La princesa y el guisante
Soy muy de Christian Andersen porque junto a Perrault, los leí mucho de pequeño. Es cierto que el tratamiento a veces de sus cuentos es crudo, pero la gente desconoce que a pesar de todo, estos autores dulcificaban los relatos que les habían llegado por tradición oral. Hoy día no se entenderían.
Existe un cuento de Andersen que me sirve para relacionar la preparación que debería tener la persona que desarrolle según qué cargo. Se llama “la princesa y el guisante” (lo conoceréis la mayoría) y nos cuenta el relato de un príncipe deseoso de encontrar princesa de sangre real. Mandó emisarios por todo el mundo pero era difícil encontrarla ya que princesas había muchas pero era complicado certificar que tenían sangre real. Las princesas abundaban, pero acababa descubriendo en ellas algo que le demostraba que en realidad no eran de sangre real.
A punto de arrojar la toalla, estando en su castillo, se desencadenó una terrible tormenta: llovía y el agua azotaba los muros de palacio produciendo un ruido aterrador, los relámpagos iluminaban el cielo y los truenos sonaban muy fuerte. En este punto, sonó la aldaba de la puerta de palacio. Los vasallos abrieron y encontraron una bella joven que preguntada quien era y porqué vagaba así les comentó que era princesa en el reino de Safi y que paseando se había desbocado su caballo y con la oscuridad se había perdido. Aunque bella, el agua chorreaba por su cabello y ropas y salía de sus zapatos como de una fuente. Tenía frío y tiritaba. La invitaron a cenar y dormir allí y la reina decidió averiguar si se trataba de una princesa de sangre real. Colocó un guisante debajo de ocho colchones y cuatro edredones de la cama para ver si lo notaba. A la mañana siguiente, el príncipe preguntó: -¿Qué tal has dormido? - ¡Oh! Terriblemente mal. No he dormido en toda la noche. No comprendo qué tenía la cama; tengo el cuerpo lleno de cardenales. ¡Ha sido horrible!. - Entonces, ¡eres una verdadera princesa! porque a pesar de los colchones y edredones, has sentido la molestia del guisante. El príncipe se casó con ella porque estaba seguro de que era una verdadera princesa. Al final encontró lo que quería.
En política ocurre algo parecido, ya no hay princesas de sangre real, es decir, ya no hay políticos profesionales como los había en tiempos pasados. En la actualidad, la mayor parte de los que se dedican a esta noble labor lo hacen porque no saben hacer otra cosa o buscan el beneficio propio en detrimento del beneficio social. Este género lo encontramos en todos los partidos que sirven de escudo protector a personas sin escrúpulos puesto que en la práctica, sabemos que a quien descubren con malas prácticas no tienen castigo proporcional al hecho cometido, y así nos va.
[email protected]
Soy muy de Christian Andersen porque junto a Perrault, los leí mucho de pequeño. Es cierto que el tratamiento a veces de sus cuentos es crudo, pero la gente desconoce que a pesar de todo, estos autores dulcificaban los relatos que les habían llegado por tradición oral. Hoy día no se entenderían.
Existe un cuento de Andersen que me sirve para relacionar la preparación que debería tener la persona que desarrolle según qué cargo. Se llama “la princesa y el guisante” (lo conoceréis la mayoría) y nos cuenta el relato de un príncipe deseoso de encontrar princesa de sangre real. Mandó emisarios por todo el mundo pero era difícil encontrarla ya que princesas había muchas pero era complicado certificar que tenían sangre real. Las princesas abundaban, pero acababa descubriendo en ellas algo que le demostraba que en realidad no eran de sangre real.
A punto de arrojar la toalla, estando en su castillo, se desencadenó una terrible tormenta: llovía y el agua azotaba los muros de palacio produciendo un ruido aterrador, los relámpagos iluminaban el cielo y los truenos sonaban muy fuerte. En este punto, sonó la aldaba de la puerta de palacio. Los vasallos abrieron y encontraron una bella joven que preguntada quien era y porqué vagaba así les comentó que era princesa en el reino de Safi y que paseando se había desbocado su caballo y con la oscuridad se había perdido. Aunque bella, el agua chorreaba por su cabello y ropas y salía de sus zapatos como de una fuente. Tenía frío y tiritaba. La invitaron a cenar y dormir allí y la reina decidió averiguar si se trataba de una princesa de sangre real. Colocó un guisante debajo de ocho colchones y cuatro edredones de la cama para ver si lo notaba. A la mañana siguiente, el príncipe preguntó: -¿Qué tal has dormido? - ¡Oh! Terriblemente mal. No he dormido en toda la noche. No comprendo qué tenía la cama; tengo el cuerpo lleno de cardenales. ¡Ha sido horrible!. - Entonces, ¡eres una verdadera princesa! porque a pesar de los colchones y edredones, has sentido la molestia del guisante. El príncipe se casó con ella porque estaba seguro de que era una verdadera princesa. Al final encontró lo que quería.
En política ocurre algo parecido, ya no hay princesas de sangre real, es decir, ya no hay políticos profesionales como los había en tiempos pasados. En la actualidad, la mayor parte de los que se dedican a esta noble labor lo hacen porque no saben hacer otra cosa o buscan el beneficio propio en detrimento del beneficio social. Este género lo encontramos en todos los partidos que sirven de escudo protector a personas sin escrúpulos puesto que en la práctica, sabemos que a quien descubren con malas prácticas no tienen castigo proporcional al hecho cometido, y así nos va.
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