Mi infancia, mi educación... me impide hacerlo
No es nada extraño escuchar a personas decir que les gustaría cambiar este o aquel aspecto de su vida, pero que debido a su educación, su infancia o cualquier otro aspecto de su pasado, son así y no lo pueden cambiar.
Me rebelo contra la creencia de que el pasado de una persona determina su manera de comportarse en el futuro. Creo que es una idea falsa y dañina: Falsa porque no hay evidencia alguna, que así lo demuestre y dañina porque encasilla a las personas en comportamientos que les hacen sufrir, sin darle la oportunidad de cambiarlos.
No niego que las experiencias pasadas formen parte de la mochila que todos llevamos puesta, niego que esas experiencias marquen necesariamente la forma en que nos comportaremos de ahí en adelante.
Es cierto que las personas no suelen modificar su forma de comportarse con facilidad. Tenemos una cierta tendencia a actuar del mismo modo en que lo hemos hecho siempre, aunque eso, muchas veces, nos traiga consecuencias indeseables.
Aún así, esto no se debe a ningún tipo de determinismo imposible de cambiar. Nos comportamos del mismo modo porque seguimos repitiéndonos a nosotros mismos las mismas ideas que forjamos hace años.
Nos empecinamos en creer que las ideas y formas de comportamiento que nos resultaron útiles en el pasado, son necesariamente las mejores para comportarse en el futuro. Es como si dijésemos: “Esto me funcionó en tal situación en tal momento y por ello mismo me ha de funcionar de aquí en adelante en todas las situaciones”
Sin embargo, vivimos en contextos complejos y rápidamente cambiantes y la falsedad de esta idea se demuestra fácilmente. Por ejemplo, que tu pareja anterior te engañase, no predice que los celos y la desconfianza sean comportamientos útiles en futuras relaciones.
Que tus padres fuesen muy perfeccionistas e hipercríticos con tu forma de actuar, tampoco predice que un comportamiento tímido y retraído sea la mejor opción de actuación en otros contextos o con otras personas distintas.
En definitiva, creo que aprendimos a comportarnos de determinada manera porque en su momento nos fue de utilidad, pero podemos cambiar nuestra forma de pensar y de comportarnos cuando nos demos cuenta de que ya no nos son tan útiles.
Tomemos al pasado como un buen maestro y aprendamos de todo lo que nos dijo, pero seamos críticos con aquello que tras probarlo varias veces parece no funcionar. De lo contrario nos convertiremos en dogmáticos de nuestro pasado.
No es nada extraño escuchar a personas decir que les gustaría cambiar este o aquel aspecto de su vida, pero que debido a su educación, su infancia o cualquier otro aspecto de su pasado, son así y no lo pueden cambiar.
Me rebelo contra la creencia de que el pasado de una persona determina su manera de comportarse en el futuro. Creo que es una idea falsa y dañina: Falsa porque no hay evidencia alguna, que así lo demuestre y dañina porque encasilla a las personas en comportamientos que les hacen sufrir, sin darle la oportunidad de cambiarlos.
No niego que las experiencias pasadas formen parte de la mochila que todos llevamos puesta, niego que esas experiencias marquen necesariamente la forma en que nos comportaremos de ahí en adelante.
Es cierto que las personas no suelen modificar su forma de comportarse con facilidad. Tenemos una cierta tendencia a actuar del mismo modo en que lo hemos hecho siempre, aunque eso, muchas veces, nos traiga consecuencias indeseables.
Aún así, esto no se debe a ningún tipo de determinismo imposible de cambiar. Nos comportamos del mismo modo porque seguimos repitiéndonos a nosotros mismos las mismas ideas que forjamos hace años.
Nos empecinamos en creer que las ideas y formas de comportamiento que nos resultaron útiles en el pasado, son necesariamente las mejores para comportarse en el futuro. Es como si dijésemos: “Esto me funcionó en tal situación en tal momento y por ello mismo me ha de funcionar de aquí en adelante en todas las situaciones”
Sin embargo, vivimos en contextos complejos y rápidamente cambiantes y la falsedad de esta idea se demuestra fácilmente. Por ejemplo, que tu pareja anterior te engañase, no predice que los celos y la desconfianza sean comportamientos útiles en futuras relaciones.
Que tus padres fuesen muy perfeccionistas e hipercríticos con tu forma de actuar, tampoco predice que un comportamiento tímido y retraído sea la mejor opción de actuación en otros contextos o con otras personas distintas.
En definitiva, creo que aprendimos a comportarnos de determinada manera porque en su momento nos fue de utilidad, pero podemos cambiar nuestra forma de pensar y de comportarnos cuando nos demos cuenta de que ya no nos son tan útiles.
Tomemos al pasado como un buen maestro y aprendamos de todo lo que nos dijo, pero seamos críticos con aquello que tras probarlo varias veces parece no funcionar. De lo contrario nos convertiremos en dogmáticos de nuestro pasado.





















