Una mermelada con indulgencias
Dicen que cada estación aparece por un sitio distinto.
También aseguran que el invierno lo hace llegando desde la parte norte, cuando
el sol no se siente congestionado por el crepúsculo y los días muestran su
tibieza fijados por el final del otoño que se entrega bajo las lágrimas de un
manto cuajado de niebla, pretendiendo con ello impedirnos ver el color celeste
inmaculado de los cielos de estos primeros días de diciembre.
Los atardeceres se extienden muy pronto, andan con prisas
por cubrir el laberinto de plazas, calles, casas, balcones, terrazas y azoteas
que forman el trazado urbano, que se ruboriza alterado por la gracia de una
carcajada cuasi nocturna, tratando de perturbar el ambiente porque sabe que el
tiempo ha vuelto a atraparnos. Al doblar una esquina aparece un nuevo padrón,
un nuevo paisaje distinto a los otros. Paisaje y paisanaje de piedras, cal,
ladrillo, verjas, portones, personas y vidas. De generaciones jóvenes y viejas.
De colores y sabores nuevos y antiguos. De glorias, tragedias y fracasos. Es el
alma que goza, palpita y también se divierte en los ritos de los zaguanes donde
habitan y descansan, en sabia armonía, los quehaceres y los días.
Les escribía en el mes de octubre sobre esa verdad cierta
que es el verano del membrillo. Hace unos días me han obsequiado con una caja
de dulce de membrillo. La carne de membrillo hervida y mezclada con azúcar
resulta un verdadero paraíso para el paladar y un infierno para los que somos
diabéticos. Pero un detalle siempre se agradece. Estas cosas me sonrojan pero
me satisfacen al saber que detrás de los artículos que hacemos, lanzados a la
playa de los lectores, sin conocer quién los lee, me remite ahora un efecto
consolador en la seguridad que hay alguien al otro lado que nos sigue.
No hace mucho penetré también en otro delicioso paraíso al
degustar, a escondidas, dos cucharaditas de mermelada de nectarina que elaboran
las monjas del convento de las clarisas de Montijo. Gloria bendita por los
siglos de los siglos. Producida y elaborada desde el obrador mejor custodiado.
Las nectarinas me retrotraen al cántico suave de la antífona de la cita hermosa
del gozo que llega en primavera. Al desasosiego nervioso e impaciente, tras la
timidez del verde primerizo de sus hojas. Al nacimiento de su flor que brota
pintada de color rosa en esa urgencia por querer aparecer, por ver la luz.
Sus caridades han vuelto a sorprendernos, desde el secreto
oculto que reside tras el viejo torno, con un nuevo producto que se suma a un
extenso catálogo que moldean con arte y oficio las expertas manos dulceras de
sor Dolores y sor Magdalena, ayudadas por el resto de las hermanas, bajo el
atento gobierno de madre Inmaculada, su abadesa.
Afirman que la nectarina es considerada “néctar de los
dioses”. Yo digo que al degustar esta mermelada se consiguen indulgencias para
abrir los cielos y entrar en el paraíso de los mejores sabores. ¿El secreto?
Ingredientes de primera calidad, elaboración de la que son excluidos los
conservantes, y sabias combinaciones de nectarina, agua, azúcar y mucha dosis
de paciencia en el lento proceso del hervido.
La mermelada de nectarina, reitero, está para abrir las
puertas del paraíso de los sabores, pero permanecen cerradas para los que somos
diabéticos ya que no alcanzamos, a pesar de nuestras plegarias, las
indulgencias necesarias. Solicito y ruego a sus caridades, en nombre de mis
hermanos los diabéticos, mermelada y mazapán con fructosa, y un surtido de
estrellitas de cielo y tortas de polvorón con sacarina, para que en la
nochebuena podamos alcanzar los edulcorados paraísos del Belén de los cielos.
Gracias hermanas porque cada año proclamáis, desde vuestro religioso silencio,
el más dulce pregón de la Navidad, bajo el suave tintineo de una campanilla que
nos trae el saludo bondadoso de “Paz y Bien”.
