remansando sosiego y tonificando el ambiente tras producir una
fresca penumbra.
Ahora estas tardes evocan aquel momento preciso en el que
se difuminó en la lejanía la musiquilla de una respuesta a una lección de
Geografía “España limita al norte con el mar Cantábrico y los montes Pirineos
que nos separan de Francia…”. Aquel día el baúl antiguo recibió el plumier de
madera, las gomas de Milán, la tinta Pelikán y los lápices Alpino con los que
coloreábamos los dibujos de Ciencias Naturales. Allí, en el baúl de madera,
descansan los problemas de Rubio, los ejercicios de caligrafía, el método
redondilla, la enciclopedia Álvarez, el Corazón de Edmundo de Amicis, y las
aventuras del hidalgo de la adarga antigua y su escudero a quien prometió el
gobierno de una ínsula. También descansa el dictado que nos trajo la mejor nota
posible para poder comenzar el primer curso de Bachillerato: “Platero es
pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que
no lleva huesos…”.
Pasado aquel tiempo hago ahora memoria de las andanzas y
quehaceres de aquellos niños que en la escuela practicaron el conocido oficio
de pelotas y chivatos. Porque siempre ha habido y hay gente que se ha definido
por sí sola debido a las cosas que hace. Porque la conducta de cada uno es tan
clara como la afirmación: “Por sus obras los conoceréis”. A la que añado
también esta otra: “Por su peloteo más”. Cuando observas ciertas cosas no tienes más remedio que exclamar: ¡normal!,
¿cómo normal? cuando el pelota-zalamero-adulador queda pequeño a los cardenales
más babosos que rodeaban al Papa Borgia; a los del pelucón de Versalles que
aplaudían el dulce despertar del Rey Sol; a quienes le ponían peces en el
anzuelo en la caña del general Franco; al actor José Luis López Vázquez
haciendo reverencias, en uno de sus papeles, mientras baboseaba partiéndose por
la mitad exclamando: un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo.
Triste vida la del pelotillero ¡Nunca! El pelota es feliz
sintiéndose realizado con las “roscas” que hace. Aunque hay que aclarar que
siempre ha habido y habrá pelotilleros de pelotilleros. Los hay que superan con
mucha dificultad académica la nota del cuatro y medio. Los hay con
sobresaliente y matrícula de honor, y también de diploma para enmarcar por su
perfecta técnica de cómo hacer la pelota, confirmando lo antes dicho de por sus
obras los conoceréis y por su peloteo más. Aunque algunos, con sus actitudes,
son todo un referente ya que superan el arte del pelotilleo, del servilismo, la
adulación, el halago, la alabanza, la zalamería, la exaltación, la adoración y
el baboseo.
Sin embargo, en el fondo y más y mejor en la superficie,
hay que reconocer que el pelota siempre ha sido un pobre y desgraciado
bobalicón que echa babas obligado por su estómago que debe sentirse agradecido
y feliz ante quien le reparte unas migajas para comer.
Ha llegado el tiempo en el que los maizales han dicho,
pintando las vegas de verde, aquí estamos nosotros. El agua corre por los
surcos dando vida a los tomatales. Maduros y amarillos andan ya los
melocotones. Por estas fechas el campo tiene casi finalizado su bodegón. La
parra gatea por la tapia entrecruzando los colores verde y blanco. Pronto,
cuando llegue Santiago, la uva tomará color. Entre Morante y Los Suministros
los girasoles de Van Gogh han completado sus brochazos. A media mañana, junto a
la carretera, sonríe esbelta la pita y la chumbera. Habla la luz y el campo. El
verano ha dado ya el visto bueno. Maravilla de espectáculo ver el agua
corriendo por canales y acequias al encuentro con los bancales dando vida.
Regresan de nuevo las imágenes olvidadas. Aquellas del cielo reflejado en el
agua de la alberca. De persianas bajadas en la honda tarde por las que era
tamizada la luz remansando sosiego y tonificando el ambiente tras producir una
fresca penumbra.
Ahora estas tardes evocan aquel momento preciso en el que
se difuminó en la lejanía la musiquilla de una respuesta a una lección de
Geografía “España limita al norte con el mar Cantábrico y los montes Pirineos
que nos separan de Francia…”. Aquel día el baúl antiguo recibió el plumier de
madera, las gomas de Milán, la tinta Pelikán y los lápices Alpino con los que
coloreábamos los dibujos de Ciencias Naturales. Allí, en el baúl de madera,
descansan los problemas de Rubio, los ejercicios de caligrafía, el método
redondilla, la enciclopedia Álvarez, el Corazón de Edmundo de Amicis, y las
aventuras del hidalgo de la adarga antigua y su escudero a quien prometió el
gobierno de una ínsula. También descansa el dictado que nos trajo la mejor nota
posible para poder comenzar el primer curso de Bachillerato: “Platero es
pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que
no lleva huesos…”.
Pasado aquel tiempo hago ahora memoria de las andanzas y
quehaceres de aquellos niños que en la escuela practicaron el conocido oficio
de pelotas y chivatos. Porque siempre ha habido y hay gente que se ha definido
por sí sola debido a las cosas que hace. Porque la conducta de cada uno es tan
clara como la afirmación: “Por sus obras los conoceréis”. A la que añado
también esta otra: “Por su peloteo más”. Cuando observas ciertas cosas no tienes más remedio que exclamar: ¡normal!,
¿cómo normal? cuando el pelota-zalamero-adulador queda pequeño a los cardenales
más babosos que rodeaban al Papa Borgia; a los del pelucón de Versalles que
aplaudían el dulce despertar del Rey Sol; a quienes le ponían peces en el
anzuelo en la caña del general Franco; al actor José Luis López Vázquez
haciendo reverencias, en uno de sus papeles, mientras baboseaba partiéndose por
la mitad exclamando: un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo.
Triste vida la del pelotillero ¡Nunca! El pelota es feliz
sintiéndose realizado con las “roscas” que hace. Aunque hay que aclarar que
siempre ha habido y habrá pelotilleros de pelotilleros. Los hay que superan con
mucha dificultad académica la nota del cuatro y medio. Los hay con
sobresaliente y matrícula de honor, y también de diploma para enmarcar por su
perfecta técnica de cómo hacer la pelota, confirmando lo antes dicho de por sus
obras los conoceréis y por su peloteo más. Aunque algunos, con sus actitudes,
son todo un referente ya que superan el arte del pelotilleo, del servilismo, la
adulación, el halago, la alabanza, la zalamería, la exaltación, la adoración y
el baboseo.
Sin embargo, en el fondo y más y mejor en la superficie,
hay que reconocer que el pelota siempre ha sido un pobre y desgraciado
bobalicón que echa babas obligado por su estómago que debe sentirse agradecido
y feliz ante quien le reparte unas migajas para comer.





















