El Capitán Trueno
Se le acusa al color sepia de
darle a la pintura dosis de melancolía y nostalgia, afirmando que el tiempo es
quien dibuja en nuestra memoria sueños de mosaicos viejos. Durante estos días
continúan las siestas azotadas por un sol que en estas tierras no tiene ni
piedad ni consuelo, porque aún no ha llegado la hora de que sea vencido y
derrotado el verano. Por eso evoco, entre suspiros de butacas, el instante en
el que se perfilaba la huella que iba dejando una penumbra traspasada por la
frescura de un pregón que se anunciaba para aliviarnos: “Al rico polo y helado
mantecado de limón, turrón, avellana, fresa, chocolate, coco, tuti-frutti y
leche merengada”.
Hubo un tiempo que aquella plaza
tuvo un nombre cercano, íntimo y familiar: ¡Doña Juana! Luego otros. Cuando
llegó la dictadura tiñeron su nombre de azul oscuro, color de Falange Española.
Después los aires democráticos, progresistas y liberales le trajeron un nuevo
nombre, un nombre hermoso: “Plaza de la Constitución”. ¿La Pepa? ¡No! ¡La
Nicolasa!, la de ahora, la que ya es treintañera y regula y ordena para cumplir
y hacer cumplir, como casi siempre, más derechos que deberes y obligaciones.
Doña Juana, la Falange, la
Nicolasa, la Constitución y “La Consolación”, que así bautizó Genaro Franco
Galán, aquel hombre alto, apuesto, elegante y de trato agradable, el negocio de
su comercio. Allí, durante años, Genaro y sus dependientes ejercieron el oficio
de comerciar y vender tejidos, confecciones y mantas, asegurando a la clientela
un extenso surtido. Genaro tuvo una máxima, una técnica de venta que repetía en
su marketing comercial: “Esta casa cada año se supera con surtidos y precios”.
Fueron años difíciles y complicados que Genaro supo sortear con imaginación.
Cuando aún no se habían inventado las tarjetas de crédito buscó como recurso
para apoyar sus ventas, antes de perder una operación, la financiación al
cliente a través de una firma aseguradora de prestigio: “El Ocaso”. Después,
Genaro, abrió en la calle Cánovas “El Barato”.
“La Consolación” Nombre femenino
para un negocio, porque la mujer en aquellos años miraba y apuntaba buscando y
revindicando igualdad y conquistas sociales. En aquella época ya hubo otros
negocios con nombres femeninos: La Marquesina, La Alicantina, La Parra del Piquete,
La Valenciana, La Bejarana, La Industrial Enológica, La Portuguesa y La
Carmela. ¡Ah!, y las “Chicas del Pimentón”, donde tantas y tantas hicieron por
medio de los jornales acopio con sus ahorros para llevar un ajuar digno, porque
a muchas ya les había salido un novio serio y
formal.
Y allí, en el medio de la plaza,
tres quioscos desafiando la dureza de los días y los quehaceres que a veces
negaba la voz del ordeno y mando. Prensa, novelas, cuentos, chucherías, pipas,
garbanzos tostados, chicles, y hasta “bisontes sueltos” que debían ser atados
ante el susto que producían los mixtos que estallaban sin piedad. Vázquez en el
medio, y en los costeros María de la O y Candidito. Aquella trilogía fue gloria
bendita, pura estética, arte y temple de cómo había, debía y tenía que pararse
el tiempo.
Ahora cuando ya están apuntalados
los palos de la Feria ,
a punto de que aparezca el primer fogonazo, en el preludio del gozo que viene,
estos quioscos me han traído el olor a las aventuras de Roberto Alcázar y Pedrín,
Hazañas Bélicas, El Jabato con Taurus, Claudia y Fideo de Mileto, Pulgarcito,
Mortadelo y Filemón, y Josechu, un fortachón vasco que salía en las páginas del
TBO. Aunque ninguno de ellos igualó al entusiasmo que me producía las aventuras
de El Capitán Trueno, junto a Crispín, Goliat y Sigrid, su novia y Reina de
Thule, quienes en sus aventuras luchaban por el débil, defendiendo la justicia
y liberando a los oprimidos que ahora bullen y borbotean en el puchero de mis
nostalgias.
Se le acusa al color sepia de
darle a la pintura dosis de melancolía y nostalgia, afirmando que el tiempo es
quien dibuja en nuestra memoria sueños de mosaicos viejos. Durante estos días
continúan las siestas azotadas por un sol que en estas tierras no tiene ni
piedad ni consuelo, porque aún no ha llegado la hora de que sea vencido y
derrotado el verano. Por eso evoco, entre suspiros de butacas, el instante en
el que se perfilaba la huella que iba dejando una penumbra traspasada por la
frescura de un pregón que se anunciaba para aliviarnos: “Al rico polo y helado
mantecado de limón, turrón, avellana, fresa, chocolate, coco, tuti-frutti y
leche merengada”.
Hubo un tiempo que aquella plaza
tuvo un nombre cercano, íntimo y familiar: ¡Doña Juana! Luego otros. Cuando
llegó la dictadura tiñeron su nombre de azul oscuro, color de Falange Española.
Después los aires democráticos, progresistas y liberales le trajeron un nuevo
nombre, un nombre hermoso: “Plaza de la Constitución”. ¿La Pepa? ¡No! ¡La
Nicolasa!, la de ahora, la que ya es treintañera y regula y ordena para cumplir
y hacer cumplir, como casi siempre, más derechos que deberes y obligaciones.
Doña Juana, la Falange, la
Nicolasa, la Constitución y “La Consolación”, que así bautizó Genaro Franco
Galán, aquel hombre alto, apuesto, elegante y de trato agradable, el negocio de
su comercio. Allí, durante años, Genaro y sus dependientes ejercieron el oficio
de comerciar y vender tejidos, confecciones y mantas, asegurando a la clientela
un extenso surtido. Genaro tuvo una máxima, una técnica de venta que repetía en
su marketing comercial: “Esta casa cada año se supera con surtidos y precios”.
Fueron años difíciles y complicados que Genaro supo sortear con imaginación.
Cuando aún no se habían inventado las tarjetas de crédito buscó como recurso
para apoyar sus ventas, antes de perder una operación, la financiación al
cliente a través de una firma aseguradora de prestigio: “El Ocaso”. Después,
Genaro, abrió en la calle Cánovas “El Barato”.
“La Consolación” Nombre femenino
para un negocio, porque la mujer en aquellos años miraba y apuntaba buscando y
revindicando igualdad y conquistas sociales. En aquella época ya hubo otros
negocios con nombres femeninos: La Marquesina, La Alicantina, La Parra del Piquete,
La Valenciana, La Bejarana, La Industrial Enológica, La Portuguesa y La
Carmela. ¡Ah!, y las “Chicas del Pimentón”, donde tantas y tantas hicieron por
medio de los jornales acopio con sus ahorros para llevar un ajuar digno, porque
a muchas ya les había salido un novio serio y
formal.
Y allí, en el medio de la plaza,
tres quioscos desafiando la dureza de los días y los quehaceres que a veces
negaba la voz del ordeno y mando. Prensa, novelas, cuentos, chucherías, pipas,
garbanzos tostados, chicles, y hasta “bisontes sueltos” que debían ser atados
ante el susto que producían los mixtos que estallaban sin piedad. Vázquez en el
medio, y en los costeros María de la O y Candidito. Aquella trilogía fue gloria
bendita, pura estética, arte y temple de cómo había, debía y tenía que pararse
el tiempo.
Ahora cuando ya están apuntalados
los palos de





















