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Manuel García Cienfuegos
Domingo, 03 de Abril de 2011

Lo escrito, escrito está

Ya está puesta la hondura de la liturgia del rito de la luz. Es el tiempo en el que la vid derrama lágrimas de primavera y la espiga de trigo lucha desarropándose de la caña. El olivar se estremece avivando las vísperas que llegan en el que las varetas servirán de ramos, saludos y triunfos del que viene y trae tantas esperanzas. El campo ha escrito con verde su pliego de gratitud. Tarde antigua de sol que pule los colores caoba y bronce. En la plenitud del gozo, lo que hace unos meses fue pañal se convierte ahora en frío sudario que espera la carne rendida a la muerte de un crucificado.

Anda “Miserias” de un lado para otro, nervioso. Lleva un tiempo muy agitado. Parece como si buscase algo o a alguien, y no lo encuentra. Desde ayer está en paradero desconocido. “Miserias”, hace unos días, bastante aturdido, me comentaba que con lo pacifista que es el Gobierno, declara ahora, cosas de la vida, una guerra a la velocidad de los vehículos en la carretera. Prohibir e intervenir en la vida de los demás, esa es su máxima. “Miserias” ladraba y no paraba lamentándose de las tonterías, chorradas y gilipolleces de quienes, es un decir, nos gobiernan. De estos vividores del arte de la manipulación y el embuste que se dedican, con sus ocurrencias, a mercadear con el euro público.

En el tajo de nuestros quehaceres, el hilo engarza con la exactitud por el gozo que se acerca bajo la literatura de aquellos días que nos trae ahora el corazón de la memoria, cuando la vida transcurría, ciertamente, más despacio. Allí, en la intimidad del obrador de la casa, bastaba con empapar el pan de mollete en leche, dándole espera a que su ligazón se tranquilizara, para enviarlos a que flotasen sobre el aceite de la sartén, tras haber sido bañados en huevo. Allí, en aquellos territorios, se les hacía descansar en una bandeja, después de la saludable lluvia que habían recibido de azúcar y canela, aguardando, aquel paraíso, para endulzarnos el día en el que no se podía levantar la voz, el Viernes Santo.

Era entonces cuando, en aquel tiempo, en aquellos días, nos ponían películas históricas. Los diez mandamientos, Barrabás, Quo Vadis, Ben Hur, La Túnica Sagrada, Judas, Las sandalias del pescador, Rey de Reyes, Los últimos días de Pompeya… Películas bien hechas que nos hacían padecer en nuestras carnes las plagas bíblicas, los leones devorando a los cristianos en la arena del circo, mientras los romanos disfrutaban del espectáculo. Moisés abriendo el mar. De cómo Judá Ben-Hur salvaba a Quinto Arrio, primer cónsul de Roma. Las opiniones peligrosas, según la Congregación para la Doctrina de la Fe, del padre Telemond, la crucifixión de Barrabás…, y la soga colgando de la higuera en el cuello del desgraciado Judas, el traidor.

Siempre me fascinó Poncio Pilatos, pretor de Judea. Aseguran, quiénes lo han estudiado, enjuiciado y novelado, que fue débil, medroso y dubitativo. Que se doblegó ante las presiones de los sátrapas que gobernaban y manipulaban el Sanedrín. Pura estampa, a pesar de los más de dos mil años transcurridos, de lo que pasa ahora cuando se administra justicia. Escuchar cortésmente, responder con sabiduría, ponderar con prudencia y decidir imparcialmente. ¡Señorías, ahí es nada, con la que está cayendo!

Admiro a Poncio Pilatos por su decisión de no cambiar lo escrito sobre la tablilla de la cruz, aunque fallara en lo esencial. Derrotado por conservar el cargo, condenó al reo lavándose las manos. Hoy, en los quehaceres de nuestros días, hay gente que no solo borraría el texto de la tablilla de Pilatos, sino que clavarían aún más al crucificado. Son esos a quienes creemos muy cristianos. Esos que gritan que no descuelguen los crucifijos, para desde su cristianismo hipócrita seguir clavándolo aún más. Presiento que a mí, ahora, algunos de ellos también me crucificará. Quod scripsi, scripsi. Lo escrito, escrito está.

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