El almanaque del tiempo
Cuando pasen los Reyes Magos, que es la Pascua
de Epifania, manifestación de un Dios hecho niño, percibiremos que el dorado de
la luz de los atardeceres se retrasa. La indiferencia de los días labra sobre
los corredores de la vida con una celeridad pasmosa. Seguramente no hay mejor
antídoto para que el tiempo razone sin deslizarse sobre el rito de la memoria
que concebir, en cualquier época, nuevos entusiasmos, hábitos apasionados y
transformaciones inesperadas en nuestras prácticas cotidianas. Estoy seguro que
lo mejor que puedo ambicionar para este nuevo año son felices excitaciones,
ilusiones inalcanzables, aspiraciones inconfensables y un desorden ficticio, de
manera que la rutina no me fustigue enviándome hacia una vida apocada y
decaída.
Todo pasará muy deprisa. Los almendros serán
los primeros en permitir el desahogo y la rapidez de la flor que brota ansiosa
para enhebrarse a la vida. San Blas no anunciará cigüeñas porque ya han dejado
de ser huéspedes. Luego llegará un tiempo sin orden ni concierto que
trastornará los sentidos. Porque se quiera o no, la juventud es un disparate,
la madurez es una lucha y la vejez un remordimiento. Así, bajo la revolución de
un desordenado juicio y el desgobierno de un entendimiento perturbado renacerán
las dos Españas que siempre han sido: don Carnal y doña Cuaresma.
Entre el sol y el frío, bajo las locuras de
los últimos días de febrerillo, una luz a medio hacer surgirá para despertar
nuestros sentimientos. Los fogones servirán potajes de vigilias. El martirio y
la muerte visitarán las calles para que muchos pronuncien que no son más que
obras de arte. Desde la otra orilla, Él asumirá y aguantará, entenderá, callará
y amará. Lo viene haciendo desde siglos. Repicarán de nuevo las campanas
tocando a fiestas por la vida. Aparecerán los demonios de los rincones y la fiesta
de la primavera lucirá su hermosura. Acudirán días de romería resultando ser
necesario saborear el mejor vino de una pitarra recién pinchada. Por esas
fechas al campo sólo le faltarán un par de brochazos para que acabe y complete
el bodegón de todos los años.
Un día percibirás que todo se excita con el
movimiento de un cuerpo atractivo ceñido a un llamativo traje de color azul
cruzando la calle. En la esquina una viejecita saca la mano suplicando una
moneda. Y sin saber por qué, habrá llegado la velá de San Antonio. Se
manifestará el verano y la memoria traerá por sus laberintos la suavidad del
agua fresca de la alberca y la sombra de la higuera. En “La Carihuela”, sobre
las barcas de los chiringuitos, se doran los espetos. En septiembre se
apuntalan los palos de la Feria y aparece un fogonazo para anunciarnos que el
gozo ha llegado. La gente entra y sale de la iglesia para dar gracias, porque
la buena gente agradece más que pide.
Después despuntará la luz tamizada, el
bochorno del membrillo y los chaparrones del dios de octubre proclamando la
otoñada. Las orzas producirán ese punto con sabor a grandeza de las primeras
aceitunas aliñadas. Las ausencias blanquearán nichos y colocarán crisantemos.
Un perro peregrino que conoce bien la noche, “Miserias”, al que persiguen,
aunque él no se inmuta, buscará refugio en los portales donde hay gente que
duerme entre cartones pasando frío. Han vestido a los maniquíes de temporada.
En la radio suena ya el primer villancico y es que otra vez viene, ha vuelto la
Navidad y el sueño de los Reyes Magos. Así todo como el verso “ayer se fue,
mañana no ha llegado, hoy se está yendo todo sin parar”. El desgaste que
produce el tiempo jamás podrá con la mejor sintonía que generosamente me regala
la vida: la libertad. Por ella, un año más, seguiré en el hermoso oficio de
escribir sin renunciar, en absoluto, al almanaque que me trae la lucidez de la
palabra, los quehaceres y los días.