Dicen que cada estación aparece por un sitio distinto.
También aseguran que el invierno lo hace llegando desde la parte norte, cuando
el sol no se siente congestionado por el crepúsculo y los días muestran su
tibieza fijados por el final del otoño que se entrega bajo las lágrimas de un
manto cuajado de niebla, pretendiendo con ello impedirnos ver el color celeste
inmaculado de los cielos de estos primeros días de diciembre.
Los atardeceres se extienden muy pronto, andan con prisas
por cubrir el laberinto de plazas, calles, casas, balcones, terrazas y azoteas
que forman el trazado urbano, que se ruboriza alterado por la gracia de una
carcajada cuasi nocturna, tratando de perturbar el ambiente porque sabe que el
tiempo ha vuelto a atraparnos. Al doblar una esquina aparece un nuevo padrón,
un nuevo paisaje distinto a los otros. Paisaje y paisanaje de piedras, cal,
ladrillo, verjas, portones, personas y vidas. De generaciones jóvenes y viejas.
De colores y sabores nuevos y antiguos. De glorias, tragedias y fracasos. Es el
alma que goza, palpita y también se divierte en los ritos de los zaguanes donde
habitan y descansan, en sabia armonía, los quehaceres y los días.
Les escribía en el mes de octubre sobre esa verdad cierta
que es el verano del membrillo. Hace unos días me han obsequiado con una caja
de dulce de membrillo. La carne de membrillo hervida y mezclada con azúcar
resulta un verdadero paraíso para el paladar y un infierno para los que somos
diabéticos. Pero un detalle siempre se agradece. Estas cosas me sonrojan pero
me satisfacen al saber que detrás de los artículos que hacemos, lanzados a la
playa de los lectores, sin conocer quién los lee, me remite ahora un efecto
consolador en la seguridad que hay alguien al otro lado que nos sigue.
No hace mucho penetré también en otro delicioso paraíso al
degustar, a escondidas, dos cucharaditas de mermelada de nectarina que elaboran
las monjas del convento de las clarisas de Montijo. Gloria bendita por los
siglos de los siglos. Producida y elaborada desde el obrador mejor custodiado.
Las nectarinas me retrotraen al cántico suave de la antífona de la cita hermosa
del gozo que llega en primavera. Al desasosiego nervioso e impaciente, tras la
timidez del verde primerizo de sus hojas. Al nacimiento de su flor que brota
pintada de color rosa en esa urgencia por querer aparecer, por ver la luz.
Sus caridades han vuelto a sorprendernos, desde el secreto
oculto que reside tras el viejo torno, con un nuevo producto que se suma a un
extenso catálogo que moldean con arte y oficio las expertas manos dulceras de
sor Dolores y sor Magdalena, ayudadas por el resto de las hermanas, bajo el
atento gobierno de madre Inmaculada, su abadesa.
Afirman que la nectarina es considerada “néctar de los
dioses”. Yo digo que al degustar esta mermelada se consiguen indulgencias para
abrir los cielos y entrar en el paraíso de los mejores sabores. ¿El secreto?
Ingredientes de primera calidad, elaboración de la que son excluidos los
conservantes, y sabias combinaciones de nectarina, agua, azúcar y mucha dosis
de paciencia en el lento proceso del hervido.
La mermelada de nectarina, reitero, está para abrir las
puertas del paraíso de los sabores, pero permanecen cerradas para los que somos
diabéticos ya que no alcanzamos, a pesar de nuestras plegarias, las
indulgencias necesarias. Solicito y ruego a sus caridades, en nombre de mis
hermanos los diabéticos, mermelada y mazapán con fructosa, y un surtido de
estrellitas de cielo y tortas de polvorón con sacarina, para que en la
nochebuena podamos alcanzar los edulcorados paraísos del Belén de los cielos.
Gracias hermanas porque cada año proclamáis, desde vuestro religioso silencio,
el más dulce pregón de la Navidad, bajo el suave tintineo de una campanilla que
nos trae el saludo bondadoso de “Paz y Bien”.





















