Chucho a la era
En el tintero de la memoria fluye el
tiempo enredado entre las manos de nuestras abuelas, que nos contaban con
paciencia las santas devociones de sus antepasados: “San Antonio bendito,
búscame un novio, que venga derechito al matrimonio”. Hoy miro atrás con ojos
de niño las imágenes que un tiempo modeló, “A la velá, a la velá, a la velá”.
La pirotecnia de Pedro
Lucas, que era de Madrid, compadre del padre Dimas, que ofrecía en la Feria una
extraordinaria colección de fuegos artificiales. La Avenida Emperatriz cuando tenía un jardín en
su parte central. Los versos de la abuela sobre el reloj de la plaza, de Laly
González Castell: “Eso sí que e un invento/el relo q’hay en la plaza/arriba del
Yuntamiento./Ante de la campaná,/ toca una musiquilla,/de bien y de acompasá”. Juan
López, que trabajó de dependiente en el comercio de alimentación de Antonio
Serrano, en la calle Atrás. Los responsos por los difuntos en latín “Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux
perpetua luceat eis”. Francisco Coto Rodríguez, el popular Morenito de Montijo, cantando en
el programa de radio, “Cada calle presenta su artista”, y en festivales como
“La vida color butano” y “Fiesta en el aire”. La agencia informativa
Mencheta.
Pedro Muñoz Melchor, que
trabajó con José Márquez de Prado y Javiera Bueno. Los carpines y los
escabeches de pencas del bar Bético, de mi amigo Carlos Pérez Cerezo, Carlín. El
bar la Piscina Seca, de Luis Cedrún, conocido también, cariñosamente, por el
Susana Hilton. Las marcas
de aceite finos de mesa “Mulhacén” y “Zacatín”, de la envasadora de Antonio
Sánchez Ramírez, conocido por Antonio el Granaino, y en Granada por “El
compadre”. El transportista
Enrique Becerra, que tenía un camión GMC. “Mariquita y Enrique/van a por leña/y se vienen
huyendo/de la cigüeña”. “En el campo Santa María ha nacido una amapola con un
letrero que dice que el Montijo está en la cola”. La costurera Amalia Sánchez. Rosa Gragera, que fue la madrina
de una niña que apadrinaron los componentes del club 09. ¡Ya tengo cocina Corberó! Grupo
La Juncosa.
El músico Teodoro Lázaro, que tocaba en la Banda
de Música dirigida por don Andrés Mena, el trombón de pistones. “Un flecha en
un campamento, un flecha en un campamento, en la cama se meó, chiviriviri,
chiviriviró”.
La madre diciéndole a la novia: “Mira hija, hasta que no tenga trabajo que no
venga a pedir la entrada”. Lo arregló todo en un periquete. Cuando cantábamos en la iglesia:
“Vamos niños al sagrario/que Jesús llorando está/pero viendo tantos niños/muy
contento se pondrá”. Los muchachos jugando a la pelota y
diciendo cuando había que lanzar una falta “Pégale con efecto”. Los muchachos jugando al
escondite. Cuando
los albañiles, al terminar el tejado y el cerramiento exterior de la vivienda,
colocaban la bandera española y en el palo de ésta ponían una chuchara y un
tenedor cruzados pidiendo una caldereta. Los pinreles.
El asentador que utilizaban los barberos,
hecho con una doble tira de cuero unido a un trozo rectangular y un mango de madera,
que servía para suavizar el filo de las navajas de afeitar. Cuando se acompañaba al
féretro y a los familiares andando desde la iglesia hasta el cementerio. Las cortinas hechas
con los platillos de las botellas de cerveza y los refrescos. Las mollejas asadas del bar
de Pedro López, que estaba frente al Taller de Albarrán. “Una sartén sin rabo/me dio
mi suegra/cada vez que reñimos/la sartén suena”. Cervecería, cafetería, bar “El
Club”, en la plaza de España. “Chucho a la era a comer pan y pera”. La máquina de tabaco con la
bandera española y el número de la expendeduría que era el mismo del estanco a
la que pertenecía. El guardia civil Jesús Santos Rabazo. “Lo que te digo, que
le dio un fuerte retortujón y está que se caga a virote”. El barbicache del sombrero. Los llamados coches de
punto. “Ajooooooos castañooooooooos”.
