"Ocho apellidos vascos"
Hace dos años, en el Festival de Cine Inédito de Mérida, tuve la
suerte de asistir a una clase magistral sobre el cine de Bollywood que
impartían los creadores de la revista Cine Asia. Fue impresionante. Antonio Gil
nos explicó que cuando la India se independizo de Inglaterra en
1947, hubo que reinventar la economía del país. Y las personas que pusieron en
marcha la industria cinematográfica hicieron recuento de los gustos de sus
compatriotas: adoran la música, el
baile, los héroes apuestos, los villanos malvados, las historias
adaptadas a sus tradiciones y cultura, y siempre con final feliz. Les gustan
las aventuras y el amor, pero no el sexo. Con ese coctel lanzaron un
cine con el que se aseguraron el éxito y se colocaron a la cabeza del sector a
nivel mundial, con una producción masiva que es seguida con entusiasmo por sus
compatriotas. En el cine español, parece ser que, tras la muerte de Franco, se
hizo también un recuento de nuestros gustos y preferencias….para hacer
justamente lo contrario: películas lentas, serias, tristes, sin sorpresas y
cansinas. O histriónicas,
chabacanas y ordinarias. Todas ellas con temas que giran en torno al ideario
propio del director de forma obsesiva. Un cine acomplejado que nos tiene
anclados a un triste pasado o empeñado en reflejar un presente decadente.
Y como no consiguen comerse un colín, pretenden solucionar el desfase económico a base de
subvenciones del Estado. Con lo cual acabamos pagando entre todos el desatino,
aunque así por lo menos, nos libramos del tormento de visionarlas.
Ahora “Ocho apellidos vascos” ha roto
totalmente esa tendencia al convertirse en película más taquillera de la
historia del cine español, con más de 42 millones de euros de recaudación..
Teniendo en cuenta que se ha realizado con un presupuesto de tres millones,
echen cuenta de los beneficios de la cinta de Emilio Martínez Lázaro. Esta es
la prueba de que el cine puede ser un buen negocio. ¿Y que tiene este film que
no tienen los demás?. Pues ahí queda la pregunta en el aire a ver si directores
y productores son capaces de analizar el asunto, tal como hicieron sus colegas indios y podemos
tener, por fin, un cine que nos guste y que se financie a sí mismo, como
cualquier otra empresa. Porque si a un restaurante no va nadie porque la comida
es mala, el Estado no va detrás pagándole las deudas. ¿O si?.
Es un dilema que los artistas tenga que elegir, en muchas
ocasiones, entre ofrecer lo que gusta al público o lo que le gusta a si mismo.
Es un problema que exige una gran dosis de coherencia, porque hay que contar
con la libertad de todos. Es decir, que el artista es libre para realizar su
creación, pero el público también es libre para aceptarla o no. Ese es un
riesgo que hay que correr si se elige este camino y no buscar luego que las
administraciones pongan el dinero. No soy nadie
para decirle a un autor como tiene que enfocar su creación, estaría bueno. Pero
tengo muy claro lo que me gusta y lo que no que me gusta, a que cine quiero ir
y donde quiero que se gasten mis impuestos. Y eso si soy quién para decirlo.
Alto y claro.
Hace dos años, en el Festival de Cine Inédito de Mérida, tuve la suerte de asistir a una clase magistral sobre el cine de Bollywood que impartían los creadores de la revista Cine Asia. Fue impresionante. Antonio Gil nos explicó que cuando la India se independizo de Inglaterra en 1947, hubo que reinventar la economía del país. Y las personas que pusieron en marcha la industria cinematográfica hicieron recuento de los gustos de sus compatriotas: adoran la música, el baile, los héroes apuestos, los villanos malvados, las historias adaptadas a sus tradiciones y cultura, y siempre con final feliz. Les gustan las aventuras y el amor, pero no el sexo. Con ese coctel lanzaron un cine con el que se aseguraron el éxito y se colocaron a la cabeza del sector a nivel mundial, con una producción masiva que es seguida con entusiasmo por sus compatriotas. En el cine español, parece ser que, tras la muerte de Franco, se hizo también un recuento de nuestros gustos y preferencias….para hacer justamente lo contrario: películas lentas, serias, tristes, sin sorpresas y cansinas. O histriónicas, chabacanas y ordinarias. Todas ellas con temas que giran en torno al ideario propio del director de forma obsesiva. Un cine acomplejado que nos tiene anclados a un triste pasado o empeñado en reflejar un presente decadente. Y como no consiguen comerse un colín, pretenden solucionar el desfase económico a base de subvenciones del Estado. Con lo cual acabamos pagando entre todos el desatino, aunque así por lo menos, nos libramos del tormento de visionarlas.
Ahora “Ocho apellidos vascos” ha roto totalmente esa tendencia al convertirse en película más taquillera de la historia del cine español, con más de 42 millones de euros de recaudación.. Teniendo en cuenta que se ha realizado con un presupuesto de tres millones, echen cuenta de los beneficios de la cinta de Emilio Martínez Lázaro. Esta es la prueba de que el cine puede ser un buen negocio. ¿Y que tiene este film que no tienen los demás?. Pues ahí queda la pregunta en el aire a ver si directores y productores son capaces de analizar el asunto, tal como hicieron sus colegas indios y podemos tener, por fin, un cine que nos guste y que se financie a sí mismo, como cualquier otra empresa. Porque si a un restaurante no va nadie porque la comida es mala, el Estado no va detrás pagándole las deudas. ¿O si?.
Es un dilema que los artistas tenga que elegir, en muchas
ocasiones, entre ofrecer lo que gusta al público o lo que le gusta a si mismo.
Es un problema que exige una gran dosis de coherencia, porque hay que contar
con la libertad de todos. Es decir, que el artista es libre para realizar su
creación, pero el público también es libre para aceptarla o no. Ese es un
riesgo que hay que correr si se elige este camino y no buscar luego que las
administraciones pongan el dinero. No soy nadie
para decirle a un autor como tiene que enfocar su creación, estaría bueno. Pero
tengo muy claro lo que me gusta y lo que no que me gusta, a que cine quiero ir
y donde quiero que se gasten mis impuestos. Y eso si soy quién para decirlo.
Alto y claro.




















