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Manuel García Cienfuegos
Domingo, 27 de Febrero de 2011

Carnaval del racataplán, plan y plan al pil pil

Qué alegría cuando me dijeron las fechas para este año del Carnaval. Gracias por ser tardía, doña Cuaresma. Una semana más y nos ponemos la máscara cuando el adivino Espurina auguró “Guárdate de los idus de marzo”. Cayo Julio César pensando que desvariaba, que estaba extasiado por un chute. Vamos, que estaba pasao por un colocón de caldo gallina, no le hizo caso, y pasó lo que tuvo que pasar. Calamidad al canto y Calpurnia, su viuda y cuarta esposa, que ya soñó lo suyo, exclamando con más alegría que tristezas: “Julito en el cielo y yo en la gloria”. ¡Calpurnia, viva la madre que te parió, preciosa! Ole, ole y ole.

A lo nuestro. Al ataque. Montera, capote, ruedo y paseíllo. A por la faena, a la brega. Con pico y pala. Así, con instrumentos. Fuera los fundamentos. Al tajo. A morir “cazurreando” en la arena, pegando, con los pies juntos, verónicas con descaro y poca vergüenza, por el pellizco del gozo que nos produce la hermosura y los sentimientos de la pluma dura y tiesa que moja, y cómo moja, en el tarro de las esencias por la sabiduría de la crisis -¿Qué crisis? ¿La crisis se nota?-, y del cachondeo bueno que nos trae el Carnaval.

Hay situaciones en la que a veces hacemos el ridículo y metemos la pata, tal y como se suele decir, “hasta el corvejón”, que rima con grito de grada de fondo sur de anfiteatro. ¿Cuántas veces hemos tirado de una puerta cuando ponía claramente “Empujar”? Pues eso, ni te cuento. Te dan un “Abre fácil”, y al rato, cuando ya te rindes de no poder, de sufrir y padecer, te sale de los adentros hacia las afueras esta verdad cierta: “Abre fácil. Abre fácil por los cojones”.

De pequeño, con frecuencia, hemos dicho “inglish pintinglish”. Bueno, bueno, bueno… Y de mayor con nota de hasta progresa adecuadamente. Y para qué contar cuando cantamos las canciones en inglés. Europe's living a celebration. Doroty Chandler Pavilion Red Bricks. London six points. ¡Qué viva el Feisbu! Si has intentado atravesar el salón de casa cuando lo están fregando, estarás conmigo que la siguiente escena es quedarte aislado. Ni se te ocurra dar un paso. Te dejan, como a Fernando Melón, en altos mares. “¡Quieto ahí!”. “Hija, por Dios, a Noé le vas hablar de la lluvia”.

Recordad las veces que nos ha sucedido, y las que nos quedan, cuando buscando algo nos ha entrado desesperación, angustia, nerviosismo y sudores: Joder, joder y joder, que no lo encuentro. Entonces entraba en escena tu madre y te decía “Cómo vaya yo y lo encuentre…”. ¡Coño, y lo encontraba! Vamos que sí. Otra vez, Juancojones, te aconsejo que implores desde tus entretelas a San Cucufato: “San Cucufato, san Cucufato, los cojones te ato. Si no aparece, no te los desato”. Ya verás cómo da resultado.

Seguimos abundando en aquellas cosas corrientes y cotidianas que nos pasan un día sí y al siguiente también. Le dices a un amigo que mire “disimuladamente”, y el tío va y nunca mira “disimuladamente”. “Mirón, que eres un mirón. La leche que te dieron, mamón”.

Otras de las situaciones que se suele dar con total normalidad es cuando tocamos el timbre de una casa y nos preguntan “¿Quién es?”. La respuesta no puede ser más auténtica y personalizada “Yo”. Claro, quién va a ser, ¿el vecino del sexto? Es lo mismo que cuando te despiertan y te preguntan ¿Estás dormido? “No, estoy en los cielos, capullo”. O cuando le decimos al niño con todo lujo de detalles: “Niño, pásame eso, que está ahí, encima de aquello”. El niño no se puede aguantar y exclama: “Papá ¿por qué lo han ponío?”

¿Y cuántas veces hemos empleado el móvil como linterna? Uf, por la noche, para no despertar a la “parienta”. También, repetidamente, nos preguntan: “¿Te pasa algo?”. Y siempre decimos: “Nada. No me pasa nada”. Y claro que pasa. Con frecuencia, también hemos escuchado: “Ésta es la primera vez que me siento en todo el día”. ¡Chacho! Pues con el paso de los años, mira tú, ahora resulta que también la digo yo.

Por las mañanas, en el desayuno, pido un descafeinado de sobre con leche, y me traen el sobrecito y una taza llena de leche caliente. Ipso facto interpelo a las carnestolendas mías: “¿Qué se echa primero la leche o el polvo?”. Y me contestan: “Coño, Manolo, el polvo. Siempre el polvo. Del polvo venimos y al polvo vamos. Y con el polvo lo bien que estornudamos”.

La faena con la diestra del arte del “cazurreo” está llegando al final. Es el último de la tarde. Desde el tendido número once, una voz áspera por el vino de una bota interpela “¡Arrímate!”.  Sin inmutarse, quieto, corriendo bien la mano, con temple: ¡Va por ustedes, los puristas! ¿Los puristas? “Siempre se me cae un calcetín cuando llevó un montón de ropa a la lavadora”. ¡Toma, toma y toma arte del bueno, fenómeno, que eres un fenómeno! ¡Torero, torero y torero!

Ahora empieza todo, la auténtica leyenda. Cachondearum habemus pergaminatus Legio Tertia cazurrearum emeritensis mosqueus viuduus calentorum est. “Cayo Julio en el cielo y yo en la gloria. Cazurro, mi vida, te necesito”. “Calpurnia, viva la madre que te parió, preciosa”. Tú lo has dicho, se quiera o no, la vejez es un remordimiento. “Sabes lo que te digo, ¿o no? Ole, ole y ole, so jodía. Tú vales mucho”.

Grandeza y gloria para este tiempo que llega, sin orden ni concierto, sin normas, que trastorna los sentidos. Bajo el rito libre, saludable y gratificante del “cazurreo” y sus desmadres, que nos aconseja que disfrutemos todos en esta fiesta pagana y hermosa del Carnaval del racataplán, plan y plan al pil pil. ¿Al pil pil? Sí, porque tenemos más hambre que un monaguillo en Mongolia. Se acabó.

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Este artículo ha sido publicado en la Revista del Carnaval 2011 de la Asociación Cultural “Cazurros Romanos” de la ciudad de Mérida

 

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