El don de la atención
Decía el escritor Anatole France que hasta que no hayas
amado a un animal, una parte de tu alma
permanecerá dormida. Hace tiempo que tenía ganas de escribir un artículo sobre
Fogo. Es un pastor alemán inteligente, equilibrado, cariñoso, fiel, prudente y
bien enfocado. Cuando decidí poner un perro en mi vida, no sabía que estaba
destapando toda una caja de sorpresas. No
voy a descubrir nada nuevo a los que comparten esta experiencia, porque estos
rasgos son comunes a la mayoría de ellos, salvo algunas engorrosas excepciones.
Convivir con un animal nos pone en contacto con la naturaleza, con nuestros
orígenes, con lo que tuvimos que ser nosotros en algún momento de nuestra
historia. Realmente me despierta muchas sensaciones nuevas.
De Fogo me llaman la atención infinidad de cosas: la
capacidad de expresarse perfectamente sin palabras y entender todo lo que decimos; la disposición de disfrutar sin
reservas de lo que le gusta, su afán de protección, su dignidad, el desarrollo de sus sentidos, la forma de
saludarnos, más o menos efusiva según el tiempo que hayamos pasado fuera de
casa; su cariño incondicional y la claridad
meridiana que tiene sobre dónde está su sitio en la vida. Eso por poner solo algunos
ejemplos. .
Pero lo que más me asombra de Fogo es que tiene el
don de la atención. Ese que nosotros perdemos continuamente. Sabe perfectamente
dónde tiene que poner el foco en cada momento. Sabe escuchar con todo su ser, analizar
atentamente todo lo que pasa a su alrededor. Si voy a coger unos zapatos, no
pierde ni un detalle a ver si son las zapatillas de salir con él de paseo y no
otras. Ni respira casi. Pero el momento cumbre es cuando ve que cojo una
galleta o una pelota para jugar con él.
Entonces todo su cuerpo y todos sus sentidos se concentran de una forma asombrosa
para adivinar cuál es el momento exacto en que la voy a tirar. No consigo
engañarlo ni una sola vez, y mira que lo intento. Percibe claramente que hay un músculo que no
está preparado todavía, o que el pie no está realmente colocado o…¡yo qué sé!. No
hay nada en el mundo que consiga
distraerlo, no pierde la atención ni medio segundo. Cuando lo veo, pienso como ganaría
nuestra vida si consiguiéramos hacer lo mismo: enfocarnos de verdad a lo que nos importa. Si lo pensamos bien, nos
levantamos cada mañana con la idea clara de lo que queremos hacer, con quién queremos
estar, qué nos convendría dejar hecho… Pero es muy normal que, a lo largo de la
jornada, las múltiples urgencias propias
o ajenas nos lleven por otros derroteros. Y al final del día, nos queda la
inquietud de haber dispersado nuestra atención en cuestiones ajenas a nuestros
objetivos. Gracias Fogo, amigo, por recordarme tantas cosas importantes.
Decía el escritor Anatole France que hasta que no hayas amado a un animal, una parte de tu alma permanecerá dormida. Hace tiempo que tenía ganas de escribir un artículo sobre Fogo. Es un pastor alemán inteligente, equilibrado, cariñoso, fiel, prudente y bien enfocado. Cuando decidí poner un perro en mi vida, no sabía que estaba destapando toda una caja de sorpresas. No voy a descubrir nada nuevo a los que comparten esta experiencia, porque estos rasgos son comunes a la mayoría de ellos, salvo algunas engorrosas excepciones. Convivir con un animal nos pone en contacto con la naturaleza, con nuestros orígenes, con lo que tuvimos que ser nosotros en algún momento de nuestra historia. Realmente me despierta muchas sensaciones nuevas.
De Fogo me llaman la atención infinidad de cosas: la capacidad de expresarse perfectamente sin palabras y entender todo lo que decimos; la disposición de disfrutar sin reservas de lo que le gusta, su afán de protección, su dignidad, el desarrollo de sus sentidos, la forma de saludarnos, más o menos efusiva según el tiempo que hayamos pasado fuera de casa; su cariño incondicional y la claridad meridiana que tiene sobre dónde está su sitio en la vida. Eso por poner solo algunos ejemplos. .
Pero lo que más me asombra de Fogo es que tiene el don de la atención. Ese que nosotros perdemos continuamente. Sabe perfectamente dónde tiene que poner el foco en cada momento. Sabe escuchar con todo su ser, analizar atentamente todo lo que pasa a su alrededor. Si voy a coger unos zapatos, no pierde ni un detalle a ver si son las zapatillas de salir con él de paseo y no otras. Ni respira casi. Pero el momento cumbre es cuando ve que cojo una galleta o una pelota para jugar con él. Entonces todo su cuerpo y todos sus sentidos se concentran de una forma asombrosa para adivinar cuál es el momento exacto en que la voy a tirar. No consigo engañarlo ni una sola vez, y mira que lo intento. Percibe claramente que hay un músculo que no está preparado todavía, o que el pie no está realmente colocado o…¡yo qué sé!. No hay nada en el mundo que consiga distraerlo, no pierde la atención ni medio segundo. Cuando lo veo, pienso como ganaría nuestra vida si consiguiéramos hacer lo mismo: enfocarnos de verdad a lo que nos importa. Si lo pensamos bien, nos levantamos cada mañana con la idea clara de lo que queremos hacer, con quién queremos estar, qué nos convendría dejar hecho… Pero es muy normal que, a lo largo de la jornada, las múltiples urgencias propias o ajenas nos lleven por otros derroteros. Y al final del día, nos queda la inquietud de haber dispersado nuestra atención en cuestiones ajenas a nuestros objetivos. Gracias Fogo, amigo, por recordarme tantas cosas importantes.





















