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Andrés Acevedo
Lunes, 04 de Diciembre de 2017

Depresión: pensamientos no realistas e inacción

Muchas personas piensan que la depresión se caracteriza sobre todo por un profundo y prolongado sentimiento de tristeza. Un sentimiento que produce que lo que antes nos gustaba ahora pase a no tener valor alguno para nosotros. Un sentimiento de desesperación tan grande que, en algunas ocasiones, elimina el deseo de seguir viviendo. Sin embargo, esto no es la causa del problema psicológico, más bien se trata de una consecuencia del mismo.
En psicoterapia se suelen distinguir tres tipos de causas. A la primera la llamamos factores predisponentes y se refieren a las vulnerabilidades que hacen a una persona candidata a sufrir un problema psicológico concreto. Sería algo así como los factores de riesgo. A la segunda, factores precipitantes. Éstos explican el origen del problema, por qué el problema surgió a partir de ese momento. La última y más interesante para el tratamiento la llamamos factores de mantenimiento. Éstos son los que producen que la conducta de la persona no cambie a pesar del sufrimiento que experimenta. En el caso de la depresión, son los pensamientos no realistas y la inacción.
La persona que padece depresión sufre con mucha frecuencia pensamientos negativos acerca de sí mismo (“no valgo para nada”, “soy una mala persona”), el futuro (“nunca volveré a encontrar un trabajo” ”nadie me querrá”) y el mundo (“la vida es injusta” “las personas son crueles”). La persona comienza a creer que esos pensamientos son ciertos y cuanto más cree en ellos, más ansiedad y tristeza le causan.
Como consecuencia de estas ideas, la persona con depresión comienza a evitar realizar muchas actividades que antes llevaba a cabo con frecuencia: “Si soy una mala persona es mejor no relacionarme mucho con los demás, puesto que podrían darse cuenta y rechazarme”, “si jamás volveré a encontrar un empleo, sería mejor dejar de buscarlo y de formarme para ello”, “si la vida es injusta y todo me sale mal, mejor no intento hacer nada”. Poco a poco el repertorio conductual de la persona se va reduciendo.
Esto tiene dos consecuencias: por un lado, cuanto más limito mis conductas, menos refuerzos puedo obtener (alegría, satisfacción, reconocimiento…) y más triste me sentiré. Por otro, paradójicamente, cuanto más caso le hago a mis pensamientos, más tienden a confirmarse. Si dejo de formarme y buscar trabajo, es muy poco probable que obtenga uno. Si evito a las personas reiteradamente, éstas me darán de lado.
Por todo lo dicho podemos afirmar que la tristeza no es la causa de la depresión, sino más bien la consecuencia de los pensamientos no realistas y la inacción, verdaderos mantenedores de este sufrimiento.

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