Cuando pasen los Reyes Magos, que es la Pascua
de Epifania, manifestación de un Dios hecho niño, percibiremos que el dorado de
la luz de los atardeceres se retrasa. La indiferencia de los días labra sobre
los corredores de la vida con una celeridad pasmosa. Seguramente no hay mejor
antídoto para que el tiempo razone sin deslizarse sobre el rito de la memoria
que concebir, en cualquier época, nuevos entusiasmos, hábitos apasionados y
transformaciones inesperadas en nuestras prácticas cotidianas. Estoy seguro que
lo mejor que puedo ambicionar para este nuevo año son felices excitaciones,
ilusiones inalcanzables, aspiraciones inconfensables y un desorden ficticio, de
manera que la rutina no me fustigue enviándome hacia una vida apocada y
decaída. Todo pasará muy deprisa. Los almendros serán
los primeros en permitir el desahogo y la rapidez de la flor que brota ansiosa
para enhebrarse a la vida. San Blas no anunciará cigüeñas porque ya han dejado
de ser huéspedes. Luego llegará un tiempo sin orden ni concierto que
trastornará los sentidos. Porque se quiera o no, la juventud es un disparate,
la madurez es una lucha y la vejez un remordimiento. Así, bajo la revolución de
un desordenado juicio y el desgobierno de un entendimiento perturbado renacerán
las dos Españas que siempre han sido: don Carnal y doña Cuaresma. Entre el sol y el frío, bajo las locuras de
los últimos días de febrerillo, una luz a medio hacer surgirá para despertar
nuestros sentimientos. Los fogones servirán potajes de vigilias. El martirio y
la muerte visitarán las calles para que muchos pronuncien que no son más que
obras de arte. Desde la otra orilla, Él asumirá y aguantará, entenderá, callará
y amará. Lo viene haciendo desde siglos. Repicarán de nuevo las campanas
tocando a fiestas por la vida. Aparecerán los demonios de los rincones y la fiesta
de la primavera lucirá su hermosura. Acudirán días de romería resultando ser
necesario saborear el mejor vino de una pitarra recién pinchada. Por esas
fechas al campo sólo le faltarán un par de brochazos para que acabe y complete
el bodegón de todos los años. Un día percibirás que todo se excita con el
movimiento de un cuerpo atractivo ceñido a un llamativo traje de color azul
cruzando la calle. En la esquina una viejecita saca la mano suplicando una
moneda. Y sin saber por qué, habrá llegado la velá de San Antonio. Se
manifestará el verano y la memoria traerá por sus laberintos la suavidad del
agua fresca de la alberca y la sombra de la higuera. En “La Carihuela”, sobre
las barcas de los chiringuitos, se doran los espetos. En septiembre se
apuntalan los palos de la Feria y aparece un fogonazo para anunciarnos que el
gozo ha llegado. La gente entra y sale de la iglesia para dar gracias, porque
la buena gente agradece más que pide. Después despuntará la luz tamizada, el
bochorno del membrillo y los chaparrones del dios de octubre proclamando la
otoñada. Las orzas producirán ese punto con sabor a grandeza de las primeras
aceitunas aliñadas. Las ausencias blanquearán nichos y colocarán crisantemos.
Un perro peregrino que conoce bien la noche, “Miserias”, al que persiguen,
aunque él no se inmuta, buscará refugio en los portales donde hay gente que
duerme entre cartones pasando frío. Han vestido a los maniquíes de temporada.
En la radio suena ya el primer villancico y es que otra vez viene, ha vuelto la
Navidad y el sueño de los Reyes Magos. Así todo como el verso “ayer se fue,
mañana no ha llegado, hoy se está yendo todo sin parar”. El desgaste que
produce el tiempo jamás podrá con la mejor sintonía que generosamente me regala
la vida: la libertad. Por ella, un año más, seguiré en el hermoso oficio de
escribir sin renunciar, en absoluto, al almanaque que me trae la lucidez de la
palabra, los quehaceres y los días.





