En el tintero de la memoria fluye el tiempo enredado entre las manos de nuestras abuelas, que nos contaban con paciencia las santas devociones de sus antepasados: “San Antonio bendito, búscame un novio, que venga derechito al matrimonio”. Hoy miro atrás con ojos de niño las imágenes que un tiempo modeló, “A la velá, a la velá, a la velá”.
La pirotecnia de Pedro Lucas, que era de Madrid, compadre del padre Dimas, que ofrecía en la Feria una extraordinaria colección de fuegos artificiales. La Avenida Emperatriz cuando tenía un jardín en su parte central. Los versos de la abuela sobre el reloj de la plaza, de Laly González Castell: “Eso sí que e un invento/el relo q’hay en la plaza/arriba del Yuntamiento./Ante de la campaná,/ toca una musiquilla,/de bien y de acompasá”. Juan López, que trabajó de dependiente en el comercio de alimentación de Antonio Serrano, en la calle Atrás. Los responsos por los difuntos en latín “Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis”. Francisco Coto Rodríguez, el popular Morenito de Montijo, cantando en el programa de radio, “Cada calle presenta su artista”, y en festivales como “La vida color butano” y “Fiesta en el aire”. La agencia informativa Mencheta.
Pedro Muñoz Melchor, que trabajó con José Márquez de Prado y Javiera Bueno. Los carpines y los escabeches de pencas del bar Bético, de mi amigo Carlos Pérez Cerezo, Carlín. El bar la Piscina Seca, de Luis Cedrún, conocido también, cariñosamente, por el Susana Hilton. Las marcas de aceite finos de mesa “Mulhacén” y “Zacatín”, de la envasadora de Antonio Sánchez Ramírez, conocido por Antonio el Granaino, y en Granada por “El compadre”. El transportista Enrique Becerra, que tenía un camión GMC. “Mariquita y Enrique/van a por leña/y se vienen huyendo/de la cigüeña”. “En el campo Santa María ha nacido una amapola con un letrero que dice que el Montijo está en la cola”. La costurera Amalia Sánchez. Rosa Gragera, que fue la madrina de una niña que apadrinaron los componentes del club 09. ¡Ya tengo cocina Corberó! Grupo La Juncosa.
El músico Teodoro Lázaro, que tocaba en la Banda de Música dirigida por don Andrés Mena, el trombón de pistones. “Un flecha en un campamento, un flecha en un campamento, en la cama se meó, chiviriviri, chiviriviró”. La madre diciéndole a la novia: “Mira hija, hasta que no tenga trabajo que no venga a pedir la entrada”. Lo arregló todo en un periquete. Cuando cantábamos en la iglesia: “Vamos niños al sagrario/que Jesús llorando está/pero viendo tantos niños/muy contento se pondrá”. Los muchachos jugando a la pelota y diciendo cuando había que lanzar una falta “Pégale con efecto”. Los muchachos jugando al escondite. Cuando los albañiles, al terminar el tejado y el cerramiento exterior de la vivienda, colocaban la bandera española y en el palo de ésta ponían una chuchara y un tenedor cruzados pidiendo una caldereta. Los pinreles.
El asentador que utilizaban los barberos, hecho con una doble tira de cuero unido a un trozo rectangular y un mango de madera, que servía para suavizar el filo de las navajas de afeitar. Cuando se acompañaba al féretro y a los familiares andando desde la iglesia hasta el cementerio. Las cortinas hechas con los platillos de las botellas de cerveza y los refrescos. Las mollejas asadas del bar de Pedro López, que estaba frente al Taller de Albarrán. “Una sartén sin rabo/me dio mi suegra/cada vez que reñimos/la sartén suena”. Cervecería, cafetería, bar “El Club”, en la plaza de España. “Chucho a la era a comer pan y pera”. La máquina de tabaco con la bandera española y el número de la expendeduría que era el mismo del estanco a la que pertenecía. El guardia civil Jesús Santos Rabazo. “Lo que te digo, que le dio un fuerte retortujón y está que se caga a virote”. El barbicache del sombrero. Los llamados coches de punto. “Ajooooooos castañooooooooos”.





















