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Elisa Martín
Elisa Martín | 1613
Sábado, 14 de Septiembre de 2019

Señales de peligro

Me cuenta una amiga psicóloga que sus consultas se están llenando de adolescentes y jóvenes con verdadera necesidad de comunicarse, de compartir sus inseguridades, sus frustraciones, sus miedos, sus alegrías, sus sueños y proyectos. Sus padres están todo el día ocupados y sus amigos pegados a la pantalla o cada uno en su casa. Los mensajes intercambiados por wasap carecen de muchos matices, es lógico. Es el emoticono el que ríe, el que llora, el que se enfada…mientras nuestro rostro al escribir permanece impasible.  Falta mucho en ese intercambio de mensajes. Los pacientes más jóvenes de mi amiga necesitan de esas largas conversaciones cara a cara, que dejan que las palabras vayan fluyendo sin prisas, permitiendo que las ideas vayan ordenándose y tomando forma. Nos explica, además, que muchas de las consultas las pagan los padres, pero hay otras que lo hacen los propios jóvenes de su bolsillo, cuando ya están trabajando.

 

Busco información y datos sobre el tema. Encuentro un panorama desolador, que los adultos debemos conocer. Las cifras de ansiedad, estrés y angustia en adolescentes y jóvenes están subiendo de forma alarmante a nivel mundial, y este panorama no distingue géneros ni clases sociales. Son más frágiles emocionalmente, lo cual es preocupante sabiendo que las emociones son el motor de nuestras acciones. Además, tienen multitud de frentes abiertos: les preocupa su físico y su reputación, totalmente expuestos a través de las redes sociales; su futuro, porque no dejan de escuchar que está cada vez más negro en todos los sentidos; las relaciones de pareja, muy inseguras y complejas. A todo esto, añadimos la gran exposición que tienen a las drogas, alcohol, juegos de azar, pornografía…todo en cantidades ingentes. El coctel es explosivo.

 

Ante este escenario, hay algo que los padres y, en general los adultos que les rodean podemos hacer: abrir con ellos buenos canales de comunicación, para que tengan claro que son importantes para nosotros. ¿Cómo se hace eso? Lo primero de todo escuchando, mordiéndonos la lengua ante nuestro impulso de sermonearlos, amenazarlos o darles clases magistrales. Si no sabemos qué les está pasando, es absurdo ponernos a opinar a los dos minutos. Además, cuando nos cuenten unos hechos concretos, podemos preguntarles cómo se sienten. Hablar de sus emociones les ayudará a equilibrarse. Tratar de conectar con ellos con una actitud cordial, utilizando palabras positivas y ayudarles a que ellos piensen en soluciones, les hará proyectarse a un futuro mejor. Y en todo caso mantener un tono de respeto, cariño y firmeza. Porque además de darles el apoyo que necesitan, les estaremos dando un modelo de conducta. Nuestra mejor misión es formar a  personas fuertes y felices.

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