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Manuel García Cienfuegos
Jueves, 31 de Octubre de 2019 Actualizada Jueves, 31 de Octubre de 2019 a las 17:51:05 horas

Noviembre. El pobre ya descansó

La lluvia lava la huella que dejan los días. Los días cansinos y confusos vuelven a mirar el desgarro que producen las ausencias. Las vísperas acarrean el rito en la celebración de la liturgia de estos días pasándole el trapo a las lápidas y poniendo flores en las sepulturas. En las puertas de noviembre habla el verso de José Hierro. “Después de todo, todo ha sido nada, a pesar de que un día lo fue todo”. Los ricos no se mueren, los que se mueren son los pobres. Varios ejemplos: “El pobre ya descansó. La pobre ya dejó de sufrir. Tras mucho penar, el pobre ha dejado de padecer. El pobre, qué feliz estará ahora. Con lo buena que era, la pobre. Trabajó mucho, qué lástima que nos haya dejado, el pobre”.

Noviembre con su cohorte de otoño nos revela lo oculto bajo la nostalgia mojada por los días grises que oscurecen el blanco de la cal. El rito traspasa el recogimiento evocando los sueños. Desde el campanario, el sentimiento de la clausura de las tardes dobla a difuntos, rompiendo el silencio y las ausencias bajo una aguda seriedad que traspasa las tristezas. Así es noviembre, principia con Todos los Santos y termina en San Andrés. Así son estos días cada vez más cortos y de oscuridad más extensa, más ancha. Noviembre de anocheceres tempranos que barruntan la llegada del invierno. Noviembre que sabe a enagua de camilla, a manto de hojas que duermen en el suelo y a paleta preñada que pinta desde la tapia dando el cálido rojo final al sosiego de las granadas que piden tocar el azul cielo que no alcanzan.

Cuando en noviembre la flor duerme atosigada por el clima, allí, en el patio, está ella. Ante la mirada del fruto del limonero y del naranjo, el níspero se ha vestido de flores, sobre las que pajarean el alma colmenera de las abejas en sus idas y venidas, en sus paseos, zambulléndose en ellas. Ahora en la flor, luego cruzando el aire, después la colmena. Cuando noviembre nos remueve las ausencias y los recuerdos, la flor del níspero se abre a la vida y en unos meses saborearemos su fruto. Lejos del patio, en otros espacios, en los obradores la harina anda dispuesta y nerviosa para elaborar buñuelos de viento huesos de santo, piñones, roscas y pestiños. Harina, huevo, leche, azúcar, miel, aceite, mantequilla, almendra y unas expertas manos dulceras. Que todo o casi todo, a pesar de los tiempos de ausencias y tristezas de los primeros días de noviembre, sonará y sabrá a la antífona del salmo que canta y anticipa la gloria y la alegría de la Navidad que está cerca.

En noviembre las mañanas se visten de luz fría; el mediodía es traslúcido y algo tibio; las tardes son de color de membrillo maduro; las noches tienen tinte de barniz oscuro. El sol es fuerza menguante, rendido y entregado al largo asedio del otoño que busca los fríos del invierno. Todo avanza muy deprisa. El tiempo se va como las nubes, como las naves, como las sombras. Hay ciudades que han colocado el alumbrado de Navidad. Ayer me regalaron un calendario para 2020, año bisiesto. Hay abalorios en los árboles y luces incandescentes. Los escaparates muestran la moda que llega para tiempos de indigestiones y resacas que machacarán los cuerpos. Con estas prisas la radio ha dicho que en unos días llega Santa Claus con el trineo repleto de nieve y también la cabalgata de Reyes que este año repartirá más caramelo que nunca. A vueltas con la realidad, hay polvorones, turrones y mantecados en las dulcerías. La Virgen de Barbaño abre su mano en forma de cuna, para el niño que abre sus brazos. El obrador del convento de las hijas de Santa Clara huele a almendra, limón, miel y canela. Suena una nana al niño que duerme sobre el hombro de la Virgen del Rosario: “Que nadie le despierte que se ha dormido”. La tarde cierra los ojos de azul y plata. Huele a víspera, a tiempo de espera que llega. Pronto los balcones anunciarán que la palabra se hace carne. Hoy es ayer, ayer es siempre.

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